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Gestor Cultural, amante de la vida y el amor

Teatro de verdad

Más allá del preocupante déficit de atención en el que vivimos, más allá de los mercaderes y de los mercados, más allá de las insensibles máquinas, más allá de los malditos eufemismos, sí, más allá de este mundo falso, está la luna. En ella encontramos la verdad, y un teatro es el único lugar donde podemos mirar el rostro de la luna con todas sus imperfecciones. Sí, digo bien, un teatro. Todavía existen. Se trata de los únicos sitios donde nos cuentan la verdad, en los que no nos sentimos estafados. Allí me siento humano, sin careta, desnudo. Ayer me desnudé en la sala pequeña del teatro Lara. Fue a medida que se desnudaron Palmira y Jenaro, personajes de la obra Espacio Disponible de la compañía Perigallo Teatro.

Una escenografía sencilla por la que Jenaro y Palmira, Palmira y Jenaro (me encanta la musicalidad de estos nombres), deambulan con su perfecta torpeza de ancianos, mecidos por el suave oleaje de un texto ingeniosamente construido y un timón dirigido sin fisuras. Dos jubilados que pasan una noche presidida por esa luna siempre presente que marca sus/nuestros estados de ánimo. Ánimo que se enturbia cuando valoran irse a vivir a Bruselas con Álvaro, su hijo coperante, y dejar atrás su angosto pero cálido piso sin ascensor, sus recuerdos, sus vidas de verdad, y, en definitiva, todos sus sueños. Porque las personas mayores también sueñan con ser.

Todo esto que les cuento es algo que, paradójicamente y gracias a la magia del teatro, lo interpretan en clave de un humor sin estridencias pero más que efectivo. No pude dejar de reír . Sin embargo, hubo un momento en que mis risas se tornaron en emoción.  La escena del sueño de Jenaro, ese en el que orina concertinas. Con que poco logran una escena sublime. Lloré porque soy padre, lloré porque soy hijo, lloré porque soy pareja y lloré porque me emociona que una compañía “pequeña” creé obras como esta y crea en la verdad del teatro a pesar de las dificultades. Y agradecí para mis adentros a Celia Nadal que, con su invitación, me hiciera vivir una de esas eternidades de las que últimamente carecemos. Tanto, que cuando salí de la sala corrí al servicio y oriné concertinas.

 

* Espacio Disponible de la Cía Perigallo Teatro está actualmente en el Teatro Lara y girará mucho…

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MIEDO

Mientras el mundo se quema, miro las olas. No me curan como en otros tiempos. Mientras tomo los últimos rayos de sol _ese placer occidental que abrasa pieles_ siento miedo. Un miedo que me produce dolor de cabeza. Siempre en mis vacaciones paro, me encuentro, alivio mi mente y pongo en orden mis pensamientos, sin embargo este año me han traído un miedo dominante que hace que nada me reconforte.

Miro ese mar y solo veo la sangre de los niños que intentan alcanzar sus sueños en esas barcas de la muerte. Observo el sol y únicamente siento sed: la sed de la tierra seca. Me fijo en los árboles y los veo quemados.

Pocas cosas existen que me relajen tanto como leer; leo la prensa y solo encuentro agonía.

Juego con los niños, pero me sustituyen por el poder excitante de los móviles.

Siento verdadero miedo. Me asomo al abismo y caigo en el vértigo de la tristeza, el fracaso y la locura.

Siempre había encontrado en la escritura un escape a estos miedos y un puerta al optimismo, pero quién puede ser optimista en este mundo que estamos dejando a nuestros hijos, ¿quién puede vivir con la conciencia tranquila?

La llamada sociedad del bienestar se ha convertido en malestar. En miedo permanente a todo.

Y en este momento, que te miro, mar, no me ayudas. Me gustaría terminar este relato con alguna palabra esperanzadora, pero solo me sale miedo.

PATRIA

Para que se entienda: después de ver a Rafa Nadal jugar al tenis, uno se siente acomplejado al decir que alguna vez ha jugado a ese deporte. En el arte y en la literatura pasa lo mismo: tras haber terminado hace escasos minutos la novela Patria de Fernando Aramburu, me siento algo ridículo escribiendo estas palabras, aunque pueden más las ganas de alabar/ensalzar/recomendar una novela sublime. Una obra maestra de la literatura que ya ha recibido todos los parabienes de crítica y lectores porque lo merece. ¿Por qué la recomiendo? Es una semblanza sutil de la condición humana; sustituye con luces muchas sombras de una etapa terrible de nuestra Historia reciente; contiene unos personajes tan potentes como la propia historia; y me ha hecho reír, llorar y entender. ¿Qué he entendido? Que todos los espacios geográficos en el fondo son iguales. El escritor ha elegido un espacio físico, temporal y moral, pero la humanidad que desprende la novela podríamos encontrarla en otros lugares muy alejados del País Vasco, donde las miserias humanas discurren por la misma senda. El bien y el mal se confunden y se complementan en la novela, por ello los personajes son tan descarnadamente humanos. Normalmente, tras leer una novela, me quedo con tal o cual personaje, pero en Patria, no sabría… Igual me quedo con todos, porque cada uno, a su manera, con sus dudas y debilidades, mira hacia el frente. No puedo escribir más que no se haya dicho ya de esta novela, para mí una de las mejores novelas en lengua castellana del S.XXI. Y, por favor, permítanme seguir jugando al tenis y escribiendo, a pesar de Rafa Nadal y Fernando Aramburu.

Nada más, lean Patria y ya me dicen.

  • Aramburu, Fernando: Patria; Edit. Tusquets; Barcelona, 2016.

* Escribo mientras escucho a la Zaz.

 

LLUVIA (EURIA)

El escenario estaba desnudo como nuestras almas. Abierto a lo que pudiera pasar. Entonces salió él, desprotegido y torpe, intentando abrir un tendedero. Me sentí identificado, porque poseo una penosa habilidad para no entender ese tipo de artilugios aparentemente sencillos. Aquella escena era un trampantojo de lo que vendría después, un exceso de risas para pillar a mente y  corazón desprevenidos. Comenzó a llover tras la ventana dibujada en la cámara negra, y el rostro de él se entristecía mientras colgaba sus lágrimas de lluvia en el tendedero. Lágrimas volátiles y pasajeras, porque, como un suspiro, como una brisa acariciando nuestros rostros, apareció el amor, sutil, elegante, etéreo… Era ella y en ese momento, la magia del teatro me removió y me hizo parte de lo que alli ocurría. Quienes sienten esa fuerza fascinante del teatro, esa puerta que se abre a la realidad pura, esa luz poderosa que irradia y enciende y quema las entrañas, que lo cambia todo, me entienden.

Pero la lluvia no cesaba al son de una música embriagadora, y él aprovechaba hasta el último sorbo de ese maravilloso amor, que unas veces era agua fresca, otras viento huracanado o abrazo de aire. Y ella se fue apagando, despacio como las candilejas, y ella suavemente murió, con la misma dignidad elegante con que mueren las personas extraordinarias. Más que morir ella, le ayudó a él a morir, porque no muere el que se va sino el que queda.

Y pasó el tiempo. Ella no se fue. Estaba en el reloj, en la lluvia de la ventana, en el perchero blanco, en el paraguas rojo, estaba las cosas pequeñas y cotidianas. Qué bella la escena en la que  le ayuda a planchar sus lágrimas de papel. Con que delicadeza abre una puerta a la esperanza.

De repente, la sonrisa intentó entrar en su vida, pero él la rechazaba porque sus articulaciones estaban caladas de tristeza.

Salió el sol, y la sonrisa se fundió con la tristeza, no podía ser de otra manera. Cuando perdemos a un ser querido ambas se apoyan hasta crear un vínculo maravilloso y necesario, venciendo al muchas veces odioso tiempo.

Y acabó esta maravilla, todo un canto al amor, con la más fascinante contradicción de la vida.

Así sentí esta experiencia, así participé en Lluvia, una obra de teatro sublime de la compañía vasca Markeliñe. Un precioso poema visual que ha obtenido el Premio FETEN 2017 al mejor espectáculo. Vayan a verlo.

 

Lluvia (Euria)

A partir de 7 años

Duración:60 min,

 CALENDARIO:

19/02/2017

Herriko Antzokia

16:30.

ELGOIBAR

 

05/03/2017

Kurtzio Kultur Etxea

18:00.

SOPELA

 

11/03/2017

Biteri Kultur Etxea

12:00.

HERNANI

 

12/03/2017

Serantes Kultur Aretoa

12:30.

SANTURCE

 

19/03/2017

Larratxo K. E – ALTZA

17:00.

DONOSTIA

 

31/03/2017

MOSTRA D´ IGUALADA

Teatre Ateneu

11:00 y 15:30.

IGUALADA

 

02/04/2017

Lonbo Aretoa

12:30.

ARRIGORRIAGA

 

09/04/2017

San Agustín Kultur Gunea

18:00.

DURANGO

 

 

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

GRACIAS TÍO LUIS

Buenas noches tío Luis, y perdona que no haya escrito antes esta carta, pero a veces el tiempo pide cuentas muy tarde. Solo quiero decirte que buena parte de lo que soy y la manera por la que transito por el camino de la vida es gracias a ti. ¿Recuerdas cuando me llevabas de la mano al cine del tío Federico? Era a finales de los años 70 y principios de los 80, si la memoria no me falla. Tan pequeño que no entendía las películas, pero sí percibía tu felicidad en aquel lugar, y me reía de tus carcajadas con olor a palomitas de maíz. Cómo te gustaba aquel Paco Martínez Soria y esos sinvergüenzas, brutos y entrañables Bud Spencer y Terence Hill. No olvidaré, tío Luis, aquella película creada por unos locos yebenosos ¿Cuál era su título? ¿Primer amor? Y después, te acompañaba al ya moderno y maravilloso cine Montecine, de ese otro loco genial al que querías tanto, Juan Garoz. Allí me  enseñaste con tu ejemplo, que cuando se traspasa la puerta de una de esas salas repletas de butacas, hemos de ser niños siempre. Y vaya si me lo enseñaste bien.

Nunca me sentí solo cuando mis padres trabajaban día y noche en la esclavitud del bar, porque siempre encontraba tus manos, o quizás ellas me encontraran a mí. Esas manos interminables conducían aquel Ford Fiesta blanco que sacaba lo peor de ti. Las mismas manos que me llevaban a la feria con el dinero que nos daba la tía Carmen, quien no tiene nada suyo, como bien dice su hermana. Las mismas manos que llenaran las Semanas Santas del pueblo de preciosos farolillos de cristal, fabricados más con genio que  paciencia, y es que no lo sabes, pero me marcaste con ese genio infantil e ingenuo. Aquellas rabietas de niño impaciente, que la tía sabía dominar y, a veces, activar con su ironía y sarcasmo. Qué sola se quedó cuando te fuiste. Qué solos nos dejaste. Recuerdo bien esa noche como la noche más solitaria del mundo. Pero eso viene después. Quiero seguir recordando.

Cuántos automóviles desvencijados pasarían por tu taller, con sus carrocerías maltrechas. Tú los dejabas mejor que nuevos, aunque quienes trabajaran a tu lado tuviesen que sufrir algún que otro rapapolvos; seguro estoy que les sirvió como experiencia y ahora lo recuerdan agradecidos. También sufría alguna que otra rabieta tuya cuando comprobabas mi torpeza con los trabajos manuales, y te pedía al final que me fabricaras aquellos objetos inútiles y artilugios variados que, a modo de condena (al menos para mí), nos encargaba aquel austero profesor.

Además eras un gran inventor. Son muchas las personas que aprietan el duro pulsador del caño de las fuentes públicas con un artilugio que permite conservar nuestras manos sanas. Igual no lo inventaste tú, pero jamás lo había visto antes. No molestaste a nadie con tu arte. Fue para ti y los tuyos, y lo hacías con esa elegancia de las personas humildes. Regalabas más que vendías y por eso nunca fuiste rico.

Me gustaba verte en las celebraciones, tan elegante y apuesto, como un galán de Hollywood, con ese punto de coquetería de los guapos.

De repente y sin avisar, llegó la enfermedad y con ella tus últimos días. Tío Luis, siento que mi adolescencia y juventud nos alejara por esos caprichosos desvíos que la distancia y el tiempo generan, pero mi amor y admiración por ti siguieron intactos.

En tus últimos días nos regalaste tu mejor creación, que fabricaste con las manos del alma: tu muerte. Me enseñaste como debe morir una persona. No te llevaste nada, todo nos lo regalaste, incluso tu propia muerte. Y, aunque esa noche fuera la más solitaria del mundo, tras ella no me sentí solo, porque vivo acompañado de lo mejor de ti.

Ahora estoy sentado a tu lado, en la cómoda butaca azul del cine Montecine, riéndome con tus carcajadas de felicidad eterna. No puedo más que mirar tus ojos oceánicos y volver a ser aquel niño para pronunciar entre lágrimas: gracias tío Luis.

1 de noviembre de 2016

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.

La niña y el mundo

Sonó el despertador y, al levantarse de la cama, un dolor fuerte y punzante le atravesó el costado.

Llevaba días, semanas, meses, tal vez años, sintiendo ese dolor. Era el dolor del mundo. No podía aguantarlo más, y se dispuso a pedir una cita médica por internet. Paralizado no encontraba respuesta a la casilla de “motivo de su cita”.

Siempre pasaba igual, pero aquel día el dolor se acentuó mientras desayunaba las palabras de la prensa del día anterior. Un sudor frío recorrió su alma de un extremo a otro. Salió al trabajo; un trabajo cualquiera en un día de siempre. Las tareas pendientes le hacían olvidar el dolor. Las conversaciones con sus compañeros le hacían olvidar el dolor, aunque sabía que permanecía ahí, agazapado. Así paso su jornada, sobreviviendo, como cualquier ser humano pasa las horas.

Nunca se iba directo a casa tras el trabajo, y ese día no fue distinto. Se dirigió al bar del parque, y, sentado en la terraza, pidió un vino blanco al amable camarero negro que siempre le atendía. El parque estaba un poco por encima del nivel del bello paseo de la ciudad, por lo que desde aquella terraza podía ver transcurrir las rutinas de las gentes y de sus días.

Ese día pensó en su dolor y supo con plena certeza que le dolía el mundo. Y descubrió que a cada transeúnte, a cada persona, le debía doler como a él. Y descubrió que, cuando pensaba en el dolor de los demás, a él le dolía un poco menos y eso es egoísta. También descubrió que las buenas acciones no calman el dolor. Siempre descubría muchas cosas desde allí, no era un día distinto.

De camino a casa comenzó a llover. Apoyada en el chaflán de un edificio abandonado, había una niña empapada, con un vestido ajado. Era morena, desgreñada y triste, muy triste. Parecía muy sola. Ella extendió su mano sin pronunciar palabra, tiritando de frío. Él la entregó todas las monedas que tenía. Se miraron. Él siguió su camino.

Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.