MIEDO

Mientras el mundo se quema, miro las olas. No me curan como en otros tiempos. Mientras tomo los últimos rayos de sol _ese placer occidental que abrasa pieles_ siento miedo. Un miedo que me produce dolor de cabeza. Siempre en mis vacaciones paro, me encuentro, alivio mi mente y pongo en orden mis pensamientos, sin embargo este año me han traído un miedo dominante que hace que nada me reconforte.

Miro ese mar y solo veo la sangre de los niños que intentan alcanzar sus sueños en esas barcas de la muerte. Observo el sol y únicamente siento sed: la sed de la tierra seca. Me fijo en los árboles y los veo quemados.

Pocas cosas existen que me relajen tanto como leer; leo la prensa y solo encuentro agonía.

Juego con los niños, pero me sustituyen por el poder excitante de los móviles.

Siento verdadero miedo. Me asomo al abismo y caigo en el vértigo de la tristeza, el fracaso y la locura.

Siempre había encontrado en la escritura un escape a estos miedos y un puerta al optimismo, pero quién puede ser optimista en este mundo que estamos dejando a nuestros hijos, ¿quién puede vivir con la conciencia tranquila?

La llamada sociedad del bienestar se ha convertido en malestar. En miedo permanente a todo.

Y en este momento, que te miro, mar, no me ayudas. Me gustaría terminar este relato con alguna palabra esperanzadora, pero solo me sale miedo.

PATRIA

Para que se entienda: después de ver a Rafa Nadal jugar al tenis, uno se siente acomplejado al decir que alguna vez ha jugado a ese deporte. En el arte y en la literatura pasa lo mismo: tras haber terminado hace escasos minutos la novela Patria de Fernando Aramburu, me siento algo ridículo escribiendo estas palabras, aunque pueden más las ganas de alabar/ensalzar/recomendar una novela sublime. Una obra maestra de la literatura que ya ha recibido todos los parabienes de crítica y lectores porque lo merece. ¿Por qué la recomiendo? Es una semblanza sutil de la condición humana; sustituye con luces muchas sombras de una etapa terrible de nuestra Historia reciente; contiene unos personajes tan potentes como la propia historia; y me ha hecho reír, llorar y entender. ¿Qué he entendido? Que todos los espacios geográficos en el fondo son iguales. El escritor ha elegido un espacio físico, temporal y moral, pero la humanidad que desprende la novela podríamos encontrarla en otros lugares muy alejados del País Vasco, donde las miserias humanas discurren por la misma senda. El bien y el mal se confunden y se complementan en la novela, por ello los personajes son tan descarnadamente humanos. Normalmente, tras leer una novela, me quedo con tal o cual personaje, pero en Patria, no sabría… Igual me quedo con todos, porque cada uno, a su manera, con sus dudas y debilidades, mira hacia el frente. No puedo escribir más que no se haya dicho ya de esta novela, para mí una de las mejores novelas en lengua castellana del S.XXI. Y, por favor, permítanme seguir jugando al tenis y escribiendo, a pesar de Rafa Nadal y Fernando Aramburu.

Nada más, lean Patria y ya me dicen.

  • Aramburu, Fernando: Patria; Edit. Tusquets; Barcelona, 2016.

* Escribo mientras escucho a la Zaz.

 

LLUVIA (EURIA)

El escenario estaba desnudo como nuestras almas. Abierto a lo que pudiera pasar. Entonces salió él, desprotegido y torpe, intentando abrir un tendedero. Me sentí identificado, porque poseo una penosa habilidad para no entender ese tipo de artilugios aparentemente sencillos. Aquella escena era un trampantojo de lo que vendría después, un exceso de risas para pillar a mente y  corazón desprevenidos. Comenzó a llover tras la ventana dibujada en la cámara negra, y el rostro de él se entristecía mientras colgaba sus lágrimas de lluvia en el tendedero. Lágrimas volátiles y pasajeras, porque, como un suspiro, como una brisa acariciando nuestros rostros, apareció el amor, sutil, elegante, etéreo… Era ella y en ese momento, la magia del teatro me removió y me hizo parte de lo que alli ocurría. Quienes sienten esa fuerza fascinante del teatro, esa puerta que se abre a la realidad pura, esa luz poderosa que irradia y enciende y quema las entrañas, que lo cambia todo, me entienden.

Pero la lluvia no cesaba al son de una música embriagadora, y él aprovechaba hasta el último sorbo de ese maravilloso amor, que unas veces era agua fresca, otras viento huracanado o abrazo de aire. Y ella se fue apagando, despacio como las candilejas, y ella suavemente murió, con la misma dignidad elegante con que mueren las personas extraordinarias. Más que morir ella, le ayudó a él a morir, porque no muere el que se va sino el que queda.

Y pasó el tiempo. Ella no se fue. Estaba en el reloj, en la lluvia de la ventana, en el perchero blanco, en el paraguas rojo, estaba las cosas pequeñas y cotidianas. Qué bella la escena en la que  le ayuda a planchar sus lágrimas de papel. Con que delicadeza abre una puerta a la esperanza.

De repente, la sonrisa intentó entrar en su vida, pero él la rechazaba porque sus articulaciones estaban caladas de tristeza.

Salió el sol, y la sonrisa se fundió con la tristeza, no podía ser de otra manera. Cuando perdemos a un ser querido ambas se apoyan hasta crear un vínculo maravilloso y necesario, venciendo al muchas veces odioso tiempo.

Y acabó esta maravilla, todo un canto al amor, con la más fascinante contradicción de la vida.

Así sentí esta experiencia, así participé en Lluvia, una obra de teatro sublime de la compañía vasca Markeliñe. Un precioso poema visual que ha obtenido el Premio FETEN 2017 al mejor espectáculo. Vayan a verlo.

 

Lluvia (Euria)

A partir de 7 años

Duración:60 min,

 CALENDARIO:

19/02/2017

Herriko Antzokia

16:30.

ELGOIBAR

 

05/03/2017

Kurtzio Kultur Etxea

18:00.

SOPELA

 

11/03/2017

Biteri Kultur Etxea

12:00.

HERNANI

 

12/03/2017

Serantes Kultur Aretoa

12:30.

SANTURCE

 

19/03/2017

Larratxo K. E – ALTZA

17:00.

DONOSTIA

 

31/03/2017

MOSTRA D´ IGUALADA

Teatre Ateneu

11:00 y 15:30.

IGUALADA

 

02/04/2017

Lonbo Aretoa

12:30.

ARRIGORRIAGA

 

09/04/2017

San Agustín Kultur Gunea

18:00.

DURANGO

 

 

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

GRACIAS TÍO LUIS

Buenas noches tío Luis, y perdona que no haya escrito antes esta carta, pero a veces el tiempo pide cuentas muy tarde. Solo quiero decirte que buena parte de lo que soy y la manera por la que transito por el camino de la vida es gracias a ti. ¿Recuerdas cuando me llevabas de la mano al cine del tío Federico? Era a finales de los años 70 y principios de los 80, si la memoria no me falla. Tan pequeño que no entendía las películas, pero sí percibía tu felicidad en aquel lugar, y me reía de tus carcajadas con olor a palomitas de maíz. Cómo te gustaba aquel Paco Martínez Soria y esos sinvergüenzas, brutos y entrañables Bud Spencer y Terence Hill. No olvidaré, tío Luis, aquella película creada por unos locos yebenosos ¿Cuál era su título? ¿Primer amor? Y después, te acompañaba al ya moderno y maravilloso cine Montecine, de ese otro loco genial al que querías tanto, Juan Garoz. Allí me  enseñaste con tu ejemplo, que cuando se traspasa la puerta de una de esas salas repletas de butacas, hemos de ser niños siempre. Y vaya si me lo enseñaste bien.

Nunca me sentí solo cuando mis padres trabajaban día y noche en la esclavitud del bar, porque siempre encontraba tus manos, o quizás ellas me encontraran a mí. Esas manos interminables conducían aquel Ford Fiesta blanco que sacaba lo peor de ti. Las mismas manos que me llevaban a la feria con el dinero que nos daba la tía Carmen, quien no tiene nada suyo, como bien dice su hermana. Las mismas manos que llenaran las Semanas Santas del pueblo de preciosos farolillos de cristal, fabricados más con genio que  paciencia, y es que no lo sabes, pero me marcaste con ese genio infantil e ingenuo. Aquellas rabietas de niño impaciente, que la tía sabía dominar y, a veces, activar con su ironía y sarcasmo. Qué sola se quedó cuando te fuiste. Qué solos nos dejaste. Recuerdo bien esa noche como la noche más solitaria del mundo. Pero eso viene después. Quiero seguir recordando.

Cuántos automóviles desvencijados pasarían por tu taller, con sus carrocerías maltrechas. Tú los dejabas mejor que nuevos, aunque quienes trabajaran a tu lado tuviesen que sufrir algún que otro rapapolvos; seguro estoy que les sirvió como experiencia y ahora lo recuerdan agradecidos. También sufría alguna que otra rabieta tuya cuando comprobabas mi torpeza con los trabajos manuales, y te pedía al final que me fabricaras aquellos objetos inútiles y artilugios variados que, a modo de condena (al menos para mí), nos encargaba aquel austero profesor.

Además eras un gran inventor. Son muchas las personas que aprietan el duro pulsador del caño de las fuentes públicas con un artilugio que permite conservar nuestras manos sanas. Igual no lo inventaste tú, pero jamás lo había visto antes. No molestaste a nadie con tu arte. Fue para ti y los tuyos, y lo hacías con esa elegancia de las personas humildes. Regalabas más que vendías y por eso nunca fuiste rico.

Me gustaba verte en las celebraciones, tan elegante y apuesto, como un galán de Hollywood, con ese punto de coquetería de los guapos.

De repente y sin avisar, llegó la enfermedad y con ella tus últimos días. Tío Luis, siento que mi adolescencia y juventud nos alejara por esos caprichosos desvíos que la distancia y el tiempo generan, pero mi amor y admiración por ti siguieron intactos.

En tus últimos días nos regalaste tu mejor creación, que fabricaste con las manos del alma: tu muerte. Me enseñaste como debe morir una persona. No te llevaste nada, todo nos lo regalaste, incluso tu propia muerte. Y, aunque esa noche fuera la más solitaria del mundo, tras ella no me sentí solo, porque vivo acompañado de lo mejor de ti.

Ahora estoy sentado a tu lado, en la cómoda butaca azul del cine Montecine, riéndome con tus carcajadas de felicidad eterna. No puedo más que mirar tus ojos oceánicos y volver a ser aquel niño para pronunciar entre lágrimas: gracias tío Luis.

1 de noviembre de 2016

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.

La niña y el mundo

Sonó el despertador y, al levantarse de la cama, un dolor fuerte y punzante le atravesó el costado.

Llevaba días, semanas, meses, tal vez años, sintiendo ese dolor. Era el dolor del mundo. No podía aguantarlo más, y se dispuso a pedir una cita médica por internet. Paralizado no encontraba respuesta a la casilla de “motivo de su cita”.

Siempre pasaba igual, pero aquel día el dolor se acentuó mientras desayunaba las palabras de la prensa del día anterior. Un sudor frío recorrió su alma de un extremo a otro. Salió al trabajo; un trabajo cualquiera en un día de siempre. Las tareas pendientes le hacían olvidar el dolor. Las conversaciones con sus compañeros le hacían olvidar el dolor, aunque sabía que permanecía ahí, agazapado. Así paso su jornada, sobreviviendo, como cualquier ser humano pasa las horas.

Nunca se iba directo a casa tras el trabajo, y ese día no fue distinto. Se dirigió al bar del parque, y, sentado en la terraza, pidió un vino blanco al amable camarero negro que siempre le atendía. El parque estaba un poco por encima del nivel del bello paseo de la ciudad, por lo que desde aquella terraza podía ver transcurrir las rutinas de las gentes y de sus días.

Ese día pensó en su dolor y supo con plena certeza que le dolía el mundo. Y descubrió que a cada transeúnte, a cada persona, le debía doler como a él. Y descubrió que, cuando pensaba en el dolor de los demás, a él le dolía un poco menos y eso es egoísta. También descubrió que las buenas acciones no calman el dolor. Siempre descubría muchas cosas desde allí, no era un día distinto.

De camino a casa comenzó a llover. Apoyada en el chaflán de un edificio abandonado, había una niña empapada, con un vestido ajado. Era morena, desgreñada y triste, muy triste. Parecía muy sola. Ella extendió su mano sin pronunciar palabra, tiritando de frío. Él la entregó todas las monedas que tenía. Se miraron. Él siguió su camino.

Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.

El cancionero

Esperaba sentada en su vieja silla de ruedas a media tarde. Sus ojos acuosos mirando tras la ventana hacia la calle triste y solitaria. No pasaba ni un alma. Y Juana escuchaba el tic-tac del reloj de cocina. Aunque tapaba sus delgadas piernas con una manta, sentía un ligero escalofrío de impaciencia. Hasta que Pablo llegó. Enjuto y callado, con ese halo de bondad que desprendía, cogió la llave de debajo del felpudo y abrió lentamente la puerta. Juana escuchaba sus pasos, mientras que la mente proyectaba su imagen atravesando el estrecho pasillo hasta llegar a la sala de estar, donde ella seguía quieta y expectante. Lo imaginaba con tres o cuatro libros bajo el brazo como en las últimas ocasiones. Pablo abrió la puerta y la encontró, como siempre, de espaldas. Se acercó y con suavidad giró la silla de ruedas. Ahora estaban frente a frente. Pablo se acercó dando a la anciana un beso tierno en la mejilla. Juana se fijó en la mano izquierda de Pablo y vio que portaba un libro. Pastas de cartón amarillas. ¿Qué me traes hoy?, dijo Juana. Un cancionero manchego, respondió Pablo. Empieza.

Después del rico mojete

tejí un moño con la cepa

y al amparo de la sombra

gozamos de aquella siesta…

Verde de tus ojos verde,

que hasta los cantos derrite,

no es verde como otro verde,

Que es verde que me persigue…

¡Ojalá pudiera estar

siempre al lado de tu pecho,

y eternamente besarte,

y eternamente ser sueño…

Esas palabras que Pablo pronunciaba, llegaban a Juana como gotitas refrescando su memoria. Miraba atenta y emocionada a Pablo. Plagada de amor y de recuerdos, sollozaba con nostalgia de otro tiempo. ¿Quién lo ha escrito?, preguntó. Un tal Luis Oliver de Villafranca, dicen que es. Pues esa niña soy yo. Sigue leyendo Pablo, quédate hoy un ratito más, hasta que se haga de noche. Pablo bajó la cabeza y su boca se llenó de palabras eternas.

El Ángel de la Gran Vía

Vagaba solo por la Gran Vía a media tarde. Al hombro portaba una pequeña mochila azul donde guardaba la cartera, una botella de agua y poco más. Hacía calor y los transeúntes andaban lentos y agalbanados. Las últimas veces que he viajado a Madrid lo he notado más apático, sin prisas, algo anodino. Aquella tarde, a pesar del sol, no percibía la alegría de las gentes por la inminente llegada del verano. Contagiado del ambiente, paraba en los escaparates mirando sin ver. Llegué al escaparate de la Casa del Libro y me detuve en las últimas novedades. Necesitaba descansar un poco de aquel letargo urbano y entré a hojear libros, sin ningún orden. A punto estuve de sentarme a leer o a dormitar en un sillón donde leían y dormitaban otros dos caballeros, pero no me atreví a invadir su espacio. Bélica y fea expresión. ¿El hombre es un ser social por naturaleza? Lejos queda Aristóteles. Compré el libro de Don DeLillo, “Cero K”. La tienda estaba llena de gente, algo inusual en una librería. Es paradójico, pero cuando estaba en la fila para pagar experimenté una sensación de soledad. Una chica muy bella que estaba delante de mí se volvió para buscar otro título. Casi pasa a través de mi cuerpo y ni siquiera me vio. No tengo ningún recuerdo de la cara del dependiente que me atendió cuando pagué el libro. Ni siquiera nos miramos a los ojos. 19,50 €. Gracias (palabra tan vanamente sobada). Salí de nuevo al letargo mirando al suelo, con algo de ansiedad. Un chico con gafas me preguntó, supongo que para una encuesta, si me gustaba la cerveza. Mentí. Dije que no. Seguí mis pasos y volvió a llamarme. Señor, lleva la mochila abierta. Rápidamente lo comprobé y vi que estaba todo acorde. Le di las gracias. Me sonrío. Proseguí mi camino arrepentido de no haberle ayudado con su encuesta. Aún no he olvidado esa sonrisa que hizo que aquella tarde, en aquel Madrid anodino, valiera la pena.

 

 

 

Me llamo Suleimán

Me senté desanimado al final del patio de butacas, con el propósito de desconectar del aire, incluso de la representación. La función va a comenzar, desconecten sus teléfonos móviles, ding-dong. Se iluminó el escenario y apareció la figura esbelta de una mujer policía; casi no distinguía sus facciones debido a la lejanía. Había terminado su ronda y se cambiaba lentamente depositando su uniforme en la taquilla.

Se volvió. Comenzó a narrar de una manera embriagadora y descarnada. Rara expresión. La desnudez de sus palabras provocaron una descarga inminente en mi cuerpo primero, y en mi alma después. Todos mis sentidos se clavaron como finas agujas en aquel escenario. Me llamo Suleimán y nací en Mali. Así empezó su historia que era la de su amigo. La historia de cómo nuestros ojos acomodados miran hacia otro lado. Aún no entiendo cómo tal sencillez en la palabra, en la interpretación, en el tempo, se convirtió en excelsitud, en trascendencia. La cruel y extrema historia de un inmigrante contada con acento canario. Un acento que sabe de lo que habla. Un acento que saborea el amargor de la tragedia que, día tras día, se sufre en sus costas. La maldita valla de Melilla lo frenó, tras cruzar el aterrador desierto y perder a algunos seres queridos. Y después la patera que lo llevó a Gran Canaria. Allí la vida, ¿la realidad? ¿la justicia? Allí conoció a Isabel, su mejor amiga, su única amiga en la Tierra Prometida.

Pasaba el tiempo y no pasaba, sufría, mientras tanto, escuchaba la narración de Isabel, arropada por unas poéticas y maravillosas animaciones, detrás, en el ciclorama. Suleimán volvió a la realidad, a su precioso y miserable país. Maldita contradicción. Volvió junto a su madre quien nunca le abandonó. Él tampoco a ella. Y lloré, más por dentro que por fuera, porque os vemos y os amamos, pero seguimos mirando hacia otro lado con insolente y atroz indiferencia.

 

Obra: Me llamo Suelimán.

Cía: Unahoramenos.

Una obra de Antonio Lozano, con animaciones de Juan Carlos Cruz,arte de Elena Gonca, música de Salif Keita y dirigida por Mario Vega.

ACTRIZ: MARTA VIERA.

 

Ocurrió en el Teatro Municipal de Albacete el día 14 de abril de 2016 a las 7 de la tarde.

 

A mi madre

Del regazo de olas que me abrigaba, y el hombro cálido donde apoyé mi cabeza cuando era niño, nacieron los besos que tendemos a olvidar, nacieron las palabras que labraron mis sueños. De las caricias calladas de tu amor que es mar, de tus pasos sigilosos que abrazaban mi agonía, siento nostalgia y lloro por dentro. Y después vivo; vivo más lejos que el tiempo, siento más lejos que esos besos que ahora faltan en mi carne y que me das con los ojos. Y me vuelvo a arropar con el manto de tu noche. Aunque mi pensamiento viaje lejos y se pierda en mil vanidades, siempre encuentro tu mirada plena, etérea y pura, madre de mi alma.

El camino contigo

Algunas veces las palabras se tornan esquivas y volátiles, pero al final son ellas las que nos atrapan. A veces, piensan que no sirven para describir lo más trascendente; pero son poderosas y lo hacen. Como lo ha hecho él. Haciendo camino con huellas luminosas, navegando con ella. A veces mojado hasta los tuétanos, pero ligero. Magullado, pero fuerte. Pisando las sombras, ha transportado veinte lunas para ella. Ha cargado con el mar para cubrirla con su manto de espuma. Y ha jugado como un niño, como jugaba con ella, regalándole sus alas. Mirándose a los ojos. Y veinte soles han quemado mil noches.

Lo ha hecho. Tal vez la última etapa ha sido la más dura de volar; pero lo han hecho juntos. Han vencido al tiempo y al pasado. Desprovistos de alforjas y cayados. Coronados de reparadoras espinas.

Recibirán mil abrazos. Los más sinceros. Los de las almas de esos árboles benéficos que han estado siempre cerca. Los de la amistad más pura. Compartirás el camino y algunos descubriremos en ti su secreto. Y avanzarás firme, sigiloso, callado, siempre mirando al frente, siempre andando caminos con ella.

 

*Para Tito, con todo mi afecto, con toda mi admiración y con toda mi amistad.

El sabor del sol

Plaza del Pilar de Zaragoza. 26 de marzo: Sábado Santo. Precioso y soleado mediodía. 25 grados centígrados. Bullicio en las terrazas. En una de ellas, el observador se toma un vino blanco de Somontano. Le está rico. Frente a él, unos niños juegan con un globo y ríen a carcajadas. A babor, cuatro hombres de etnia gitana, entrados en años, portan un ramo de flores en su mano diestra y un libro en la siniestra. Están perfectamente alineados, subidos en una tarima. Leen con emoción pasajes del Evangelio, que son comentados con pasión por uno de ellos, quien también se dirige a los muchos paseantes ajenos a la escena. Un mendigo español, joven, pide limosna a los clientes de la terraza donde está sentado el observador. No se detiene en éste, como si estuviese encerrado en una burbuja. Ahora los niños se acercan al observador y juegan a su alrededor. Percibe su alegría. En el centro de la plaza, entre las dos puertas principales de la basílica, una anciana sonriente despliega una silla y se sienta mirando al cielo. Mientras que bebe los agradables rayos del sol, sonríe a un niño de unos dos años, quien pretende robarle una de sus muletas. Acaricia su cabeza con extremo cariño. Los niños del globo sienten su bondad y también se acercan a ella. También les regala una sonrisa embriagada de sol. Aparece a estribor un hombre robusto de poblada barba canosa, pañuelo en la frente, aires hippies, Se acerca al mendigo y le da unas monedas. Se hablan y después se abrazan. Cada uno prosigue su camino. El mendigo a estribor, a babor el hippie alzando sus brazos al cielo a modo de agradecimiento. Lo repite tres veces y se besa las palmas de las manos para luego llevarlas al corazón. Se acerca a los cuatro hombres del evangelio y los bendice. Luego se gira, bendice al resto y se va. El observador mira al frente: la anciana se aleja con la ayuda de un transeúnte que porta su silla. El observador bebe el último trago de su copa y le sabe a vida, pero siente que aún no ha descubierto el sabor del sol.

 

*Escribo mientras escucho a Marwan.

HACIA LA REFLEXIÓN

El entretenimiento es esencial para la vida plena del ser humano, el problema viene cuando se transforma en frivolidad, y esa es la tendencia. Pero un mundo que únicamente aspira al entretenimiento, es un mundo vacío, extendiéndose ese vacío como una gangrena a todos los estratos sociales y en todos los contextos.

Nosotros no tenemos remedio, pero sí nuestros hijos. Por ello hemos de apelar a un mundo donde la reflexión profunda acabe con la banalidad del mero entretenimiento.

Eduquemos hacia el desarrollo del espíritu crítico y trascendente, sin menospreciar sus capacidades. Provoquemos sus razonamientos, apartándoles de nuestras frivolidades. Y que caminen en libertad, no solo leyendo obras entretenidas y facilonas, sino libros que les despierten y liberen de la dictadura de las nuevas tecnologías. Que llenen los teatros no solo para reír, sino también para pensar. Que escuchen música y sientan como la danza rompe con los establecido, con el gregarismo actual.

Nosotros ya no tenemos remedio, pero ellos sí. Estamos a tiempo de hacerles ver que con el dinero que cuesta un móvil de última generación podemos reunir una biblioteca en casa, y descubrirán que el saber no tiene precio y además es perdurable.

 

*Escribo escuchando a Seal.

 

Lo sublime y lo banal

Observo lo banal, cansado, cabizbajo y pesado, como un árbol caído; triste como el color de una tierra yerma. Observo lo sublime, luminoso, enhiesto, y trascendente; ligero como la brisa.

Lo banal intenta, puja, y su alimento se compone de insípidas nadas. Lo sublime consigue, pervive y vuela como la pluma soplada por labios sensuales.

Observo la cara de lo banal, y me inspira cierto desasosiego, no pena. Sus párpados se caen y su boca vacila. Los ojos de lo sublime chispean, promulgan sus labios palabras que ascienden sin freno. Lo banal muere.

Lo sublime vence el paso inexorable del tiempo.

 

*Escribo mientras escucho la sublime ópera Tristán e Isloda de Wagner.

Eternos

Estábamos sentados en aquel banco, cogidos de la mano, y los niños jugando con el trompo. La gente caminaba, igual que pasaba el tiempo, muy despacio. Disfrutábamos de los pocos rayos de un sol que dormitaba en el horizonte. Mirábamos al frente, hacia algún punto mucho más lejano que el colosal palacio; mucho más lejos que el aire. Imaginé a los dos en el mismo lugar unos treinta años después, para qué más. Las manos arrugadas igual de unidas, nuestras vistas perezosas mirando igual de lejos. Pasaban otros transeúntes, otros niños jugando a la peonza… Sentí tu instante y tú sentiste el mío. Fueron dos suspiros de felicidad eterna.

La fotito

Ayer cruzamos este acueducto de la Constitución y la Inmaculada viajando a Cuenca. Por la mañana visitamos la Ciudad Encantada que, como muchos sabéis, es un conjunto de piedras de diferentes formas y tamaños, fruto de la erosión  producida hace unos doscientos millones de años.

Disfrutamos del hechizo de esta maravillosa ciudad, imaginando formas y soñando que paseábamos por las calles de una ciudad de cuento. Vimos hadas, duendes y animales mitológicos, y nos reímos mucho. Además nos hicimos un par de fotitos. Otros, por el contrario, ven pasar la vida tras la mirada del objetivo de una cámara o un móvil de alta gama.

Hicimos el recorrido según el plano que nos repartieron a la entrada, y en estas que llegamos a la dolomía denominada el Tormo alto, y ahí estaban varios tormentos y tormentas palo en ristre con el selfie de turno, no fuera a desaparecer la piedra tras doscientos millones de años de existencia. Después llegamos a otra que albergaba una especie de cueva. Al verla, los niños y yo salimos corriendo para introducirnos, cual espeleólogos aventureros, por ver si nos encontrábamos un tesoro escondido, alguna obra de arte rupestre o, quién sabe, ese oso en peligro de extinción en proceso de hibernación. No, lo que escuchamos fue una voz que nos instó a frenar nuestra carrera, ya que estábamos a un palmo de desbaratar una pose espectacular de una presumida jubilada cuyo enemorado se disponía a disparar su flash para inamortalizar la enésima imagen de su bella pareja. Así que paramos y se helaron nuestras ansías de aventura. Pero, obstinados como somos, continuamos nuestro recorrido por esas curiosas calles naturales, y nos hallamos ante la piedra Foca malabarista, hallando también a una joven trepadora que se afanaba en subir a lomos de la roca, para que su novio adolescente gozase de una nueva imagen más que borrar de la memoria fugaz de su smartphone, dentro de los límites de sus futuros inciertos.

No había recoveco ni oquedad sin posantes, palos y fotitos; ni paso en el que nuestra ansia de descubrimiento y aventura se viera truncada por ese afán vanidoso de la fotito compartida.

Al final de la visita, llegamos a la piedra llamada Los amantes de Teruel; allí posaban dos parejas, una de quinceañeros y otra de cuarentones, emulando la forma de esta composición megalítica, es decir, intentaban darse un beso seco e impostado mirando de reojillo el móvil, que uno de ellos portaba con uno de esos palos de la presunción. Ya no aguanté más. Ejercí mi derecho a correr en libertad por un espacio abierto, cruzándome impetuosamente entre el objetivo y los figurantes. ¡Joder!, exclamaron. Y joder su fotito fue el mejor momento de la mañana.

*Escribo mientras escucho a Marlango.

Luna de lino

Por todas vuestras felicitaciones os regalo un poemita que escribí a mi hija Laura, para que se lo recitéis esta noche a vuestros hijos, sobrinos, nietos, o simplemente para que sigáis siendo niños.

Luna de lino y lilas,

lías la lana,

luna iluminas lirios

labios y nanas.

Hola luna lunera,

lírica línea,

luna cascabelera

luciente lima.

Luna, lazo lunático,

celeste lona,

lanzas lágrimas blancas,

lames las olas.

Todos somos París

Una mañana más teñida de sangre, de la sangre de los inocentes. Alá ¿Dónde coño tenéis a vuestro Alá? ¿Acaso ha venido a redimiros? Todo es una auténtica mentira. Estáis completamente engañados, porque Alá es el dinero, Alá es el petróleo. Y os lavan el cerebro para que muráis por nada y para nada. Para que os llevéis almas que lo único que desean es vivir lo mejor que pueden con sus problemas diarios, con sus miserias y sus breves felicidades.

Ya derramamos suficiente sangre entre nosotros, para darnos cuenta de que lo único que importa es ser libres, y ahora venís vosotros para matarnos, para intentar robarnos la libertad e inocularnos el miedo.

Los que ayer estaban disfrutando del partido de fútbol solo iban armados de la ilusión infantil y extraordinariamente banal de ver al equipo de su país. Los que acribillasteis en aquella discoteca solo iban a pasar la breve noche con sus parejas y amigos volando con su grupo favorito. Y volaron, volaron viviendo, mientras que vosotros habéis muerto muriendo de rencor, de envidia y de falso orgullo, por ese dios soberbio y criminal al que os debéis.

Nos matáis porque pensáis que somos culpables de vuestras desdichas, porque vuestro Alá no es capaz de mirarse el ombligo. No somos soldados, no somos gobernantes que toman decisiones, sí, muchas veces injustas, crueles y criminales con vuestros pueblos. La mayoría de nosotros solo buscamos la felicidad efímera en este complicado mundo; otros ansiamos la transcendencia y buscamos permanentemente un Dios que se esconde, que se aleja, y sentimos que debemos creer en su invisibilidad, y además nos ponemos en vuestra piel, y aunque estemos lejos, intentamos entender vuestros sufrimientos, muriendo en nombre de vuestra nada.

Ellos no lucharon con bombas, con tanques, con kalashnikovs… Ellos estaban desnudos, pero cubiertos con el manto de la libertad, desprevenidos y despreocupados, como ha de ser, como hemos de vivir. Y han muerto libres, no como vosotros que habéis muerto esclavos.

Vuestra “espiritualidad” está enterrada y cubierta de sangre de inocentes. El hoyo de esclavitud cada vez es más profundo en esta guerra desproporcionada, aberrante y criminal.

Es una herida muy grande en nuestros corazones, como otras muchas que venimos sufriendo, cuando pensábamos que la razón había acabado con la superstición y los fundamentalismos. Cuando creíamos que el mundo había superado sus miedos y despertaba sano y salvo de los terrores antiguos.

Ahora la tiranía es más horrenda y se transmuta en esa mentira tan atroz, cruel y criminal llamada yihad.

Todos somos París.

MI NOVIEMBRE CULTURAL

Llega noviembre, el mes de mi cumpleaños, y me apetece haceros un regalo. Tengo el placer de compartir mi agenda cultural, porque me parece un mes intenso e interesante desde el punto de vista escénico. Pero quiero comenzar con un final de mes de cine, ya que ayer comenzamos en el Teatro-Auditorio Municipal Los Yébenes (TAMLY) el 4º Festival de Cortos. Cine en es su estado más puro. Hoy tendrá lugar su segunda parta y podremos disfrutar películas rebosantes de ingenio y creatividad. Los Yébenes se llena de Cultura y aboga por la promoción del Séptimo Arte. Un cóctel de temática variada que nos permite reflexionar sobre el valor de la vida, la crueldad de los bancos, la belleza, el erotismo o la muerte, entre otros muchos temas. Os dejo el programa:

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