Archivo de la categoría: Lugares extraordinarios

Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.

El Ángel de la Gran Vía

Vagaba solo por la Gran Vía a media tarde. Al hombro portaba una pequeña mochila azul donde guardaba la cartera, una botella de agua y poco más. Hacía calor y los transeúntes andaban lentos y agalbanados. Las últimas veces que he viajado a Madrid lo he notado más apático, sin prisas, algo anodino. Aquella tarde, a pesar del sol, no percibía la alegría de las gentes por la inminente llegada del verano. Contagiado del ambiente, paraba en los escaparates mirando sin ver. Llegué al escaparate de la Casa del Libro y me detuve en las últimas novedades. Necesitaba descansar un poco de aquel letargo urbano y entré a hojear libros, sin ningún orden. A punto estuve de sentarme a leer o a dormitar en un sillón donde leían y dormitaban otros dos caballeros, pero no me atreví a invadir su espacio. Bélica y fea expresión. ¿El hombre es un ser social por naturaleza? Lejos queda Aristóteles. Compré el libro de Don DeLillo, “Cero K”. La tienda estaba llena de gente, algo inusual en una librería. Es paradójico, pero cuando estaba en la fila para pagar experimenté una sensación de soledad. Una chica muy bella que estaba delante de mí se volvió para buscar otro título. Casi pasa a través de mi cuerpo y ni siquiera me vio. No tengo ningún recuerdo de la cara del dependiente que me atendió cuando pagué el libro. Ni siquiera nos miramos a los ojos. 19,50 €. Gracias (palabra tan vanamente sobada). Salí de nuevo al letargo mirando al suelo, con algo de ansiedad. Un chico con gafas me preguntó, supongo que para una encuesta, si me gustaba la cerveza. Mentí. Dije que no. Seguí mis pasos y volvió a llamarme. Señor, lleva la mochila abierta. Rápidamente lo comprobé y vi que estaba todo acorde. Le di las gracias. Me sonrío. Proseguí mi camino arrepentido de no haberle ayudado con su encuesta. Aún no he olvidado esa sonrisa que hizo que aquella tarde, en aquel Madrid anodino, valiera la pena.

 

 

 

El sabor del sol

Plaza del Pilar de Zaragoza. 26 de marzo: Sábado Santo. Precioso y soleado mediodía. 25 grados centígrados. Bullicio en las terrazas. En una de ellas, el observador se toma un vino blanco de Somontano. Le está rico. Frente a él, unos niños juegan con un globo y ríen a carcajadas. A babor, cuatro hombres de etnia gitana, entrados en años, portan un ramo de flores en su mano diestra y un libro en la siniestra. Están perfectamente alineados, subidos en una tarima. Leen con emoción pasajes del Evangelio, que son comentados con pasión por uno de ellos, quien también se dirige a los muchos paseantes ajenos a la escena. Un mendigo español, joven, pide limosna a los clientes de la terraza donde está sentado el observador. No se detiene en éste, como si estuviese encerrado en una burbuja. Ahora los niños se acercan al observador y juegan a su alrededor. Percibe su alegría. En el centro de la plaza, entre las dos puertas principales de la basílica, una anciana sonriente despliega una silla y se sienta mirando al cielo. Mientras que bebe los agradables rayos del sol, sonríe a un niño de unos dos años, quien pretende robarle una de sus muletas. Acaricia su cabeza con extremo cariño. Los niños del globo sienten su bondad y también se acercan a ella. También les regala una sonrisa embriagada de sol. Aparece a estribor un hombre robusto de poblada barba canosa, pañuelo en la frente, aires hippies, Se acerca al mendigo y le da unas monedas. Se hablan y después se abrazan. Cada uno prosigue su camino. El mendigo a estribor, a babor el hippie alzando sus brazos al cielo a modo de agradecimiento. Lo repite tres veces y se besa las palmas de las manos para luego llevarlas al corazón. Se acerca a los cuatro hombres del evangelio y los bendice. Luego se gira, bendice al resto y se va. El observador mira al frente: la anciana se aleja con la ayuda de un transeúnte que porta su silla. El observador bebe el último trago de su copa y le sabe a vida, pero siente que aún no ha descubierto el sabor del sol.

 

*Escribo mientras escucho a Marwan.

La fotito

Ayer cruzamos este acueducto de la Constitución y la Inmaculada viajando a Cuenca. Por la mañana visitamos la Ciudad Encantada que, como muchos sabéis, es un conjunto de piedras de diferentes formas y tamaños, fruto de la erosión  producida hace unos doscientos millones de años.

Disfrutamos del hechizo de esta maravillosa ciudad, imaginando formas y soñando que paseábamos por las calles de una ciudad de cuento. Vimos hadas, duendes y animales mitológicos, y nos reímos mucho. Además nos hicimos un par de fotitos. Otros, por el contrario, ven pasar la vida tras la mirada del objetivo de una cámara o un móvil de alta gama.

Hicimos el recorrido según el plano que nos repartieron a la entrada, y en estas que llegamos a la dolomía denominada el Tormo alto, y ahí estaban varios tormentos y tormentas palo en ristre con el selfie de turno, no fuera a desaparecer la piedra tras doscientos millones de años de existencia. Después llegamos a otra que albergaba una especie de cueva. Al verla, los niños y yo salimos corriendo para introducirnos, cual espeleólogos aventureros, por ver si nos encontrábamos un tesoro escondido, alguna obra de arte rupestre o, quién sabe, ese oso en peligro de extinción en proceso de hibernación. No, lo que escuchamos fue una voz que nos instó a frenar nuestra carrera, ya que estábamos a un palmo de desbaratar una pose espectacular de una presumida jubilada cuyo enemorado se disponía a disparar su flash para inamortalizar la enésima imagen de su bella pareja. Así que paramos y se helaron nuestras ansías de aventura. Pero, obstinados como somos, continuamos nuestro recorrido por esas curiosas calles naturales, y nos hallamos ante la piedra Foca malabarista, hallando también a una joven trepadora que se afanaba en subir a lomos de la roca, para que su novio adolescente gozase de una nueva imagen más que borrar de la memoria fugaz de su smartphone, dentro de los límites de sus futuros inciertos.

No había recoveco ni oquedad sin posantes, palos y fotitos; ni paso en el que nuestra ansia de descubrimiento y aventura se viera truncada por ese afán vanidoso de la fotito compartida.

Al final de la visita, llegamos a la piedra llamada Los amantes de Teruel; allí posaban dos parejas, una de quinceañeros y otra de cuarentones, emulando la forma de esta composición megalítica, es decir, intentaban darse un beso seco e impostado mirando de reojillo el móvil, que uno de ellos portaba con uno de esos palos de la presunción. Ya no aguanté más. Ejercí mi derecho a correr en libertad por un espacio abierto, cruzándome impetuosamente entre el objetivo y los figurantes. ¡Joder!, exclamaron. Y joder su fotito fue el mejor momento de la mañana.

*Escribo mientras escucho a Marlango.

Ven y vive Los Yébenes

Ven y vive Los Yébenes, paraíso natural. Disfruta de sus gentes. Disfruta de su gastronomía y cómete Los Yébenes, visita su Patrimonio y vive su Cultura. Camina por sus senderos y respira en la sierra. Llénate de vida en sus parajes…
Y sus fiestas… con sus bellas tradiciones, como las de su patrón San Blas el día 3 de febrero y la bella romería en el cerro que lleva su nombre; o como la de Don Carnal que llega jocoso y chirigotero.
Su Semana Santa engalanada del fervor y el arte del rico Patrimonio Religioso: la singular iglesia de Santa María la Real y su retablo rococó, la ecléctica y templaria San Juan Bautista y su torre mudéjar. Ermitas que son pequeños tesoros como “La Soledad”, El Cristo de la Veracruz”, ”San Blas” y “La Concepción”.
Las casas señoriales y palaciegas de escudos heráldicos, hacen que un paseo por Los Yébenes sea deleite para la vista y sustento para el alma, como lo fueron para Cervantes niño, los molinos de viento, que allí estaban como gigantes Briarios cuando pasó. En ellos recreamos periódicamente las moliendas de antaño, haciendo girar los brazos del gigante Zacarías, lo cual pinta una estampa única.
Viaja hasta Los Yébenes y empápate de naturaleza visitando sus Museos. El triángulo del saber en Los Yébenes: un mar de sensaciones nos trae el cetáceo impresionante del Museo de Ciencias, la sensibilidad y maestría de los mejores taxidermistas del mundo, la familia Garoz, en su Museo de la Caza; y la historia de un nuevo espacio, el nuevo Museo de Armas. Todo ello a pie, con parada y posta en los bares y restaurantes con solera. Y si nos llega un olor a pan recién hecho o a dulces mantecados, seguramente estés cerca de las mejores pastelerías y panaderías de la región. Porque hay quien atinadamente afirma que el pan y los dulces de Yébenes son los mejores del mundo.
Al menos tan buenos como la Música. Tierra de excelentes músicos, abanderados por la Banda Municipal, adalid de una Cultura ejemplar, cuya programación, digna de una capital, muestra lo mejor de las Artes Escénicas en uno de los teatros más modernos de la región.
Los Yébenes, paraíso multicolor en verano, donde predomina el ocre de los campos y un clima para el disfrute de la gastronomía al aire libre. Un ambiente para disfrutar de sus gentes y sus fiestas populares veraniegas, entre las que destaca San Cristóbal, su feria chica.
Un verano de los niños y para los niños, que acuden en masa a una cita obligada: Titiriyébenes, el festival de títeres más importante de la región, que se celebra en la calle el primer fin de semana de agosto.
Un verano de los jóvenes y para los jóvenes, que culminan sus diversiones con una peculiar carrera de camas locas para la diversión del público asistente.
Un verano cargado de espectáculos para todos.
Y a regañadientes llega septiembre, mes en el que Los Yébenes se engalana para dar la bienvenida a numerosos visitantes que acuden a sus fiestas patronales en honor a Nuestra Señora la Virgen de Finibusterre. Unas fiestas colmadas de la pasión de los yebenosos, que acogen a sus visitantes con suma hospitalidad y les hacen partícipes de sus celebraciones religiosas y laicas.
Llegarás a Los Yébenes con ilusión y lo abandonarás con más ilusión de volver.

Más allá de la tierra…

Buscábamos la quietud y la encontramos en esta isla. En el lenguaje del mar, en la calidez de sus gentes, en la paz de su extraño paisaje lunar. Lanzarote se ha convertido en un crisol de culturas, pero al mismo tiempo que nos acerca al mundo, nos aleja cuando encontramos parajes solitarios. Seguir leyendo Más allá de la tierra…