El sabor del sol

Plaza del Pilar de Zaragoza. 26 de marzo: Sábado Santo. Precioso y soleado mediodía. 25 grados centígrados. Bullicio en las terrazas. En una de ellas, el observador se toma un vino blanco de Somontano. Le está rico. Frente a él, unos niños juegan con un globo y ríen a carcajadas. A babor, cuatro hombres de etnia gitana, entrados en años, portan un ramo de flores en su mano diestra y un libro en la siniestra. Están perfectamente alineados, subidos en una tarima. Leen con emoción pasajes del Evangelio, que son comentados con pasión por uno de ellos, quien también se dirige a los muchos paseantes ajenos a la escena. Un mendigo español, joven, pide limosna a los clientes de la terraza donde está sentado el observador. No se detiene en éste, como si estuviese encerrado en una burbuja. Ahora los niños se acercan al observador y juegan a su alrededor. Percibe su alegría. En el centro de la plaza, entre las dos puertas principales de la basílica, una anciana sonriente despliega una silla y se sienta mirando al cielo. Mientras que bebe los agradables rayos del sol, sonríe a un niño de unos dos años, quien pretende robarle una de sus muletas. Acaricia su cabeza con extremo cariño. Los niños del globo sienten su bondad y también se acercan a ella. También les regala una sonrisa embriagada de sol. Aparece a estribor un hombre robusto de poblada barba canosa, pañuelo en la frente, aires hippies, Se acerca al mendigo y le da unas monedas. Se hablan y después se abrazan. Cada uno prosigue su camino. El mendigo a estribor, a babor el hippie alzando sus brazos al cielo a modo de agradecimiento. Lo repite tres veces y se besa las palmas de las manos para luego llevarlas al corazón. Se acerca a los cuatro hombres del evangelio y los bendice. Luego se gira, bendice al resto y se va. El observador mira al frente: la anciana se aleja con la ayuda de un transeúnte que porta su silla. El observador bebe el último trago de su copa y le sabe a vida, pero siente que aún no ha descubierto el sabor del sol.

 

*Escribo mientras escucho a Marwan.

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HACIA LA REFLEXIÓN

El entretenimiento es esencial para la vida plena del ser humano, el problema viene cuando se transforma en frivolidad, y esa es la tendencia. Pero un mundo que únicamente aspira al entretenimiento, es un mundo vacío, extendiéndose ese vacío como una gangrena a todos los estratos sociales y en todos los contextos.

Nosotros no tenemos remedio, pero sí nuestros hijos. Por ello hemos de apelar a un mundo donde la reflexión profunda acabe con la banalidad del mero entretenimiento.

Eduquemos hacia el desarrollo del espíritu crítico y trascendente, sin menospreciar sus capacidades. Provoquemos sus razonamientos, apartándoles de nuestras frivolidades. Y que caminen en libertad, no solo leyendo obras entretenidas y facilonas, sino libros que les despierten y liberen de la dictadura de las nuevas tecnologías. Que llenen los teatros no solo para reír, sino también para pensar. Que escuchen música y sientan como la danza rompe con los establecido, con el gregarismo actual.

Nosotros ya no tenemos remedio, pero ellos sí. Estamos a tiempo de hacerles ver que con el dinero que cuesta un móvil de última generación podemos reunir una biblioteca en casa, y descubrirán que el saber no tiene precio y además es perdurable.

 

*Escribo escuchando a Seal.