El perdón vence al desprecio

Según la R.A.E., desprecio es la desestimación o falta de aprecio, entendiendo aprecio como reconocimiento o estimación afectuosa de alguien. Sinónimos de desprecio serían desaire y desdén entre otros. Pero es una definición y unos términos que no profundizan en la verdadera esencia de la palabra desprecio, ni en el complejo significado y la tamaña magnitud de la acción en sí.

El desprecio es la actitud que el ser humano tiene hacia otro ser humano y sus obras. Una actitud totalmente negativa cuya fuerza, a veces invisible, hace que el otro se sienta hundido en el légamo más profundo.

Existen niveles de desprecio, según la fuerza e intensidad exhaladas por el que desprecia, y en relación con el estado de ánimo que experimenta el despreciado, más o menos humillado. Son niveles relativos. No obstante, existen dos tipos de desprecios que sí podemos denominar: un desprecio consciente y otro inconsciente. El desprecio consciente lo produce el ser humano con un profundo conocimiento de su forma de actuar. Este desprecio es el más grave y destructivo; mientras que el desprecio inconsciente aparece en el ser humano soberbio y ambicioso, poco a poco, actuando de forma ciega, sin enterarse de su actitud, hasta que termina convirtiéndose en consciente.

Nos hemos referido al ser humano soberbio y ambicioso, porque es en la soberbia donde comienza el desprecio. El pensador argentino Castellani, denosta la ambición absurda de esta manera:

La mayor picardía que el diablo puede hacerle a un hombre […] es ponerle en un puesto que le quede ancho, porque empieza a hacer daño al prójimo -lo cual a la larga es hacérselo así mismo-, y acaba miserablemente; y esa picardía del diablo es el vicio de la ambición.

Debemos mirar a estas personas a través del ojo de la cerradura de la misericordia. Ellos desprecian la humildad, tendiendo a llevar sus propios dones de cultura, intelecto y poder moral a la cima, pisando, como si de hormigas o escarabajos se tratara, todo lo que para ellos es inferior. Siempre cercanos a las teorías de Nietzsche.

Dejar las cosas a un lado tiene su precio, y es que finalmente ellas nos dejan de lado a nosotros. A estas personas, que piensan haberlo conseguido todo, ya nada les satisface y miran el mundo sobre la cúspide de un cerro. Todo lo ven, pero no en su justa medida. Como exponía Chesterton:

… probablemente los escarabajos tengan una visión de las cosas que el hombre ignora por completo, y si quiere comprender ese punto de vista, difícilmente lo logrará deleitándose en el hecho de que no es un escarabajo.

Es un intento de comprender las cosas tal y como son, esa conversión profunda en una nada, sin tamaño o algo como un punto inmensurable. En una nada aislada de todos los ruidos mundanos, de obstáculos banales, desprovista de los ropajes absurdos de esta humanidad contaminada. Esa nada es la humildad que nos hace ver las cosas, ni grandes ni pequeñas, porque el humilde nos es grande ni pequeño. Lo vemos desde el prisma de la verdadera pureza. Cito de nuevo al pensador británico:

De vez en cuando es bueno ser transparente, tan luminoso y tan invisible como una simple ventana.

La humildad es la virtud que contrarresta al vicio de la ambición. El humilde convertido en nada es inmune al desprecio. San Francisco de Asís, nos da un ejemplo de hombre humilde. Probablemente fuera el primero (tras el propio Jesús) en enseñar a los hombres a ser humildes para que se diesen cuenta de los buenos que eran. Ese hombre extraordinario si aprendía del escarabajo de Chesterton. Sin embargo, la Historia nos da ejemplos de hombres verdaderamente despreciables, que no hicieron más que despreciar a los seres humanos. No hace falta nombrarlos, ya que los guardamos en nuestras mentes.

Gracias a la ejemplaridad de humanos como Jesús y San Francisco, la humildad prevalece sobre el desprecio. El humilde no entiende el desprecio como el soberbio, ya que usa el amor como arma y ejerce el perdón. Porque el perdón es la espada que el humilde empuña contra el desprecio. En palabras de Castellani:

El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo del mal y superándolo, salgan renovados.

El humilde no solo se  purifica, sino que por una especie de ósmosis, renueva y purifica al hacedor del daño.

Fíjense en esta escena: Cristo crucificado en el Gólgota. Le están infligiendo un castigo atroz.  Es el mayor desprecio de la Historia de la Humanidad. Escupido, burlado, coronado de espinas, ignorado, traspasado por una lanza y agonizante, es capaz de expresar lleno de compasión: Dios mío, perdónalos porque no saben lo que hacen. Él ya los había perdonado, pero se lo pide al Padre. Es la humildad llevada al extremo. Él nos redimió de todos nuestros desprecios. Ese es el misterio de la Cruz de Cristo.

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