El abuelo

Regresa de la panadería a primera hora de la mañana, apoyado en su bastón. En la otra mano porta la bolsa con el pan recién hecho. Buenos días Vicente. Buenos días, responde instintivamente. Desde hace muchos años sufre una sordera provocada por unos terribles ruidos. A su espalda cree escuchar un comentario a la persona que lo ha saludado. No le gusta, pero enseguida elimina de su cabeza esa pequeña oscuridad. Continua despacio, un tanto encorvado. Maldita vértebra, piensa. Ochenta y dos años. Sesenta tras la barra de un bar y algunos menos trasladando colchones con una carrito. Le llegan imágenes borrosas de aquella época mientras camina. Podía con todo. Mira hacia el balcón de la casa de su hijo y esboza una media sonrisa ¿Estarán despiertos los nietos? Lo que me quieren… Ellos tienen salud, pero a mí no me falta la eternidad del amor. Ahora acude la imagen de su esposa. Vaya suerte tenerla. Que no le pase nada porque me voy con ella. Una sola alma. Un recuerdo balsámico atraviesa su mente: son jóvenes. Sus hijos no están en casa. Está bella. Se aman hasta el extremo. Más atrás: es domingo como hoy y va subido en su antigua bicicleta bajando por la calle Ancha. Siente el frescor de la mañana en su rostro y percibe el olor a bollo de la panadería cercana. Ella se ha puesto su mejor vestido a sabiendas que él pasaría como todas las mañanas. Se miran enamorados.

Está cerca de casa y ahora huele a tierra húmeda. Le gusta porque rememora las mañanas de su niñez en el campo. Soñando con ser Di Stéfano, después Santana. Hoy es día de regresar a la niñez: juega Rafa Nadal la final de Roland Garros. Se avergüenza levemente de su ilusión infantil. El muchacho austriaco juega bien, está fuerte, tal vez nos dé un susto hoy, se dice bajito. Entra en casa. Huele al pollo asado. En la cocina encuentra a su amor. Siempre la mira con veneración. Ha llamado tu hijo para que le compres el periódico. Está orgulloso de sus hijos. En un destello fugaz de vanidad: les hemos dado todo y lo han conseguido. Se les quiere cada uno como es. Y mucho.

Deja la bolsa del pan sobre una silla, alcanza una sartén de la encimera, enciende el fuego y se dispone a freír las patatas que gustan a los nietos. Antes las había pelado y cortado pacientemente como finas hojas de papel. Es el secreto. Si por él fuera, haría camiones de patatas para corresponder todo el amor que le dan. Van llegando, poco a poco. Primero las mellizas, que lo besan. Lucía le aprieta los mofletes y le da mil besos en la calva: ¡Abuelo! ¡Guapo! Claudia siempre más discreta. Él la mira y ve algo suyo en ella. Después entran los pequeños: Laura, Mario y Gonzalo: ¡qué bien huelen las patatas abuelo! Discuten por quien se comerá el plato más grande. Falta el mayor, Guillermo. El abuelo lo añora. Echa de menos su seriedad y le entiende porque también es tímido. Adora que estén todos. Nunca se lo digo. Una sombra lo envuelve…

Sombra que aparta porque es domingo y juega Rafa Nadal la final de Roland Garros.

 

*Padre: infinitas gracias por tu ejemplo.

 

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