La bella y elegante Santander

La primera parada de este gran viaje que emprendo desde elsensiblero, la haré en Santander, la novia del mar. Podría haber sido cualquier otro lugar extrordinario, pero he elegido Santander porque es la última ciudad que he visitado.
Su oferta hotelera es amplia, aunque no apta para todos los bolsillos, pero siempre se pueden encontrar alojamientos baratos y con encanto. La gastronomía está riquísima y es riquísima en variedad. Yo me decanto por los quesos de cabra, la carne de las vacas, y todo el sabor del Mar Cantábrico. Santander no es la típica ciudad de pinchos y tapas, como lo puedan ser Pamplona, Logroño, Bilbao o San Sebastián, pero sí que goza de lugares en los cuales elaboran buenos pinchos, eso sí, muy caros y demasiado pretenciosos en ocasiones. Me gustaron los pinchos de tortilla del Quebec, muy cerca del Ayuntamiento (no aptos para quienes les gusta la tortilla muy cuajada).
En la plaza del Cañadio, nos adentramos en un restaurante que lleva su nombre. Comimos bien, correctamente, buenas elaboraciones y sabores distintos, pero la cuenta se disparó demasiado. Me encantaron las anchoas de Santoña, por la buena calidad del producto y el solomillo de ternera que degustó mi hija estaba en su punto y exquisito.
Santander es una mujer elegante, bella y madura. Un paseo por los jardines de Pereda, el Paseo Reina Victoria y el Sardinero, nos desvela una arquitectura clasicista y homgénea, gracias a su la expansión en los siglos XIX y XX, con extensos parques de cara a la bahía, limpios y adaptados a los más pequeños.
Repleta de palacetes, sin duda, su emblema es el Palacio de la Magdalena, sito en la península que lleva su nombre. Esta península le imprime un caracter tropical a la bahía y se puede recorrer en un bello paseo en trenecito por 7 €. Dentro del parque existe un pequeño zoo que alberga focas, pingüinos y leones marinos.
Pueden terminar su viaje con una visita a la famosa, medieval y renacentista Santillana del Mar, localidad  (a unos 40 km. de la ciudad), haciendo fonda para degustar un agradecido cocido montañés en cualquiera de sus restaurantes; bien regado con un caldo de las vecinas Ribera del Duero o Rioja.
Y si van con niños, es visita obligada el parque natural de Cabárcenos, todo un ejemplo de recuperación del medio natural y adaptación para el disfrute del ser humano. Un paseo por allí, contemplando los comportamientos de todas las especies animales que lo habitan, bajo la atenta supervisión de sus cuidadores, hace que aprendamos a comportarnos como verdaderos seres de este planeta.
Muchas veces es necesario aprender de otros seres vivos, para ser mejores.
No es excesivamente caro y hay ofertas para los niños. Se puede realizar la visita en coche o a pie, pero les informo de que son 30 km. de parque.
Para terminar este corto recorrido por tierras cántabras (sé que me dejo muchos puntos interesantísimos), no dejen de respirar la sal , contemplen los barcos sentados en un banquito del paseo, jueguen y sueñen con las olas, hagan castillos de arena y cómanse la vida pensando en la próxima experiencia.

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