GRACIAS TÍO LUIS

Buenas noches tío Luis, y perdona que no haya escrito antes esta carta, pero a veces el tiempo pide cuentas muy tarde. Solo quiero decirte que buena parte de lo que soy y la manera por la que transito por el camino de la vida es gracias a ti. ¿Recuerdas cuando me llevabas de la mano al cine del tío Federico? Era a finales de los años 70 y principios de los 80, si la memoria no me falla. Tan pequeño que no entendía las películas, pero sí percibía tu felicidad en aquel lugar, y me reía de tus carcajadas con olor a palomitas de maíz. Cómo te gustaba aquel Paco Martínez Soria y esos sinvergüenzas, brutos y entrañables Bud Spencer y Terence Hill. No olvidaré, tío Luis, aquella película creada por unos locos yebenosos ¿Cuál era su título? ¿Primer amor? Y después, te acompañaba al ya moderno y maravilloso cine Montecine, de ese otro loco genial al que querías tanto, Juan Garoz. Allí me  enseñaste con tu ejemplo, que cuando se traspasa la puerta de una de esas salas repletas de butacas, hemos de ser niños siempre. Y vaya si me lo enseñaste bien.

Nunca me sentí solo cuando mis padres trabajaban día y noche en la esclavitud del bar, porque siempre encontraba tus manos, o quizás ellas me encontraran a mí. Esas manos interminables conducían aquel Ford Fiesta blanco que sacaba lo peor de ti. Las mismas manos que me llevaban a la feria con el dinero que nos daba la tía Carmen, quien no tiene nada suyo, como bien dice su hermana. Las mismas manos que llenaran las Semanas Santas del pueblo de preciosos farolillos de cristal, fabricados más con genio que  paciencia, y es que no lo sabes, pero me marcaste con ese genio infantil e ingenuo. Aquellas rabietas de niño impaciente, que la tía sabía dominar y, a veces, activar con su ironía y sarcasmo. Qué sola se quedó cuando te fuiste. Qué solos nos dejaste. Recuerdo bien esa noche como la noche más solitaria del mundo. Pero eso viene después. Quiero seguir recordando.

Cuántos automóviles desvencijados pasarían por tu taller, con sus carrocerías maltrechas. Tú los dejabas mejor que nuevos, aunque quienes trabajaran a tu lado tuviesen que sufrir algún que otro rapapolvos; seguro estoy que les sirvió como experiencia y ahora lo recuerdan agradecidos. También sufría alguna que otra rabieta tuya cuando comprobabas mi torpeza con los trabajos manuales, y te pedía al final que me fabricaras aquellos objetos inútiles y artilugios variados que, a modo de condena (al menos para mí), nos encargaba aquel austero profesor.

Además eras un gran inventor. Son muchas las personas que aprietan el duro pulsador del caño de las fuentes públicas con un artilugio que permite conservar nuestras manos sanas. Igual no lo inventaste tú, pero jamás lo había visto antes. No molestaste a nadie con tu arte. Fue para ti y los tuyos, y lo hacías con esa elegancia de las personas humildes. Regalabas más que vendías y por eso nunca fuiste rico.

Me gustaba verte en las celebraciones, tan elegante y apuesto, como un galán de Hollywood, con ese punto de coquetería de los guapos.

De repente y sin avisar, llegó la enfermedad y con ella tus últimos días. Tío Luis, siento que mi adolescencia y juventud nos alejara por esos caprichosos desvíos que la distancia y el tiempo generan, pero mi amor y admiración por ti siguieron intactos.

En tus últimos días nos regalaste tu mejor creación, que fabricaste con las manos del alma: tu muerte. Me enseñaste como debe morir una persona. No te llevaste nada, todo nos lo regalaste, incluso tu propia muerte. Y, aunque esa noche fuera la más solitaria del mundo, tras ella no me sentí solo, porque vivo acompañado de lo mejor de ti.

Ahora estoy sentado a tu lado, en la cómoda butaca azul del cine Montecine, riéndome con tus carcajadas de felicidad eterna. No puedo más que mirar tus ojos oceánicos y volver a ser aquel niño para pronunciar entre lágrimas: gracias tío Luis.

1 de noviembre de 2016

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