Todas las entradas por elsensiblero

Gestor Cultural, amante de la vida y el amor

El abuelo

Regresa de la panadería a primera hora de la mañana, apoyado en su bastón. En la otra mano porta la bolsa con el pan recién hecho. Buenos días Vicente. Buenos días, responde instintivamente. Desde hace muchos años sufre una sordera provocada por unos terribles ruidos. A su espalda cree escuchar un comentario a la persona que lo ha saludado. No le gusta, pero enseguida elimina de su cabeza esa pequeña oscuridad. Continua despacio, un tanto encorvado. Maldita vértebra, piensa. Ochenta y dos años. Sesenta tras la barra de un bar y algunos menos trasladando colchones con una carrito. Le llegan imágenes borrosas de aquella época mientras camina. Podía con todo. Mira hacia el balcón de la casa de su hijo y esboza una media sonrisa ¿Estarán despiertos los nietos? Lo que me quieren… Ellos tienen salud, pero a mí no me falta la eternidad del amor. Ahora acude la imagen de su esposa. Vaya suerte tenerla. Que no le pase nada porque me voy con ella. Una sola alma. Un recuerdo balsámico atraviesa su mente: son jóvenes. Sus hijos no están en casa. Está bella. Se aman hasta el extremo. Más atrás: es domingo como hoy y va subido en su antigua bicicleta bajando por la calle Ancha. Siente el frescor de la mañana en su rostro y percibe el olor a bollo de la panadería cercana. Ella se ha puesto su mejor vestido a sabiendas que él pasaría como todas las mañanas. Se miran enamorados.

Está cerca de casa y ahora huele a tierra húmeda. Le gusta porque rememora las mañanas de su niñez en el campo. Soñando con ser Di Stéfano, después Santana. Hoy es día de regresar a la niñez: juega Rafa Nadal la final de Roland Garros. Se avergüenza levemente de su ilusión infantil. El muchacho austriaco juega bien, está fuerte, tal vez nos dé un susto hoy, se dice bajito. Entra en casa. Huele al pollo asado. En la cocina encuentra a su amor. Siempre la mira con veneración. Ha llamado tu hijo para que le compres el periódico. Está orgulloso de sus hijos. En un destello fugaz de vanidad: les hemos dado todo y lo han conseguido. Se les quiere cada uno como es. Y mucho.

Deja la bolsa del pan sobre una silla, alcanza una sartén de la encimera, enciende el fuego y se dispone a freír las patatas que gustan a los nietos. Antes las había pelado y cortado pacientemente como finas hojas de papel. Es el secreto. Si por él fuera, haría camiones de patatas para corresponder todo el amor que le dan. Van llegando, poco a poco. Primero las mellizas, que lo besan. Lucía le aprieta los mofletes y le da mil besos en la calva: ¡Abuelo! ¡Guapo! Claudia siempre más discreta. Él la mira y ve algo suyo en ella. Después entran los pequeños: Laura, Mario y Gonzalo: ¡qué bien huelen las patatas abuelo! Discuten por quien se comerá el plato más grande. Falta el mayor, Guillermo. El abuelo lo añora. Echa de menos su seriedad y le entiende porque también es tímido. Adora que estén todos. Nunca se lo digo. Una sombra lo envuelve…

Sombra que aparta porque es domingo y juega Rafa Nadal la final de Roland Garros.

 

*Padre: infinitas gracias por tu ejemplo.

 

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SIN PECADO

Entra por la puerta del palacio, reconfortado por la confesión. Recuerda las últimas palabras del padre: el señor es misericordioso, y usted está totalmente arrepentido, es normal, a veces los sueños nos devuelven al pasado. Su rostro dibuja una mueca casi imperceptible. Pide a su viejo asistente que le prepare, al lado de la chimenea, el periódico, un Montecristo y una botella de Vega Sicilia. Mientras, se quita el traje de Armani lentamente, observando la flacidez de sus carnes. Piensa en su joven esposa. Seguro que estará echando un buen polvo con Mario, el guardaespaldas. Sonríe. Entra en el cuarto de baño y se mira al espejo, se siente bien después de la confesión, incluso aprecia que conserva un cierto atractivo. Vuelve a sonreír. El agua de la ducha lava sus pensamientos. Igual Ana está con su amiga la periodista, de la que nunca logra recordar su nombre. Se siente aun más relajado sintiendo el agua por todo su cuerpo. De repente, le golpea un recuerdo de la mañana. Entre el correo, antes de salir a su paseo diario, había visto una carta extraña. El remite no le sonaba de nada. La intriga le hace ponerse con cierto apremio su pijama de seda y la bata de cachemir. Se dirige a su despacho. Ve en su mesa la botella de rioja, el habano, y el periódico, junto a la correspondencia diaria. Entre las cartas de los bancos está la que buscaba. María Guzmán Antúnez. El nombre no le suena. Coge el abrecartas nervioso y la abre. La carta va acompañada de la fotografía de un joven militar, de cuerpo entero, junto a un avión Yákovlev-42. Comienza a leer:

Han pasado muchos años y hasta hoy no había tenido fuerzas para dirigirme a usted. Incluso ahora dudo si seré capaz. Son muchos años de rabia viéndole en los medios sin poder sentir nada humano hacia usted. Viéndole sin un ápice de remordimiento, con su vida de aristócrata, comiendo, bebiendo, follando… mientras yo moría, día a día, de pena por mi hijo. Ahora que estoy a punto de desaparecer de este maldito mundo, quiero dejarle estas palabras. Cuando usted muera, dejará las muertes que arrastra. Su aliviada conciencia de confesionario morirá con usted y su nombre quedará teñido del rojo de la sangre de nuestros hijos. Su historia estará manchada. Porque lo que sobrevive de un ser humano es su ejemplo. Seres que creen que no necesitan ponerse en el lugar del otro, seres que piensan que su legado de vanidades será eterno. Seres que se lavan las manos como Pilatos. Seres débiles que actúan solo para aliviar su propia conciencia y llegan a casa pensando: qué bueno soy, tras haber dado una mísera limosna al pobre de la esquina. Sí, siempre habrá seres como usted, que se esconden tras los despachos, después de enviar a nuestros hijos a jugarse la vida por el resto, por lo que creen. Sí señor, ellos, nuestros hijos, creyeron en muchas cosas, mientras que en lo que usted cree es puro anhelo de viento. Ellos si son ejemplo y luz. Usted no.

Aquella balanza cayó del lado del poder, como casi siempre. Usted puede vivir como vive gracias a la imperfección de una justicia que muchas veces se torna inmoral. Todavía recuerdo, ahora sin ápice de dolor, pero en su día como un puñal en el alma, cuando espetó a los medios de comunicación que a usted le absolvieron las urnas. Recuerdo a sus compañeros de partido, en aquella legislatura, que afortunadamente sería la última en la que gobernaran, defender a muerte su inocencia. Ahora la mayoría son viejas glorias como usted. Parecen almas errantes en un mundo que ya no es el suyo, pero que conserva parte de aquella herencia. Tal era la obscenidad y el cinismo de la política en esa época, que nos robaron el dinero, la vida, incluso las lágrimas.

A veces, lo veo en las publicaciones de las redes sociales, junto a su joven esposa y reconozco que me regocijo un poco contemplando su farsa de vida. Nada que pueda contrarrestar el daño que nos hizo. Estas palabras, al igual que todas las maldiciones que las familias hemos proferido contra usted, no nos devolverán a nuestros hijos. Lo sé, pero los que estamos abrasados por el dolor también tenemos derecho a mojarnos los labios de vez en cuando.

Creo que mi dolor se apagará con la muerte, porque los médicos me han dado pocos días de vida, pero quería dejarle estas palabras y esta foto, para que se lleve el recuerdo de mi hijo a la tumba, el recuerdo de alguien que sí murió sirviendo a su país.

Al menos mírele una sola vez a los ojos.

26 de mayo 2033

María Guzmán Antúnez.

Se recostó en su sillón absorto en la foto que sostenía en su mano derecha. A su mente regresaron las últimas palabras del cura con quien había confesado recientemente. Un acceso de pudor frenó su impulso de romper la carta y la foto, pero las depositó molesto en su mesa de escritorio. Encendió pausadamente el Montecristo y llenó su copa de vino. Bebió tan solo una vez y después dio varias caladas. Quedó profundamente dormido, como siempre.

 

*Este relato  está basado en un hecho real pero los personajes son claramente ficticios.

Late Marwan

La magia siempre nos sorprende despistados, inermes. No me refiero a la magia de abracadabra, sino a la de un sentimiento en un instante. A la verdadera eternidad.

11 de la noche. Círculo del Arte de Toledo. Lugar mágico. La mejor compañía: Rosa, David y Ana. El regalo: Concierto de Marwan.

El espacio comienza a llenarse y percibo algo distinto a las anteriores ocasiones. Ron. Dulce y fresco como el perfume de Rosa. Antes de entrar, me vuelvo a enamorar de ella. Me enamoro tantas veces de ella… Y comienza, gracioso, inteligente, con chispa. Me dejo llevar por la embriaguez del ron y su perfume. Me abandono en las canciones y  poemas, mientras mi mano acaricia la desnudez de su cintura. Y canto muy alto cuando nos miramos:

y te quiero decir
que a veces no sé bien si necesito
huir a otro planeta o escribir,
que siempre quiero huir pero es contigo…

Y cuando los sentimientos están a flor de piel tras el segundo ron, aparece. La magia entre dos hermanos se produce. Uno cantante y otro poeta, o los dos poetas… Recita al son de la música de un pianista tocado por Dios.

Samir.

Tranquilo, seguro y con una cadencia única, dice cosas como  yo te amo, tú eres la única mujer. Contigo vivo la verdad y el destino. Gracias por jugar conmigo a este maravilloso sueño que es la vida. Los corazones helados se derriten, las manos se unen, las lágrimas caen, las miradas de las almas se multiplican, los besos también se multiplican. Que bello cuando los besos se multiplican. Imaginaos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, pero en besos. La magia. El instante. La eternidad.

Eso ocurre cuando alguien comparte por muy poco el alma que pone en sus canciones. Cuando lo divide en trocitos y lo reparte entre gente que quiere despertar del sueño real de esta vida. Despertar/sentir/latir/ser eternos gracias a la belleza. Gracias magia, gracias Marwan.

 

Pido perdón a Samir Abu-Tahoun, hermano de Marwan, por robarle algunas palabras.

Teatro de verdad

Más allá del preocupante déficit de atención en el que vivimos, más allá de los mercaderes y de los mercados, más allá de las insensibles máquinas, más allá de los malditos eufemismos, sí, más allá de este mundo falso, está la luna. En ella encontramos la verdad, y un teatro es el único lugar donde podemos mirar el rostro de la luna con todas sus imperfecciones. Sí, digo bien, un teatro. Todavía existen. Se trata de los únicos sitios donde nos cuentan la verdad, en los que no nos sentimos estafados. Allí me siento humano, sin careta, desnudo. Ayer me desnudé en la sala pequeña del teatro Lara. Fue a medida que se desnudaron Palmira y Jenaro, personajes de la obra Espacio Disponible de la compañía Perigallo Teatro.

Una escenografía sencilla por la que Jenaro y Palmira, Palmira y Jenaro (me encanta la musicalidad de estos nombres), deambulan con su perfecta torpeza de ancianos, mecidos por el suave oleaje de un texto ingeniosamente construido y un timón dirigido sin fisuras. Dos jubilados que pasan una noche presidida por esa luna siempre presente que marca sus/nuestros estados de ánimo. Ánimo que se enturbia cuando valoran irse a vivir a Bruselas con Álvaro, su hijo coperante, y dejar atrás su angosto pero cálido piso sin ascensor, sus recuerdos, sus vidas de verdad, y, en definitiva, todos sus sueños. Porque las personas mayores también sueñan con ser.

Todo esto que les cuento es algo que, paradójicamente y gracias a la magia del teatro, lo interpretan en clave de un humor sin estridencias pero más que efectivo. No pude dejar de reír . Sin embargo, hubo un momento en que mis risas se tornaron en emoción.  La escena del sueño de Jenaro, ese en el que orina concertinas. Con qué poco logran una escena sublime. Lloré porque soy padre, lloré porque soy hijo, lloré porque soy pareja y lloré porque me emociona que una compañía “pequeña” creé obras como esta y crea en la verdad del teatro a pesar de las dificultades. Y agradecí para mis adentros a Celia Nadal que, con su invitación, me hiciera vivir una de esas eternidades de las que últimamente carecemos. Tanto, que cuando salí de la sala corrí al servicio y oriné concertinas.

 

* Espacio Disponible de la Cía Perigallo Teatro está actualmente en el Teatro Lara y girará mucho…

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MIEDO

Mientras el mundo se quema, miro las olas. No me curan como en otros tiempos. Mientras tomo los últimos rayos de sol _ese placer occidental que abrasa pieles_ siento miedo. Un miedo que me produce dolor de cabeza. Siempre en mis vacaciones paro, me encuentro, alivio mi mente y pongo en orden mis pensamientos, sin embargo este año me han traído un miedo dominante que hace que nada me reconforte.

Miro ese mar y solo veo la sangre de los niños que intentan alcanzar sus sueños en esas barcas de la muerte. Observo el sol y únicamente siento sed: la sed de la tierra seca. Me fijo en los árboles y los veo quemados.

Pocas cosas existen que me relajen tanto como leer; leo la prensa y solo encuentro agonía.

Juego con los niños, pero me sustituyen por el poder excitante de los móviles.

Siento verdadero miedo. Me asomo al abismo y caigo en el vértigo de la tristeza, el fracaso y la locura.

Siempre había encontrado en la escritura un escape a estos miedos y un puerta al optimismo, pero quién puede ser optimista en este mundo que estamos dejando a nuestros hijos, ¿quién puede vivir con la conciencia tranquila?

La llamada sociedad del bienestar se ha convertido en malestar. En miedo permanente a todo.

Y en este momento, que te miro, mar, no me ayudas. Me gustaría terminar este relato con alguna palabra esperanzadora, pero solo me sale miedo.

PATRIA

Para que se entienda: después de ver a Rafa Nadal jugar al tenis, uno se siente acomplejado al decir que alguna vez ha jugado a ese deporte. En el arte y en la literatura pasa lo mismo: tras haber terminado hace escasos minutos la novela Patria de Fernando Aramburu, me siento algo ridículo escribiendo estas palabras, aunque pueden más las ganas de alabar/ensalzar/recomendar una novela sublime. Una obra maestra de la literatura que ya ha recibido todos los parabienes de crítica y lectores porque lo merece. ¿Por qué la recomiendo? Es una semblanza sutil de la condición humana; sustituye con luces muchas sombras de una etapa terrible de nuestra Historia reciente; contiene unos personajes tan potentes como la propia historia; y me ha hecho reír, llorar y entender. ¿Qué he entendido? Que todos los espacios geográficos en el fondo son iguales. El escritor ha elegido un espacio físico, temporal y moral, pero la humanidad que desprende la novela podríamos encontrarla en otros lugares muy alejados del País Vasco, donde las miserias humanas discurren por la misma senda. El bien y el mal se confunden y se complementan en la novela, por ello los personajes son tan descarnadamente humanos. Normalmente, tras leer una novela, me quedo con tal o cual personaje, pero en Patria, no sabría… Igual me quedo con todos, porque cada uno, a su manera, con sus dudas y debilidades, mira hacia el frente. No puedo escribir más que no se haya dicho ya de esta novela, para mí una de las mejores novelas en lengua castellana del S.XXI. Y, por favor, permítanme seguir jugando al tenis y escribiendo, a pesar de Rafa Nadal y Fernando Aramburu.

Nada más, lean Patria y ya me dicen.

  • Aramburu, Fernando: Patria; Edit. Tusquets; Barcelona, 2016.

* Escribo mientras escucho a la Zaz.

 

LLUVIA (EURIA)

El escenario estaba desnudo como nuestras almas. Abierto a lo que pudiera pasar. Entonces salió él, desprotegido y torpe, intentando abrir un tendedero. Me sentí identificado, porque poseo una penosa habilidad para no entender ese tipo de artilugios aparentemente sencillos. Aquella escena era un trampantojo de lo que vendría después, un exceso de risas para pillar a mente y  corazón desprevenidos. Comenzó a llover tras la ventana dibujada en la cámara negra, y el rostro de él se entristecía mientras colgaba sus lágrimas de lluvia en el tendedero. Lágrimas volátiles y pasajeras, porque, como un suspiro, como una brisa acariciando nuestros rostros, apareció el amor, sutil, elegante, etéreo… Era ella y en ese momento, la magia del teatro me removió y me hizo parte de lo que alli ocurría. Quienes sienten esa fuerza fascinante del teatro, esa puerta que se abre a la realidad pura, esa luz poderosa que irradia y enciende y quema las entrañas, que lo cambia todo, me entienden.

Pero la lluvia no cesaba al son de una música embriagadora, y él aprovechaba hasta el último sorbo de ese maravilloso amor, que unas veces era agua fresca, otras viento huracanado o abrazo de aire. Y ella se fue apagando, despacio como las candilejas, y ella suavemente murió, con la misma dignidad elegante con que mueren las personas extraordinarias. Más que morir ella, le ayudó a él a morir, porque no muere el que se va sino el que queda.

Y pasó el tiempo. Ella no se fue. Estaba en el reloj, en la lluvia de la ventana, en el perchero blanco, en el paraguas rojo, estaba las cosas pequeñas y cotidianas. Qué bella la escena en la que  le ayuda a planchar sus lágrimas de papel. Con que delicadeza abre una puerta a la esperanza.

De repente, la sonrisa intentó entrar en su vida, pero él la rechazaba porque sus articulaciones estaban caladas de tristeza.

Salió el sol, y la sonrisa se fundió con la tristeza, no podía ser de otra manera. Cuando perdemos a un ser querido ambas se apoyan hasta crear un vínculo maravilloso y necesario, venciendo al muchas veces odioso tiempo.

Y acabó esta maravilla, todo un canto al amor, con la más fascinante contradicción de la vida.

Así sentí esta experiencia, así participé en Lluvia, una obra de teatro sublime de la compañía vasca Markeliñe. Un precioso poema visual que ha obtenido el Premio FETEN 2017 al mejor espectáculo. Vayan a verlo.

 

Lluvia (Euria)

A partir de 7 años

Duración:60 min,

 CALENDARIO:

19/02/2017

Herriko Antzokia

16:30.

ELGOIBAR

 

05/03/2017

Kurtzio Kultur Etxea

18:00.

SOPELA

 

11/03/2017

Biteri Kultur Etxea

12:00.

HERNANI

 

12/03/2017

Serantes Kultur Aretoa

12:30.

SANTURCE

 

19/03/2017

Larratxo K. E – ALTZA

17:00.

DONOSTIA

 

31/03/2017

MOSTRA D´ IGUALADA

Teatre Ateneu

11:00 y 15:30.

IGUALADA

 

02/04/2017

Lonbo Aretoa

12:30.

ARRIGORRIAGA

 

09/04/2017

San Agustín Kultur Gunea

18:00.

DURANGO

 

 

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

GRACIAS TÍO LUIS

Buenas noches tío Luis, y perdona que no haya escrito antes esta carta, pero a veces el tiempo pide cuentas muy tarde. Solo quiero decirte que buena parte de lo que soy y la manera por la que transito por el camino de la vida es gracias a ti. ¿Recuerdas cuando me llevabas de la mano al cine del tío Federico? Era a finales de los años 70 y principios de los 80, si la memoria no me falla. Tan pequeño que no entendía las películas, pero sí percibía tu felicidad en aquel lugar, y me reía de tus carcajadas con olor a palomitas de maíz. Cómo te gustaba aquel Paco Martínez Soria y esos sinvergüenzas, brutos y entrañables Bud Spencer y Terence Hill. No olvidaré, tío Luis, aquella película creada por unos locos yebenosos ¿Cuál era su título? ¿Primer amor? Y después, te acompañaba al ya moderno y maravilloso cine Montecine, de ese otro loco genial al que querías tanto, Juan Garoz. Allí me  enseñaste con tu ejemplo, que cuando se traspasa la puerta de una de esas salas repletas de butacas, hemos de ser niños siempre. Y vaya si me lo enseñaste bien.

Nunca me sentí solo cuando mis padres trabajaban día y noche en la esclavitud del bar, porque siempre encontraba tus manos, o quizás ellas me encontraran a mí. Esas manos interminables conducían aquel Ford Fiesta blanco que sacaba lo peor de ti. Las mismas manos que me llevaban a la feria con el dinero que nos daba la tía Carmen, quien no tiene nada suyo, como bien dice su hermana. Las mismas manos que llenaran las Semanas Santas del pueblo de preciosos farolillos de cristal, fabricados más con genio que  paciencia, y es que no lo sabes, pero me marcaste con ese genio infantil e ingenuo. Aquellas rabietas de niño impaciente, que la tía sabía dominar y, a veces, activar con su ironía y sarcasmo. Qué sola se quedó cuando te fuiste. Qué solos nos dejaste. Recuerdo bien esa noche como la noche más solitaria del mundo. Pero eso viene después. Quiero seguir recordando.

Cuántos automóviles desvencijados pasarían por tu taller, con sus carrocerías maltrechas. Tú los dejabas mejor que nuevos, aunque quienes trabajaran a tu lado tuviesen que sufrir algún que otro rapapolvos; seguro estoy que les sirvió como experiencia y ahora lo recuerdan agradecidos. También sufría alguna que otra rabieta tuya cuando comprobabas mi torpeza con los trabajos manuales, y te pedía al final que me fabricaras aquellos objetos inútiles y artilugios variados que, a modo de condena (al menos para mí), nos encargaba aquel austero profesor.

Además eras un gran inventor. Son muchas las personas que aprietan el duro pulsador del caño de las fuentes públicas con un artilugio que permite conservar nuestras manos sanas. Igual no lo inventaste tú, pero jamás lo había visto antes. No molestaste a nadie con tu arte. Fue para ti y los tuyos, y lo hacías con esa elegancia de las personas humildes. Regalabas más que vendías y por eso nunca fuiste rico.

Me gustaba verte en las celebraciones, tan elegante y apuesto, como un galán de Hollywood, con ese punto de coquetería de los guapos.

De repente y sin avisar, llegó la enfermedad y con ella tus últimos días. Tío Luis, siento que mi adolescencia y juventud nos alejara por esos caprichosos desvíos que la distancia y el tiempo generan, pero mi amor y admiración por ti siguieron intactos.

En tus últimos días nos regalaste tu mejor creación, que fabricaste con las manos del alma: tu muerte. Me enseñaste como debe morir una persona. No te llevaste nada, todo nos lo regalaste, incluso tu propia muerte. Y, aunque esa noche fuera la más solitaria del mundo, tras ella no me sentí solo, porque vivo acompañado de lo mejor de ti.

Ahora estoy sentado a tu lado, en la cómoda butaca azul del cine Montecine, riéndome con tus carcajadas de felicidad eterna. No puedo más que mirar tus ojos oceánicos y volver a ser aquel niño para pronunciar entre lágrimas: gracias tío Luis.

1 de noviembre de 2016

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.