Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.

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