El cancionero

Esperaba sentada en su vieja silla de ruedas a media tarde. Sus ojos acuosos mirando tras la ventana hacia la calle triste y solitaria. No pasaba ni un alma. Y Juana escuchaba el tic-tac del reloj de cocina. Aunque tapaba sus delgadas piernas con una manta, sentía un ligero escalofrío de impaciencia. Hasta que Pablo llegó. Enjuto y callado, con ese halo de bondad que desprendía, cogió la llave de debajo del felpudo y abrió lentamente la puerta. Juana escuchaba sus pasos, mientras que la mente proyectaba su imagen atravesando el estrecho pasillo hasta llegar a la sala de estar, donde ella seguía quieta y expectante. Lo imaginaba con tres o cuatro libros bajo el brazo como en las últimas ocasiones. Pablo abrió la puerta y la encontró, como siempre, de espaldas. Se acercó y con suavidad giró la silla de ruedas. Ahora estaban frente a frente. Pablo se acercó dando a la anciana un beso tierno en la mejilla. Juana se fijó en la mano izquierda de Pablo y vio que portaba un libro. Pastas de cartón amarillas. ¿Qué me traes hoy?, dijo Juana. Un cancionero manchego, respondió Pablo. Empieza.

Después del rico mojete

tejí un moño con la cepa

y al amparo de la sombra

gozamos de aquella siesta…

Verde de tus ojos verde,

que hasta los cantos derrite,

no es verde como otro verde,

Que es verde que me persigue…

¡Ojalá pudiera estar

siempre al lado de tu pecho,

y eternamente besarte,

y eternamente ser sueño…

Esas palabras que Pablo pronunciaba, llegaban a Juana como gotitas refrescando su memoria. Miraba atenta y emocionada a Pablo. Plagada de amor y de recuerdos, sollozaba con nostalgia de otro tiempo. ¿Quién lo ha escrito?, preguntó. Un tal Luis Oliver de Villafranca, dicen que es. Pues esa niña soy yo. Sigue leyendo Pablo, quédate hoy un ratito más, hasta que se haga de noche. Pablo bajó la cabeza y su boca se llenó de palabras eternas.

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El Ángel de la Gran Vía

Vagaba solo por la Gran Vía a media tarde. Al hombro portaba una pequeña mochila azul donde guardaba la cartera, una botella de agua y poco más. Hacía calor y los transeúntes andaban lentos y agalbanados. Las últimas veces que he viajado a Madrid lo he notado más apático, sin prisas, algo anodino. Aquella tarde, a pesar del sol, no percibía la alegría de las gentes por la inminente llegada del verano. Contagiado del ambiente, paraba en los escaparates mirando sin ver. Llegué al escaparate de la Casa del Libro y me detuve en las últimas novedades. Necesitaba descansar un poco de aquel letargo urbano y entré a hojear libros, sin ningún orden. A punto estuve de sentarme a leer o a dormitar en un sillón donde leían y dormitaban otros dos caballeros, pero no me atreví a invadir su espacio. Bélica y fea expresión. ¿El hombre es un ser social por naturaleza? Lejos queda Aristóteles. Compré el libro de Don DeLillo, “Cero K”. La tienda estaba llena de gente, algo inusual en una librería. Es paradójico, pero cuando estaba en la fila para pagar experimenté una sensación de soledad. Una chica muy bella que estaba delante de mí se volvió para buscar otro título. Casi pasa a través de mi cuerpo y ni siquiera me vio. No tengo ningún recuerdo de la cara del dependiente que me atendió cuando pagué el libro. Ni siquiera nos miramos a los ojos. 19,50 €. Gracias (palabra tan vanamente sobada). Salí de nuevo al letargo mirando al suelo, con algo de ansiedad. Un chico con gafas me preguntó, supongo que para una encuesta, si me gustaba la cerveza. Mentí. Dije que no. Seguí mis pasos y volvió a llamarme. Señor, lleva la mochila abierta. Rápidamente lo comprobé y vi que estaba todo acorde. Le di las gracias. Me sonrío. Proseguí mi camino arrepentido de no haberle ayudado con su encuesta. Aún no he olvidado esa sonrisa que hizo que aquella tarde, en aquel Madrid anodino, valiera la pena.