Distintas formas de mirar el agua

Acabo de terminar de leer “Distintas formas de mirar el agua”, la última novela del escritor leonés Julio Llamazares; autor al que siempre regreso, como él regresa al pasado.

Porque  Llamazares es de esos autores que me reconcilian con la lectura, y a los que siempre recurro. Autores como Llamazares, Rivas y Landero, incluso los novísimos Carrasco y Milena Busquets, cada uno con sus particularidades y estilos, nos devuelven a la realidad más profunda, adentrándonos en los insondables veneros del paso del tiempo, la nostalgia, el arraigo y la muerte. Lejos de las cruzadas identitarias y debates vanos sobre las nacionalidades y patriotismos, nos enseñan las tierras que pisaron, pisan y pisarán. Lo que de verdad les ata, que es lo vivido,amado y trabajado. Reviven con sus fantasmas y nos hacen vivir sus muertes.

Es así como transcurre esta novela, “Distintas formas de mirar el agua”; el agua quieta y remansada de las vidas tranquilas y profundas de una familia que regresa al lugar donde arraigó; un precioso valle de la geografía leonesa, que alojó una serie de aldeas que fueron sepultadas por el agua de un pantano debido a los caprichos de la Dictadura, lo que provocaría el obligado desalojo de sus habitantes, quienes tuvieron que emigrar a otros lugares menos fértiles. Y regresan para esparcir las cenizas del padre muerto, quien siempre deseó volver a aquel pueblo arrebatado.

No es la mejor novela de Llamazares, de hecho ninguna de ellas lo es, salvo “La lluvia amarilla”, que se ha convertido en un clásico del siglo XX. Pero todas mantienen su esencia, la prosa a veces poética y un ambiente envolvente. Esa forma de hacer literatura que no necesita escenas arrolladoras ni fuegos artificiales, sino que transcurre serena incluso en el desgarro. En la obra de Llamazares nunca esperas ni deseas más, ni menos. Me ocurre lo mismo con Landero. Son autores con los que, hagan lo que hagan, siempre cuento.

De hecho he recurrido a esta novela para hacer un alto en el camino de “El jilguero” de Donna Tartt. Lo necesitaba. Y es que siempre pienso que una novela de dimensiones quijotescas, en cuanto a volumen, tiene que ser intensa casi en todo momento, decayendo lo mínimo. El comienzo de “El jilguero” es de novela potente, pero llevo muchas páginas ya en las que el protagonista y su amigo se hinchan a cervezas y esnifan pegamento sin mucho más. Mañana les daré otra oportunidad, así que no me desveléis nada.

También estoy releyendo “Necesario pero imposible”, un ensayo de Gomá Lanzón sobre la ejemplaridad y la mortalidad prorrogada; como siempre que se trata de este filósofo, es un ensayo muy bien escrito y al alcance de torpes mentes como la mía. Trataré de él en próximas experiencias.

En mis manos, además de “El jilguero”, tengo “También esto pasará” de Milena Busquets y “El reino” de Emmanuel Carrére. Ya os contaré cuando los lea.

Mientras escribo esta entrada escucho los grandes éxitos de Lisa Stansfield.

  • Juilo Llamazares (2015): Distintas formas de mirar el agua. Barcelona: Editorial Alfaguara.
  • Donna Tart (2015): El jilguero. Barcelona: Editorial Lumen narrativa.
  • Milena Busquets (2015): También esto pasará. Barcelona: Editorial Anagrama.
  • Emmanuel Carrére (2015): El reino. Barcelona: Editorial Anagrama.
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