Archivo de la categoría: Club de lectura

PATRIA

Para que se entienda: después de ver a Rafa Nadal jugar al tenis, uno se siente acomplejado al decir que alguna vez ha jugado a ese deporte. En el arte y en la literatura pasa lo mismo: tras haber terminado hace escasos minutos la novela Patria de Fernando Aramburu, me siento algo ridículo escribiendo estas palabras, aunque pueden más las ganas de alabar/ensalzar/recomendar una novela sublime. Una obra maestra de la literatura que ya ha recibido todos los parabienes de crítica y lectores porque lo merece. ¿Por qué la recomiendo? Es una semblanza sutil de la condición humana; sustituye con luces muchas sombras de una etapa terrible de nuestra Historia reciente; contiene unos personajes tan potentes como la propia historia; y me ha hecho reír, llorar y entender. ¿Qué he entendido? Que todos los espacios geográficos en el fondo son iguales. El escritor ha elegido un espacio físico, temporal y moral, pero la humanidad que desprende la novela podríamos encontrarla en otros lugares muy alejados del País Vasco, donde las miserias humanas discurren por la misma senda. El bien y el mal se confunden y se complementan en la novela, por ello los personajes son tan descarnadamente humanos. Normalmente, tras leer una novela, me quedo con tal o cual personaje, pero en Patria, no sabría… Igual me quedo con todos, porque cada uno, a su manera, con sus dudas y debilidades, mira hacia el frente. No puedo escribir más que no se haya dicho ya de esta novela, para mí una de las mejores novelas en lengua castellana del S.XXI. Y, por favor, permítanme seguir jugando al tenis y escribiendo, a pesar de Rafa Nadal y Fernando Aramburu.

Nada más, lean Patria y ya me dicen.

  • Aramburu, Fernando: Patria; Edit. Tusquets; Barcelona, 2016.

* Escribo mientras escucho a la Zaz.

 

Anuncios

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

GRACIAS TÍO LUIS

Buenas noches tío Luis, y perdona que no haya escrito antes esta carta, pero a veces el tiempo pide cuentas muy tarde. Solo quiero decirte que buena parte de lo que soy y la manera por la que transito por el camino de la vida es gracias a ti. ¿Recuerdas cuando me llevabas de la mano al cine del tío Federico? Era a finales de los años 70 y principios de los 80, si la memoria no me falla. Tan pequeño que no entendía las películas, pero sí percibía tu felicidad en aquel lugar, y me reía de tus carcajadas con olor a palomitas de maíz. Cómo te gustaba aquel Paco Martínez Soria y esos sinvergüenzas, brutos y entrañables Bud Spencer y Terence Hill. No olvidaré, tío Luis, aquella película creada por unos locos yebenosos ¿Cuál era su título? ¿Primer amor? Y después, te acompañaba al ya moderno y maravilloso cine Montecine, de ese otro loco genial al que querías tanto, Juan Garoz. Allí me  enseñaste con tu ejemplo, que cuando se traspasa la puerta de una de esas salas repletas de butacas, hemos de ser niños siempre. Y vaya si me lo enseñaste bien.

Nunca me sentí solo cuando mis padres trabajaban día y noche en la esclavitud del bar, porque siempre encontraba tus manos, o quizás ellas me encontraran a mí. Esas manos interminables conducían aquel Ford Fiesta blanco que sacaba lo peor de ti. Las mismas manos que me llevaban a la feria con el dinero que nos daba la tía Carmen, quien no tiene nada suyo, como bien dice su hermana. Las mismas manos que llenaran las Semanas Santas del pueblo de preciosos farolillos de cristal, fabricados más con genio que  paciencia, y es que no lo sabes, pero me marcaste con ese genio infantil e ingenuo. Aquellas rabietas de niño impaciente, que la tía sabía dominar y, a veces, activar con su ironía y sarcasmo. Qué sola se quedó cuando te fuiste. Qué solos nos dejaste. Recuerdo bien esa noche como la noche más solitaria del mundo. Pero eso viene después. Quiero seguir recordando.

Cuántos automóviles desvencijados pasarían por tu taller, con sus carrocerías maltrechas. Tú los dejabas mejor que nuevos, aunque quienes trabajaran a tu lado tuviesen que sufrir algún que otro rapapolvos; seguro estoy que les sirvió como experiencia y ahora lo recuerdan agradecidos. También sufría alguna que otra rabieta tuya cuando comprobabas mi torpeza con los trabajos manuales, y te pedía al final que me fabricaras aquellos objetos inútiles y artilugios variados que, a modo de condena (al menos para mí), nos encargaba aquel austero profesor.

Además eras un gran inventor. Son muchas las personas que aprietan el duro pulsador del caño de las fuentes públicas con un artilugio que permite conservar nuestras manos sanas. Igual no lo inventaste tú, pero jamás lo había visto antes. No molestaste a nadie con tu arte. Fue para ti y los tuyos, y lo hacías con esa elegancia de las personas humildes. Regalabas más que vendías y por eso nunca fuiste rico.

Me gustaba verte en las celebraciones, tan elegante y apuesto, como un galán de Hollywood, con ese punto de coquetería de los guapos.

De repente y sin avisar, llegó la enfermedad y con ella tus últimos días. Tío Luis, siento que mi adolescencia y juventud nos alejara por esos caprichosos desvíos que la distancia y el tiempo generan, pero mi amor y admiración por ti siguieron intactos.

En tus últimos días nos regalaste tu mejor creación, que fabricaste con las manos del alma: tu muerte. Me enseñaste como debe morir una persona. No te llevaste nada, todo nos lo regalaste, incluso tu propia muerte. Y, aunque esa noche fuera la más solitaria del mundo, tras ella no me sentí solo, porque vivo acompañado de lo mejor de ti.

Ahora estoy sentado a tu lado, en la cómoda butaca azul del cine Montecine, riéndome con tus carcajadas de felicidad eterna. No puedo más que mirar tus ojos oceánicos y volver a ser aquel niño para pronunciar entre lágrimas: gracias tío Luis.

1 de noviembre de 2016

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.

La niña y el mundo

Sonó el despertador y, al levantarse de la cama, un dolor fuerte y punzante le atravesó el costado.

Llevaba días, semanas, meses, tal vez años, sintiendo ese dolor. Era el dolor del mundo. No podía aguantarlo más, y se dispuso a pedir una cita médica por internet. Paralizado no encontraba respuesta a la casilla de “motivo de su cita”.

Siempre pasaba igual, pero aquel día el dolor se acentuó mientras desayunaba las palabras de la prensa del día anterior. Un sudor frío recorrió su alma de un extremo a otro. Salió al trabajo; un trabajo cualquiera en un día de siempre. Las tareas pendientes le hacían olvidar el dolor. Las conversaciones con sus compañeros le hacían olvidar el dolor, aunque sabía que permanecía ahí, agazapado. Así paso su jornada, sobreviviendo, como cualquier ser humano pasa las horas.

Nunca se iba directo a casa tras el trabajo, y ese día no fue distinto. Se dirigió al bar del parque, y, sentado en la terraza, pidió un vino blanco al amable camarero negro que siempre le atendía. El parque estaba un poco por encima del nivel del bello paseo de la ciudad, por lo que desde aquella terraza podía ver transcurrir las rutinas de las gentes y de sus días.

Ese día pensó en su dolor y supo con plena certeza que le dolía el mundo. Y descubrió que a cada transeúnte, a cada persona, le debía doler como a él. Y descubrió que, cuando pensaba en el dolor de los demás, a él le dolía un poco menos y eso es egoísta. También descubrió que las buenas acciones no calman el dolor. Siempre descubría muchas cosas desde allí, no era un día distinto.

De camino a casa comenzó a llover. Apoyada en el chaflán de un edificio abandonado, había una niña empapada, con un vestido ajado. Era morena, desgreñada y triste, muy triste. Parecía muy sola. Ella extendió su mano sin pronunciar palabra, tiritando de frío. Él la entregó todas las monedas que tenía. Se miraron. Él siguió su camino.

El cancionero

Esperaba sentada en su vieja silla de ruedas a media tarde. Sus ojos acuosos mirando tras la ventana hacia la calle triste y solitaria. No pasaba ni un alma. Y Juana escuchaba el tic-tac del reloj de cocina. Aunque tapaba sus delgadas piernas con una manta, sentía un ligero escalofrío de impaciencia. Hasta que Pablo llegó. Enjuto y callado, con ese halo de bondad que desprendía, cogió la llave de debajo del felpudo y abrió lentamente la puerta. Juana escuchaba sus pasos, mientras que la mente proyectaba su imagen atravesando el estrecho pasillo hasta llegar a la sala de estar, donde ella seguía quieta y expectante. Lo imaginaba con tres o cuatro libros bajo el brazo como en las últimas ocasiones. Pablo abrió la puerta y la encontró, como siempre, de espaldas. Se acercó y con suavidad giró la silla de ruedas. Ahora estaban frente a frente. Pablo se acercó dando a la anciana un beso tierno en la mejilla. Juana se fijó en la mano izquierda de Pablo y vio que portaba un libro. Pastas de cartón amarillas. ¿Qué me traes hoy?, dijo Juana. Un cancionero manchego, respondió Pablo. Empieza.

Después del rico mojete

tejí un moño con la cepa

y al amparo de la sombra

gozamos de aquella siesta…

Verde de tus ojos verde,

que hasta los cantos derrite,

no es verde como otro verde,

Que es verde que me persigue…

¡Ojalá pudiera estar

siempre al lado de tu pecho,

y eternamente besarte,

y eternamente ser sueño…

Esas palabras que Pablo pronunciaba, llegaban a Juana como gotitas refrescando su memoria. Miraba atenta y emocionada a Pablo. Plagada de amor y de recuerdos, sollozaba con nostalgia de otro tiempo. ¿Quién lo ha escrito?, preguntó. Un tal Luis Oliver de Villafranca, dicen que es. Pues esa niña soy yo. Sigue leyendo Pablo, quédate hoy un ratito más, hasta que se haga de noche. Pablo bajó la cabeza y su boca se llenó de palabras eternas.

El sabor del sol

Plaza del Pilar de Zaragoza. 26 de marzo: Sábado Santo. Precioso y soleado mediodía. 25 grados centígrados. Bullicio en las terrazas. En una de ellas, el observador se toma un vino blanco de Somontano. Le está rico. Frente a él, unos niños juegan con un globo y ríen a carcajadas. A babor, cuatro hombres de etnia gitana, entrados en años, portan un ramo de flores en su mano diestra y un libro en la siniestra. Están perfectamente alineados, subidos en una tarima. Leen con emoción pasajes del Evangelio, que son comentados con pasión por uno de ellos, quien también se dirige a los muchos paseantes ajenos a la escena. Un mendigo español, joven, pide limosna a los clientes de la terraza donde está sentado el observador. No se detiene en éste, como si estuviese encerrado en una burbuja. Ahora los niños se acercan al observador y juegan a su alrededor. Percibe su alegría. En el centro de la plaza, entre las dos puertas principales de la basílica, una anciana sonriente despliega una silla y se sienta mirando al cielo. Mientras que bebe los agradables rayos del sol, sonríe a un niño de unos dos años, quien pretende robarle una de sus muletas. Acaricia su cabeza con extremo cariño. Los niños del globo sienten su bondad y también se acercan a ella. También les regala una sonrisa embriagada de sol. Aparece a estribor un hombre robusto de poblada barba canosa, pañuelo en la frente, aires hippies, Se acerca al mendigo y le da unas monedas. Se hablan y después se abrazan. Cada uno prosigue su camino. El mendigo a estribor, a babor el hippie alzando sus brazos al cielo a modo de agradecimiento. Lo repite tres veces y se besa las palmas de las manos para luego llevarlas al corazón. Se acerca a los cuatro hombres del evangelio y los bendice. Luego se gira, bendice al resto y se va. El observador mira al frente: la anciana se aleja con la ayuda de un transeúnte que porta su silla. El observador bebe el último trago de su copa y le sabe a vida, pero siente que aún no ha descubierto el sabor del sol.

 

*Escribo mientras escucho a Marwan.

Luna de lino

Por todas vuestras felicitaciones os regalo un poemita que escribí a mi hija Laura, para que se lo recitéis esta noche a vuestros hijos, sobrinos, nietos, o simplemente para que sigáis siendo niños.

Luna de lino y lilas,

lías la lana,

luna iluminas lirios

labios y nanas.

Hola luna lunera,

lírica línea,

luna cascabelera

luciente lima.

Luna, lazo lunático,

celeste lona,

lanzas lágrimas blancas,

lames las olas.

La sencillez

La sencillez está en el mar. La sencillez está en el sol que lo encumbra y lo llena de luz. Está en la flor libada por la abeja. La sencillez está en el pájaro libre que bebe del estanque. Es la niña grande que dormida descubre un seno. La sencillez es la nostalgia por un lugar, una sombra, un beso. Es el cuadro pequeño de un paisaje que adorna una sala. La sencillez es la casa esquilmada de recuerdos. La sencillez es la pureza del alma, incorpórea, sin adornos ni ropajes, desnuda, única y eterna.