Lo sublime y lo banal

Observo lo banal, cansado, cabizbajo y pesado, como un árbol caído; triste como el color de una tierra yerma. Observo lo sublime, luminoso, enhiesto, y trascendente; ligero como la brisa.

Lo banal intenta, puja, y su alimento se compone de insípidas nadas. Lo sublime consigue, pervive y vuela como la pluma soplada por labios sensuales.

Observo la cara de lo banal, y me inspira cierto desasosiego, no pena. Sus párpados se caen y su boca vacila. Los ojos de lo sublime chispean, promulgan sus labios palabras que ascienden sin freno. Lo banal muere.

Lo sublime vence el paso inexorable del tiempo.

 

*Escribo mientras escucho la sublime ópera Tristán e Isloda de Wagner.

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