Eternos

Estábamos sentados en aquel banco, cogidos de la mano, y los niños jugando con el trompo. La gente caminaba, igual que pasaba el tiempo, muy despacio. Disfrutábamos de los pocos rayos de un sol que dormitaba en el horizonte. Mirábamos al frente, hacia algún punto mucho más lejano que el colosal palacio; mucho más lejos que el aire. Imaginé a los dos en el mismo lugar unos treinta años después, para qué más. Las manos arrugadas igual de unidas, nuestras vistas perezosas mirando igual de lejos. Pasaban otros transeúntes, otros niños jugando a la peonza… Sentí tu instante y tú sentiste el mío. Fueron dos suspiros de felicidad eterna.

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PALABRAS

Sobre emoticonos y vídeos sin cuento, quiero sentarme frente a ti y decirte, y pensarte, y que tú me escuches, sintiéndote escuchada.

Te leeré eternamente allá donde te poses, ya sea en unos labios o en un papel en blanco, ya sea en la paredes o flotando en el aire. Te agarraré con fuerza, limpia, pura y completa. Concentrado en amarte, sin detenerme apenas en otras latitudes fuera de nuestro espacio.

Y cuando tu valor justo sea violentado en nombre de otros dioses, profanaré sus templos con tu serena ayuda. Seré maleducado poniéndome a su altura, aunque simpre habrá algo que juegue a mi favor; una palabra sola vale más que mil imágenes. Por eso te venero y por eso te uso con todo mi respeto, mirándote de frente.

Quiero verte romper cárceles  digitales, y florecer en mentes que tengan valentía, verter frivolidades en muladares ciegos. Quiero verte feliz en las eternidades, sin la necesidad de virtuales mundos.

No habría fuego que se apague, ni puertas que se abran. Sin la palabra sola, que vence nuestros miedos, no podrían existir esos bellos silencios.

 

*Escribo escuchando el Gloria in excelsis Deo de Vivaldi, interpretado por la Orquesta Filarmónica de Praga.

La fotito

Ayer cruzamos este acueducto de la Constitución y la Inmaculada viajando a Cuenca. Por la mañana visitamos la Ciudad Encantada que, como muchos sabéis, es un conjunto de piedras de diferentes formas y tamaños, fruto de la erosión  producida hace unos doscientos millones de años.

Disfrutamos del hechizo de esta maravillosa ciudad, imaginando formas y soñando que paseábamos por las calles de una ciudad de cuento. Vimos hadas, duendes y animales mitológicos, y nos reímos mucho. Además nos hicimos un par de fotitos. Otros, por el contrario, ven pasar la vida tras la mirada del objetivo de una cámara o un móvil de alta gama.

Hicimos el recorrido según el plano que nos repartieron a la entrada, y en estas que llegamos a la dolomía denominada el Tormo alto, y ahí estaban varios tormentos y tormentas palo en ristre con el selfie de turno, no fuera a desaparecer la piedra tras doscientos millones de años de existencia. Después llegamos a otra que albergaba una especie de cueva. Al verla, los niños y yo salimos corriendo para introducirnos, cual espeleólogos aventureros, por ver si nos encontrábamos un tesoro escondido, alguna obra de arte rupestre o, quién sabe, ese oso en peligro de extinción en proceso de hibernación. No, lo que escuchamos fue una voz que nos instó a frenar nuestra carrera, ya que estábamos a un palmo de desbaratar una pose espectacular de una presumida jubilada cuyo enemorado se disponía a disparar su flash para inamortalizar la enésima imagen de su bella pareja. Así que paramos y se helaron nuestras ansías de aventura. Pero, obstinados como somos, continuamos nuestro recorrido por esas curiosas calles naturales, y nos hallamos ante la piedra Foca malabarista, hallando también a una joven trepadora que se afanaba en subir a lomos de la roca, para que su novio adolescente gozase de una nueva imagen más que borrar de la memoria fugaz de su smartphone, dentro de los límites de sus futuros inciertos.

No había recoveco ni oquedad sin posantes, palos y fotitos; ni paso en el que nuestra ansia de descubrimiento y aventura se viera truncada por ese afán vanidoso de la fotito compartida.

Al final de la visita, llegamos a la piedra llamada Los amantes de Teruel; allí posaban dos parejas, una de quinceañeros y otra de cuarentones, emulando la forma de esta composición megalítica, es decir, intentaban darse un beso seco e impostado mirando de reojillo el móvil, que uno de ellos portaba con uno de esos palos de la presunción. Ya no aguanté más. Ejercí mi derecho a correr en libertad por un espacio abierto, cruzándome impetuosamente entre el objetivo y los figurantes. ¡Joder!, exclamaron. Y joder su fotito fue el mejor momento de la mañana.

*Escribo mientras escucho a Marlango.