Archivo de la categoría: Sentido y sensibilidad

A dios no le gustan las mayúsculas.

Manos que dominan el mundo, manos que frenan, que hacen ruido, manos que bendicen vanidades y monstruos, manos que esputan hostias, manos salvajes, obscenas y falsas, manos que roban.

Caras que ríen, caras inocentes, soñadoras y fugaces, caras que hablan del miedo y temen el habla, caras terribles, acosadoras, falaces, ojos que matan, que guían, ojos que roban.

Cruces que manipulan hierros candentes, látigos sangrientos, cuerpos desnudos. Cruces que hieren, muerden profanan retuercen estrangulan burlan enfurecen. Cruces de fuego, amigas enemigas, cómplices curativas enfermas, pollas en forma de cruz, cruces vaginales, cruces que roban.

Inocencia salvadora del mundo, Dios oculto, Dios silencioso, dios humano, manos de paz, manos que cuidan, manos que ven, manos luminosas, manos que encuentran. Rostros de frente, ojos oceánicos, mares de lágrimas, agua que cura. Silencio.

 

* Texto escrito para la obra “No llores que vas a ser feliz” del pintor hispano-peruano Miguel Collantes Depaz. Es una obra pictórica que trata sobre los niños robados del franquismo.

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El abuelo

Regresa de la panadería a primera hora de la mañana, apoyado en su bastón. En la otra mano porta la bolsa con el pan recién hecho. Buenos días Vicente. Buenos días, responde instintivamente. Desde hace muchos años sufre una sordera provocada por unos terribles ruidos. A su espalda cree escuchar un comentario a la persona que lo ha saludado. No le gusta, pero enseguida elimina de su cabeza esa pequeña oscuridad. Continua despacio, un tanto encorvado. Maldita vértebra, piensa. Ochenta y dos años. Sesenta tras la barra de un bar y algunos menos trasladando colchones con una carrito. Le llegan imágenes borrosas de aquella época mientras camina. Podía con todo. Mira hacia el balcón de la casa de su hijo y esboza una media sonrisa ¿Estarán despiertos los nietos? Lo que me quieren… Ellos tienen salud, pero a mí no me falta la eternidad del amor. Ahora acude la imagen de su esposa. Vaya suerte tenerla. Que no le pase nada porque me voy con ella. Una sola alma. Un recuerdo balsámico atraviesa su mente: son jóvenes. Sus hijos no están en casa. Está bella. Se aman hasta el extremo. Más atrás: es domingo como hoy y va subido en su antigua bicicleta bajando por la calle Ancha. Siente el frescor de la mañana en su rostro y percibe el olor a bollo de la panadería cercana. Ella se ha puesto su mejor vestido a sabiendas que él pasaría como todas las mañanas. Se miran enamorados.

Está cerca de casa y ahora huele a tierra húmeda. Le gusta porque rememora las mañanas de su niñez en el campo. Soñando con ser Di Stéfano, después Santana. Hoy es día de regresar a la niñez: juega Rafa Nadal la final de Roland Garros. Se avergüenza levemente de su ilusión infantil. El muchacho austriaco juega bien, está fuerte, tal vez nos dé un susto hoy, se dice bajito. Entra en casa. Huele al pollo asado. En la cocina encuentra a su amor. Siempre la mira con veneración. Ha llamado tu hijo para que le compres el periódico. Está orgulloso de sus hijos. En un destello fugaz de vanidad: les hemos dado todo y lo han conseguido. Se les quiere cada uno como es. Y mucho.

Deja la bolsa del pan sobre una silla, alcanza una sartén de la encimera, enciende el fuego y se dispone a freír las patatas que gustan a los nietos. Antes las había pelado y cortado pacientemente como finas hojas de papel. Es el secreto. Si por él fuera, haría camiones de patatas para corresponder todo el amor que le dan. Van llegando, poco a poco. Primero las mellizas, que lo besan. Lucía le aprieta los mofletes y le da mil besos en la calva: ¡Abuelo! ¡Guapo! Claudia siempre más discreta. Él la mira y ve algo suyo en ella. Después entran los pequeños: Laura, Mario y Gonzalo: ¡qué bien huelen las patatas abuelo! Discuten por quien se comerá el plato más grande. Falta el mayor, Guillermo. El abuelo lo añora. Echa de menos su seriedad y le entiende porque también es tímido. Adora que estén todos. Nunca se lo digo. Una sombra lo envuelve…

Sombra que aparta porque es domingo y juega Rafa Nadal la final de Roland Garros.

 

*Padre: infinitas gracias por tu ejemplo.

 

Late Marwan

La magia siempre nos sorprende despistados, inermes. No me refiero a la magia de abracadabra, sino a la de un sentimiento en un instante. A la verdadera eternidad.

11 de la noche. Círculo del Arte de Toledo. Lugar mágico. La mejor compañía: Rosa, David y Ana. El regalo: Concierto de Marwan.

El espacio comienza a llenarse y percibo algo distinto a las anteriores ocasiones. Ron. Dulce y fresco como el perfume de Rosa. Antes de entrar, me vuelvo a enamorar de ella. Me enamoro tantas veces de ella… Y comienza, gracioso, inteligente, con chispa. Me dejo llevar por la embriaguez del ron y su perfume. Me abandono en las canciones y  poemas, mientras mi mano acaricia la desnudez de su cintura. Y canto muy alto cuando nos miramos:

y te quiero decir
que a veces no sé bien si necesito
huir a otro planeta o escribir,
que siempre quiero huir pero es contigo…

Y cuando los sentimientos están a flor de piel tras el segundo ron, aparece. La magia entre dos hermanos se produce. Uno cantante y otro poeta, o los dos poetas… Recita al son de la música de un pianista tocado por Dios.

Samir.

Tranquilo, seguro y con una cadencia única, dice cosas como  yo te amo, tú eres la única mujer. Contigo vivo la verdad y el destino. Gracias por jugar conmigo a este maravilloso sueño que es la vida. Los corazones helados se derriten, las manos se unen, las lágrimas caen, las miradas de las almas se multiplican, los besos también se multiplican. Que bello cuando los besos se multiplican. Imaginaos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, pero en besos. La magia. El instante. La eternidad.

Eso ocurre cuando alguien comparte por muy poco el alma que pone en sus canciones. Cuando lo divide en trocitos y lo reparte entre gente que quiere despertar del sueño real de esta vida. Despertar/sentir/latir/ser eternos gracias a la belleza. Gracias magia, gracias Marwan.

 

Pido perdón a Samir Abu-Tahoun, hermano de Marwan, por robarle algunas palabras.

Teatro de verdad

Más allá del preocupante déficit de atención en el que vivimos, más allá de los mercaderes y de los mercados, más allá de las insensibles máquinas, más allá de los malditos eufemismos, sí, más allá de este mundo falso, está la luna. En ella encontramos la verdad, y un teatro es el único lugar donde podemos mirar el rostro de la luna con todas sus imperfecciones. Sí, digo bien, un teatro. Todavía existen. Se trata de los únicos sitios donde nos cuentan la verdad, en los que no nos sentimos estafados. Allí me siento humano, sin careta, desnudo. Ayer me desnudé en la sala pequeña del teatro Lara. Fue a medida que se desnudaron Palmira y Jenaro, personajes de la obra Espacio Disponible de la compañía Perigallo Teatro.

Una escenografía sencilla por la que Jenaro y Palmira, Palmira y Jenaro (me encanta la musicalidad de estos nombres), deambulan con su perfecta torpeza de ancianos, mecidos por el suave oleaje de un texto ingeniosamente construido y un timón dirigido sin fisuras. Dos jubilados que pasan una noche presidida por esa luna siempre presente que marca sus/nuestros estados de ánimo. Ánimo que se enturbia cuando valoran irse a vivir a Bruselas con Álvaro, su hijo coperante, y dejar atrás su angosto pero cálido piso sin ascensor, sus recuerdos, sus vidas de verdad, y, en definitiva, todos sus sueños. Porque las personas mayores también sueñan con ser.

Todo esto que les cuento es algo que, paradójicamente y gracias a la magia del teatro, lo interpretan en clave de un humor sin estridencias pero más que efectivo. No pude dejar de reír . Sin embargo, hubo un momento en que mis risas se tornaron en emoción.  La escena del sueño de Jenaro, ese en el que orina concertinas. Con qué poco logran una escena sublime. Lloré porque soy padre, lloré porque soy hijo, lloré porque soy pareja y lloré porque me emociona que una compañía “pequeña” creé obras como esta y crea en la verdad del teatro a pesar de las dificultades. Y agradecí para mis adentros a Celia Nadal que, con su invitación, me hiciera vivir una de esas eternidades de las que últimamente carecemos. Tanto, que cuando salí de la sala corrí al servicio y oriné concertinas.

 

* Espacio Disponible de la Cía Perigallo Teatro está actualmente en el Teatro Lara y girará mucho…

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MIEDO

Mientras el mundo se quema, miro las olas. No me curan como en otros tiempos. Mientras tomo los últimos rayos de sol _ese placer occidental que abrasa pieles_ siento miedo. Un miedo que me produce dolor de cabeza. Siempre en mis vacaciones paro, me encuentro, alivio mi mente y pongo en orden mis pensamientos, sin embargo este año me han traído un miedo dominante que hace que nada me reconforte.

Miro ese mar y solo veo la sangre de los niños que intentan alcanzar sus sueños en esas barcas de la muerte. Observo el sol y únicamente siento sed: la sed de la tierra seca. Me fijo en los árboles y los veo quemados.

Pocas cosas existen que me relajen tanto como leer; leo la prensa y solo encuentro agonía.

Juego con los niños, pero me sustituyen por el poder excitante de los móviles.

Siento verdadero miedo. Me asomo al abismo y caigo en el vértigo de la tristeza, el fracaso y la locura.

Siempre había encontrado en la escritura un escape a estos miedos y un puerta al optimismo, pero quién puede ser optimista en este mundo que estamos dejando a nuestros hijos, ¿quién puede vivir con la conciencia tranquila?

La llamada sociedad del bienestar se ha convertido en malestar. En miedo permanente a todo.

Y en este momento, que te miro, mar, no me ayudas. Me gustaría terminar este relato con alguna palabra esperanzadora, pero solo me sale miedo.

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.

La niña y el mundo

Sonó el despertador y, al levantarse de la cama, un dolor fuerte y punzante le atravesó el costado.

Llevaba días, semanas, meses, tal vez años, sintiendo ese dolor. Era el dolor del mundo. No podía aguantarlo más, y se dispuso a pedir una cita médica por internet. Paralizado no encontraba respuesta a la casilla de “motivo de su cita”.

Siempre pasaba igual, pero aquel día el dolor se acentuó mientras desayunaba las palabras de la prensa del día anterior. Un sudor frío recorrió su alma de un extremo a otro. Salió al trabajo; un trabajo cualquiera en un día de siempre. Las tareas pendientes le hacían olvidar el dolor. Las conversaciones con sus compañeros le hacían olvidar el dolor, aunque sabía que permanecía ahí, agazapado. Así paso su jornada, sobreviviendo, como cualquier ser humano pasa las horas.

Nunca se iba directo a casa tras el trabajo, y ese día no fue distinto. Se dirigió al bar del parque, y, sentado en la terraza, pidió un vino blanco al amable camarero negro que siempre le atendía. El parque estaba un poco por encima del nivel del bello paseo de la ciudad, por lo que desde aquella terraza podía ver transcurrir las rutinas de las gentes y de sus días.

Ese día pensó en su dolor y supo con plena certeza que le dolía el mundo. Y descubrió que a cada transeúnte, a cada persona, le debía doler como a él. Y descubrió que, cuando pensaba en el dolor de los demás, a él le dolía un poco menos y eso es egoísta. También descubrió que las buenas acciones no calman el dolor. Siempre descubría muchas cosas desde allí, no era un día distinto.

De camino a casa comenzó a llover. Apoyada en el chaflán de un edificio abandonado, había una niña empapada, con un vestido ajado. Era morena, desgreñada y triste, muy triste. Parecía muy sola. Ella extendió su mano sin pronunciar palabra, tiritando de frío. Él la entregó todas las monedas que tenía. Se miraron. Él siguió su camino.

Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.

El cancionero

Esperaba sentada en su vieja silla de ruedas a media tarde. Sus ojos acuosos mirando tras la ventana hacia la calle triste y solitaria. No pasaba ni un alma. Y Juana escuchaba el tic-tac del reloj de cocina. Aunque tapaba sus delgadas piernas con una manta, sentía un ligero escalofrío de impaciencia. Hasta que Pablo llegó. Enjuto y callado, con ese halo de bondad que desprendía, cogió la llave de debajo del felpudo y abrió lentamente la puerta. Juana escuchaba sus pasos, mientras que la mente proyectaba su imagen atravesando el estrecho pasillo hasta llegar a la sala de estar, donde ella seguía quieta y expectante. Lo imaginaba con tres o cuatro libros bajo el brazo como en las últimas ocasiones. Pablo abrió la puerta y la encontró, como siempre, de espaldas. Se acercó y con suavidad giró la silla de ruedas. Ahora estaban frente a frente. Pablo se acercó dando a la anciana un beso tierno en la mejilla. Juana se fijó en la mano izquierda de Pablo y vio que portaba un libro. Pastas de cartón amarillas. ¿Qué me traes hoy?, dijo Juana. Un cancionero manchego, respondió Pablo. Empieza.

Después del rico mojete

tejí un moño con la cepa

y al amparo de la sombra

gozamos de aquella siesta…

Verde de tus ojos verde,

que hasta los cantos derrite,

no es verde como otro verde,

Que es verde que me persigue…

¡Ojalá pudiera estar

siempre al lado de tu pecho,

y eternamente besarte,

y eternamente ser sueño…

Esas palabras que Pablo pronunciaba, llegaban a Juana como gotitas refrescando su memoria. Miraba atenta y emocionada a Pablo. Plagada de amor y de recuerdos, sollozaba con nostalgia de otro tiempo. ¿Quién lo ha escrito?, preguntó. Un tal Luis Oliver de Villafranca, dicen que es. Pues esa niña soy yo. Sigue leyendo Pablo, quédate hoy un ratito más, hasta que se haga de noche. Pablo bajó la cabeza y su boca se llenó de palabras eternas.