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MIEDO

Mientras el mundo se quema, miro las olas. No me curan como en otros tiempos. Mientras tomo los últimos rayos de sol _ese placer occidental que abrasa pieles_ siento miedo. Un miedo que me produce dolor de cabeza. Siempre en mis vacaciones paro, me encuentro, alivio mi mente y pongo en orden mis pensamientos, sin embargo este año me han traído un miedo dominante que hace que nada me reconforte.

Miro ese mar y solo veo la sangre de los niños que intentan alcanzar sus sueños en esas barcas de la muerte. Observo el sol y únicamente siento sed: la sed de la tierra seca. Me fijo en los árboles y los veo quemados.

Pocas cosas existen que me relajen tanto como leer; leo la prensa y solo encuentro agonía.

Juego con los niños, pero me sustituyen por el poder excitante de los móviles.

Siento verdadero miedo. Me asomo al abismo y caigo en el vértigo de la tristeza, el fracaso y la locura.

Siempre había encontrado en la escritura un escape a estos miedos y un puerta al optimismo, pero quién puede ser optimista en este mundo que estamos dejando a nuestros hijos, ¿quién puede vivir con la conciencia tranquila?

La llamada sociedad del bienestar se ha convertido en malestar. En miedo permanente a todo.

Y en este momento, que te miro, mar, no me ayudas. Me gustaría terminar este relato con alguna palabra esperanzadora, pero solo me sale miedo.

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.

La niña y el mundo

Sonó el despertador y, al levantarse de la cama, un dolor fuerte y punzante le atravesó el costado.

Llevaba días, semanas, meses, tal vez años, sintiendo ese dolor. Era el dolor del mundo. No podía aguantarlo más, y se dispuso a pedir una cita médica por internet. Paralizado no encontraba respuesta a la casilla de “motivo de su cita”.

Siempre pasaba igual, pero aquel día el dolor se acentuó mientras desayunaba las palabras de la prensa del día anterior. Un sudor frío recorrió su alma de un extremo a otro. Salió al trabajo; un trabajo cualquiera en un día de siempre. Las tareas pendientes le hacían olvidar el dolor. Las conversaciones con sus compañeros le hacían olvidar el dolor, aunque sabía que permanecía ahí, agazapado. Así paso su jornada, sobreviviendo, como cualquier ser humano pasa las horas.

Nunca se iba directo a casa tras el trabajo, y ese día no fue distinto. Se dirigió al bar del parque, y, sentado en la terraza, pidió un vino blanco al amable camarero negro que siempre le atendía. El parque estaba un poco por encima del nivel del bello paseo de la ciudad, por lo que desde aquella terraza podía ver transcurrir las rutinas de las gentes y de sus días.

Ese día pensó en su dolor y supo con plena certeza que le dolía el mundo. Y descubrió que a cada transeúnte, a cada persona, le debía doler como a él. Y descubrió que, cuando pensaba en el dolor de los demás, a él le dolía un poco menos y eso es egoísta. También descubrió que las buenas acciones no calman el dolor. Siempre descubría muchas cosas desde allí, no era un día distinto.

De camino a casa comenzó a llover. Apoyada en el chaflán de un edificio abandonado, había una niña empapada, con un vestido ajado. Era morena, desgreñada y triste, muy triste. Parecía muy sola. Ella extendió su mano sin pronunciar palabra, tiritando de frío. Él la entregó todas las monedas que tenía. Se miraron. Él siguió su camino.

Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.

El cancionero

Esperaba sentada en su vieja silla de ruedas a media tarde. Sus ojos acuosos mirando tras la ventana hacia la calle triste y solitaria. No pasaba ni un alma. Y Juana escuchaba el tic-tac del reloj de cocina. Aunque tapaba sus delgadas piernas con una manta, sentía un ligero escalofrío de impaciencia. Hasta que Pablo llegó. Enjuto y callado, con ese halo de bondad que desprendía, cogió la llave de debajo del felpudo y abrió lentamente la puerta. Juana escuchaba sus pasos, mientras que la mente proyectaba su imagen atravesando el estrecho pasillo hasta llegar a la sala de estar, donde ella seguía quieta y expectante. Lo imaginaba con tres o cuatro libros bajo el brazo como en las últimas ocasiones. Pablo abrió la puerta y la encontró, como siempre, de espaldas. Se acercó y con suavidad giró la silla de ruedas. Ahora estaban frente a frente. Pablo se acercó dando a la anciana un beso tierno en la mejilla. Juana se fijó en la mano izquierda de Pablo y vio que portaba un libro. Pastas de cartón amarillas. ¿Qué me traes hoy?, dijo Juana. Un cancionero manchego, respondió Pablo. Empieza.

Después del rico mojete

tejí un moño con la cepa

y al amparo de la sombra

gozamos de aquella siesta…

Verde de tus ojos verde,

que hasta los cantos derrite,

no es verde como otro verde,

Que es verde que me persigue…

¡Ojalá pudiera estar

siempre al lado de tu pecho,

y eternamente besarte,

y eternamente ser sueño…

Esas palabras que Pablo pronunciaba, llegaban a Juana como gotitas refrescando su memoria. Miraba atenta y emocionada a Pablo. Plagada de amor y de recuerdos, sollozaba con nostalgia de otro tiempo. ¿Quién lo ha escrito?, preguntó. Un tal Luis Oliver de Villafranca, dicen que es. Pues esa niña soy yo. Sigue leyendo Pablo, quédate hoy un ratito más, hasta que se haga de noche. Pablo bajó la cabeza y su boca se llenó de palabras eternas.

Me llamo Suleimán

Me senté desanimado al final del patio de butacas, con el propósito de desconectar del aire, incluso de la representación. La función va a comenzar, desconecten sus teléfonos móviles, ding-dong. Se iluminó el escenario y apareció la figura esbelta de una mujer policía; casi no distinguía sus facciones debido a la lejanía. Había terminado su ronda y se cambiaba lentamente depositando su uniforme en la taquilla.

Se volvió. Comenzó a narrar de una manera embriagadora y descarnada. Rara expresión. La desnudez de sus palabras provocaron una descarga inminente en mi cuerpo primero, y en mi alma después. Todos mis sentidos se clavaron como finas agujas en aquel escenario. Me llamo Suleimán y nací en Mali. Así empezó su historia que era la de su amigo. La historia de cómo nuestros ojos acomodados miran hacia otro lado. Aún no entiendo cómo tal sencillez en la palabra, en la interpretación, en el tempo, se convirtió en excelsitud, en trascendencia. La cruel y extrema historia de un inmigrante contada con acento canario. Un acento que sabe de lo que habla. Un acento que saborea el amargor de la tragedia que, día tras día, se sufre en sus costas. La maldita valla de Melilla lo frenó, tras cruzar el aterrador desierto y perder a algunos seres queridos. Y después la patera que lo llevó a Gran Canaria. Allí la vida, ¿la realidad? ¿la justicia? Allí conoció a Isabel, su mejor amiga, su única amiga en la Tierra Prometida.

Pasaba el tiempo y no pasaba, sufría, mientras tanto, escuchaba la narración de Isabel, arropada por unas poéticas y maravillosas animaciones, detrás, en el ciclorama. Suleimán volvió a la realidad, a su precioso y miserable país. Maldita contradicción. Volvió junto a su madre quien nunca le abandonó. Él tampoco a ella. Y lloré, más por dentro que por fuera, porque os vemos y os amamos, pero seguimos mirando hacia otro lado con insolente y atroz indiferencia.

 

Obra: Me llamo Suelimán.

Cía: Unahoramenos.

Una obra de Antonio Lozano, con animaciones de Juan Carlos Cruz,arte de Elena Gonca, música de Salif Keita y dirigida por Mario Vega.

ACTRIZ: MARTA VIERA.

 

Ocurrió en el Teatro Municipal de Albacete el día 14 de abril de 2016 a las 7 de la tarde.

 

El camino contigo

Algunas veces las palabras se tornan esquivas y volátiles, pero al final son ellas las que nos atrapan. A veces, piensan que no sirven para describir lo más trascendente; pero son poderosas y lo hacen. Como lo ha hecho él. Haciendo camino con huellas luminosas, navegando con ella. A veces mojado hasta los tuétanos, pero ligero. Magullado, pero fuerte. Pisando las sombras, ha transportado veinte lunas para ella. Ha cargado con el mar para cubrirla con su manto de espuma. Y ha jugado como un niño, como jugaba con ella, regalándole sus alas. Mirándose a los ojos. Y veinte soles han quemado mil noches.

Lo ha hecho. Tal vez la última etapa ha sido la más dura de volar; pero lo han hecho juntos. Han vencido al tiempo y al pasado. Desprovistos de alforjas y cayados. Coronados de reparadoras espinas.

Recibirán mil abrazos. Los más sinceros. Los de las almas de esos árboles benéficos que han estado siempre cerca. Los de la amistad más pura. Compartirás el camino y algunos descubriremos en ti su secreto. Y avanzarás firme, sigiloso, callado, siempre mirando al frente, siempre andando caminos con ella.

 

*Para Tito, con todo mi afecto, con toda mi admiración y con toda mi amistad.

El sabor del sol

Plaza del Pilar de Zaragoza. 26 de marzo: Sábado Santo. Precioso y soleado mediodía. 25 grados centígrados. Bullicio en las terrazas. En una de ellas, el observador se toma un vino blanco de Somontano. Le está rico. Frente a él, unos niños juegan con un globo y ríen a carcajadas. A babor, cuatro hombres de etnia gitana, entrados en años, portan un ramo de flores en su mano diestra y un libro en la siniestra. Están perfectamente alineados, subidos en una tarima. Leen con emoción pasajes del Evangelio, que son comentados con pasión por uno de ellos, quien también se dirige a los muchos paseantes ajenos a la escena. Un mendigo español, joven, pide limosna a los clientes de la terraza donde está sentado el observador. No se detiene en éste, como si estuviese encerrado en una burbuja. Ahora los niños se acercan al observador y juegan a su alrededor. Percibe su alegría. En el centro de la plaza, entre las dos puertas principales de la basílica, una anciana sonriente despliega una silla y se sienta mirando al cielo. Mientras que bebe los agradables rayos del sol, sonríe a un niño de unos dos años, quien pretende robarle una de sus muletas. Acaricia su cabeza con extremo cariño. Los niños del globo sienten su bondad y también se acercan a ella. También les regala una sonrisa embriagada de sol. Aparece a estribor un hombre robusto de poblada barba canosa, pañuelo en la frente, aires hippies, Se acerca al mendigo y le da unas monedas. Se hablan y después se abrazan. Cada uno prosigue su camino. El mendigo a estribor, a babor el hippie alzando sus brazos al cielo a modo de agradecimiento. Lo repite tres veces y se besa las palmas de las manos para luego llevarlas al corazón. Se acerca a los cuatro hombres del evangelio y los bendice. Luego se gira, bendice al resto y se va. El observador mira al frente: la anciana se aleja con la ayuda de un transeúnte que porta su silla. El observador bebe el último trago de su copa y le sabe a vida, pero siente que aún no ha descubierto el sabor del sol.

 

*Escribo mientras escucho a Marwan.

MI NOVIEMBRE CULTURAL

Llega noviembre, el mes de mi cumpleaños, y me apetece haceros un regalo. Tengo el placer de compartir mi agenda cultural, porque me parece un mes intenso e interesante desde el punto de vista escénico. Pero quiero comenzar con un final de mes de cine, ya que ayer comenzamos en el Teatro-Auditorio Municipal Los Yébenes (TAMLY) el 4º Festival de Cortos. Cine en es su estado más puro. Hoy tendrá lugar su segunda parta y podremos disfrutar películas rebosantes de ingenio y creatividad. Los Yébenes se llena de Cultura y aboga por la promoción del Séptimo Arte. Un cóctel de temática variada que nos permite reflexionar sobre el valor de la vida, la crueldad de los bancos, la belleza, el erotismo o la muerte, entre otros muchos temas. Os dejo el programa:

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