A mis niños

Me gustaría tragarme vuestras espinas y escribiros una historia llena de eternidades y gloria, pero no puedo. Quisiera deciros que a partir de ahora todo es fácil, que seguiréis viviendo agarrados a nuestra mano, pero no puedo.

Estáis empezando a comprender que la vida es tan bella como complicada. ¿Quién nos iba a decir que pasaríais por una pandemia tan atroz?

Encontraréis sendas escabrosas y montañas muy altas que tendréis que escalar solo en compañía de vuestras fuerzas y vuestra fe. Y bajaréis, pero volveréis a subir portando vuestras ilusiones hasta la cima, igual que hiciera Sísifo, una y otra vez. Porque la vida es ese subir y bajar, hijos míos, y no siempre estaremos ahí para empujar con vosotros.

Vuestra madre y yo estaremos a vuestro lado hasta que la naturaleza lo permita. Pero sois, afortunadamente, tan dueños de vosotros mismos que nos ocultaréis problemas y felicidades, amores y desamores, y numerosas circunstancias que solucionaréis solos.

Sed libres, pero responsables con vuestra familia y trabajo, leales a vuestros amigos y honestos con vuestras parejas. Pensad como adultos y no dejéis de vivir como niños. Disfrutad de cada momento como si fuera el último en el amor, el deporte y la cultura. Viajad, soñad y amad. Amando sufriréis, pero aprenderéis el verdadero sentido de la vida; no hay otro.

Que nada ni nadie os interrumpa el disfrute de un atardecer maravilloso a la orilla del mar. Que nada ni nadie os moleste cuando escribáis un párrafo inspirado o leáis el mejor libro, ese que siempre se lee en el momento presente. Que nadie os impida seguir siendo niños.

Habrá momentos de cristales rotos, de espinas clavadas en el corazón. Habrá noches oscuras y besos amargos. Tenéis que sufrir, cada uno a vuestra manera, con mayor o menor dolor; en ríos y mares de lágrimas, o en secos desiertos de amargura; sufrid con dignidad y esperanza. Esperad pacientemente hasta que se sofoque el fuego que os queme por dentro. Esperad, porque siempre llega esa lluvia refrescante que viene a mojar todos los pesares.

Creed en algunos tópicos, no muchos, como el todo pasa, el carpe diem, el feliz aquel, en el no es feliz el que más tiene, el nunca hagas lo que no quieras que te hagan… Creed en lo que os de la gana, pero que os sirva para ser libres.

Pensad en que hoy os decimos que sois maravillosos porque lo sois, y lo sois por vuestras imperfecciones que con elegancia e inteligencia ocultaréis, por las miserias que transformaréis en virtudes, por lo sueños que alcanzaréis y los que se quedarán en el camino, por lo generosos que seréis con los demás  o vuestro comportamiento miserable en otras ocasiones. Pensad entonces que no siempre seréis tan maravillosos, pero que lo bueno es darse cuenta y no repetir muchas veces los errores.

Por último, os pido que en la vida siempre os pongáis en el lugar del otro, algo que es tremendamente difícil, pero que cuando se consigue funciona.

Cuando emprendáis algo, pensad por qué y por quién o quienes lo hacéis. Para ayudar a los demás tenéis que estar en paz con vosotros mismos. Jamás digáis que tenéis la conciencia tranquila, porque en el mundo en que vivimos es imposible esa tranquilidad de conciencia. No hay que dejar de luchar, de emprender, de idear, de apasionarnos, de amar…

Esa es la vida hijos míos, y no tengo ninguna duda de que lo haréis mejor de lo que este padre os aconseja con todo su amor.

El hombre pez

Dicen que hay personas que desaparecen, convirtiéndose en árbol, en roca, en pez… pero lo hacen cuando no hay ojos que vigilan, escondiéndose de las miradas, en lugares solitarios, sin presencia, de manera furtiva y silenciosa.

En una ocasión fue visto,ondulando bajo el agua del río Miera, en Liérganes. Y de ahí surgió su leyenda. Alguien lo vio alejarse, con su cuerpo lleno de escamas, sus palmípedos pies y su boca rodeada de branquias, hasta que desapareció y ya no se supo más.

O fue en dos ocasiones…

Ocho de la tarde en el Paraíso. Playa de Langre. Unas diez personas embriagadas de la luz ocre de la tarde, miramos al horizonte de un mar en ese momento tranquilo, susurrante, lírico.

Dos personas giran sus sillas de playa para observar a alguien que camina por la arena hacia el oeste, al acantilado. Es un hombre de unos 70 años, canoso, ataviado con pantalón vaquero y camiseta blanca, atlético y de piel morena, del sol tamizado y acariciador del norte. Porta una bolsa de tenis. Tras él, camina una pareja de enamorados, cogidos de la mano primero, para luego separarse. La chica se adelanta unos metros.

El hombre se adentra en la parte media del acantilado, y se acopla medio tumbado en una oquedad. La pareja lo observa, de nuevo cogidos de la mano. Se besan de pie, mientras el hombre procede a desnudarse, para después doblar toda su ropa e introducirla en la bolsa. Piensa que la belleza de la tarde es suficiente para estar a salvo de las miradas.

Las dos personas que contemplan la escena han quedado mudas y absortas, como si estuvieran presenciando algo único. Ven que la pareja de enamorados se separa. La chica parece nerviosa, piensa que en ese punto el mar es peligroso. El hombre ya no está en la oquedad. Parece moverse algo en el agua. Un pez gigante. La chica se vuelve a su enamorado con las manos en la cabeza. La vista de las dos personas se dirige a la oquedad. No hay restos de bolsa. Durante unos treinta segundos la estela del gran pez se ilumina con una luz intensa, mientras ondula sumergido muy cerca de las rocas, hasta que, como la espuma de las olas, desaparece. Los enamorados han llegado a la oquedad y buscan la bolsa. Se sientan allí, donde hace unos instantes se había desnudado el hombre. Petrificados, cogidos de la mano, contemplan el sol bermejo que se sumerge en el mar, desapareciendo de forma mágica, al mismo tiempo  que el mar oculta la luz intensa y magnética del hombre pez.

Las dos personas se miran sin hablar, se levantan y se alejan, sin mirar atrás, dando la espalda al ocaso…

TRES PALABRAS

Desde el silencio del alma, en el camino del tiempo, tras la locura sincera, sé que te amo.

Y lo sé porque lo dice el cielo cuando habla, y la luna cuando sonríe. No sé nada más.

Y lo sé tan claro y contundente como el número tres. Te amo infinito. Tres palabras.

Sé que en tus abismos, en tus dudas, desde tus entrañas, lo sabes y lo sientes,

Y me duele tanto ese silencio silente. No sé nada más. Y lo sé todo cuando respiras.

Y sin embargo, sabiéndolo me arañas, me desgarras, me dueles… Lo sabes.

Nuestras vidas están en tres lazadas de amores, risas y anhelos compartidos.

De pasiones de color rojo, de amaneceres amarillos, de tranquilas tardes grises.

De sofás que cuentan nuestros sueños,  de ventanas que dejan pasar las

Lágrimas, de una mesa cálida que acuna el corazón.

Lámparas como arañas que atrapan besos, oraciones y melodías.

Cuando el saxo suena, se me para el tiempo, y sabes que te amo.

Es el sabor de los besos más allá del viento.

Cae la tarde ya, y mis dedos perezosos teclean la melodía de dos almas:

La tuya y la mía siempre entrelazadas.

 

Para Rosa.

 

Algunas noches se desliza el sueño

Algunas noches se desliza el sueño

y repta como serpiente,

para en el cuello morderme.

Y bebo más allá de tu boca,

y quiero más allá de tu cuerpo,

pero te alejas como un pensamiento efímero.

Deseo agarrarte, morderte, desgarrarte…

 Aunque te beso ahora,

te sueltas más lejos.

Aunque te muerdo aquí,

Libo aire solamente.

No creo que seas tú;

 creo que eres tú más tuya

y menos mía,

Y siento que te amo más.

Pero no eres tú, sino tu alma inalcanzable,

verdadera luz de deseo,

que amo pero se escapa

como los últimos rayos de la tarde;

esos que nos dan la felicidad unas horas

y regresan a su sol.

Así siento tus eternidades

que después parten,

se van al sol, al mar, a la luna…

para regresar en tu abrazo de la mañana.

 

 

 

MI BESO DE PALABRAS

 

Madre, hoy mi beso es el origen.

Es un beso de palabras, más allá del aire.

No es un mero contacto entre unos labios y una mejilla, no, es un beso que puedo extender hasta el infinito.

Lo puedo crear a tu imagen y semejanza: blanco y puro. Y hacerlo de nieve, pero sería muy frío.

¿Llenarlo de mar? Quizá demasiado húmedo y salado. Muy bello, pero no.

Mi beso hoy no es materia; es la luna que pensamos y el sol que no vemos. Es cálido como el fuego, pero no es de fuego.

Hoy mi beso es creado con partículas de tiempo, con retazos de memoria, con fragmentos de gratitud y con la invisibilidad del alma.

Hoy mi beso es de palabras inabarcables y esenciales. No es de ideas, sino de luz.

Sí, madre, mi beso, hoy, es de esa luz que siempre veo y apaga todas mis oscuridades.

Hoy madre, mi beso eres tú.

 

Feliz Día, mi origen, mi luz, mi MADRE.                            

Hablando con los tejados

Me asomo a la ventana y pienso en lo triste que está la calle. Mi niño se acerca, me mira, como si adivinase lo que estoy pensando, y me dice: papá, ¿has visto que bonita está la sierra?, tan verde…

Y, sí, está preciosa, sola, callada, lejana.

Llegará el momento en el que te caminemos, ahora solo te vemos y te soñamos. Llegará el momento… me lo cuentan los viejos tejados, que también están bellos en su soledad; sus tejas son como los surcos del tiempo. Tienen el color de los años y me hablan. Me traducen el lenguaje de la sierra, de la iglesia, de las calles, de la vida. Me cuentan que volveremos a pasear observados por sus ojos ondulados. Me dicen que ellos dejaran de tener vida para recuperarla nosotros. Mientras, los escucho. Es el lenguaje del silencio el que hablan; nunca me había llegado su rumor tan claro.

Siempre han estado ahí, los tejados.

Saltando de uno a otro podría llegar al cerro de San Blas.

Cierro los ojos. No puede ser, me digo, hablas con los tejados. No pasa nada, me digo, a veces he hablado con las olas, otras escucho lo que me dice el viento, porque con él no se puede dialogar. No pasa nada, ahora lo más bello que veo y que entiendo son los tejados, y la sierra, y ellos me acercan a ella.

Vuela me dicen. Y vuelo.

Llego en mi vuelo hasta la Dehesa Boyal y recuerdo nuestra última carrera, hace cuarenta y dos días. Volveremos pronto, jabalíes, seguro que nos echáis un poquito de menos. Ahora permitidme que mi pensamiento vuele con el águila. A lo lejos, veo una cigüeña que se ha perdido. Hacía tiempo que las cigüeñas no nos visitaban y me alegro de verte cigüeña.

Se te perdieron las palabras, me dicen los tejados, pero nosotros las hemos encontrado. Escribe, me dicen, escribe, que pronto os encontraréis en la ermita de nuevo, como en aquella caminata nocturna en la que viajasteis al pasado. Escribe, no pares, escribe, que los bares están tristes sí, pero volverán a acoger a las almas descarriadas. Almas que velarán por los que estamos descarriados. Velarán dentro de las divinas iglesias de Santa María y San Juan. Veo Santa María desde mi ventana y ella me mira con su porte regio, con la sabiduría bella de su ancianidad. Ella no habla como los tejados, pero su mirada me sonríe. A veces las iglesias están muy serias y otras sonríen.

Sigue escribiendo, porque hemos recogido todas tus palabras olvidadas, llegaron como partículas y se impregnaron en nuestras tejas.

Escribe que la sonrisa de fiesta llenará vuestro rostro y os encontrareis en el Paseo de la Glorieta, porque la música no se ha ido de vuestras almas. La música envuelve de paz los encierros y los hace más amables. Escribe que, cuando salgáis, lo sublime cubrirá lo amable. Sentiréis más cualquier melodía. Siente, me dicen, siente a vuestra Banda de Música. No está tan lejos. Siéntela en el Paseo de la Glorieta.

Los tejados me han dejado de hablar; han cumplido su cometido, porque sigo escribiendo. Ahora, escuchando mi propio teclear, os digo que os echo de menos, que quiero percibir con vosotros el olor de la harina en una molienda, allá en el molino del Tío Zacarías, mientras contemplo la paleta de colores de nuestros campos. Que deseo que se abra el telón para volver al teatro y de paso saludar a la ballena Paloma en el museo.

Y contaros cuentos en la biblioteca. Y contaros cuentos en las calles. Y jugar con vosotros en las plazas. Y aprender de vuestro saber puro de niños…

Mis palabras vuelven a perderse en la línea del horizonte. Abro la ventana. ¿Es suficiente?, pregunto a los tejados, pero responde una ligera brisa. Sigo escribiendo, porque me llega el olor a chocolate con churros de las fiestas de San Cristóbal; me llega el sonido lejano de la verbena de nuestra Feria. Y escribo porque veo nítidamente la imagen triste de San Isidro, que me señala a ese pensador cansado. Él tiene experiencia de estar encerrado en sus pensamientos y renace con la fiesta.

¿Habrá fiestas, San Isidro? Claro que habrá fiestas, me responde melancólico; no sé cuándo, pero más pronto que tarde. Me señala para que mi vista divise en la lejanía al orgulloso barrio “El Puerto”, ahíto de personajes ilustres y sabios.

Los tejados me despiden de nuevo con su lenguaje del tiempo: ahora es el momento de soñar y de aplaudir a quienes nos permiten soñar.

Papá, pero mira, ¿has visto que bonita está la sierra? Le respondo: sí hijo, se ha vestido así para cuando vayamos a verla.

OS NECESITAMOS

Querida maestra doña María Eugenia, recuerdo aquella clase gris, con los pupitres desvencijados, los tubos fluorescentes parpadeantes y las persianas rotas. Recuerdo su pelo cardado, siempre impoluto. Y su sonrisa. La veo como si estuviera aquí; aquella rigidez cuando no hacíamos la tarea y, sin embargo, conmigo, no sé por qué levantaba la mano, perdonaba que siempre terminara el último, esperaba con paciencia mis respuestas lentas y desatinadas, y me corregía los errores con un bello candor, rebosante de humanidad y sabiduría.

Nunca olvidaré cuando mi madre me decía: niño, me ha dicho la maestra que lees muy bien. Estaba seguro de que tenían un pacto para ocultarme lo que ya sabía, que lo único que hacía bien era leer.

Querida maestra doña Angelines, usted me inculcó el amor por la Literatura. Todavía conservo aquel poema “La paloma de la paz”, que escribí para un certamen que usted organizó entre la clase. La paloma de la paz va volando sin cesar… Quedé segundo… de dos. Ganó mi amigo Pablito, que siempre ganaba en esas cosas. Pero gracias a usted, doña Angelines, nunca dejé de pensar con palabras y versos.

Querido don Antonio, imagino que no olvidó mis dibujos a carboncillo; más bien carbonizados porque lo único que se atisbaba era una mancha negra. Yo sí guardo memoria de usted, con su pelo rubio tirando a bermejo y su barba, siempre ataviado de traje verde y corbata, porque eran tiempos en que los maestros iban de traje, casi siempre el mismo o del mismo color. Aprendí mucho en sus clases, sobre todo a escribir y a analizar oraciones subordinadas kilométricas que tapaban la pizarra por completo. Y también me reí mucho con las ocurrencias de Jesús Ramírez, Felipe Moreno y Luis Rojo.

Querida maestra Mari Cruz, fuiste mi tabla de salvación, sobre todo para las asignaturas de ciencias, en las que me sentía muy inseguro. Siempre llevo en mi interior la delicadeza y la dulzura con la que me enseñabas en tus clases particulares. Grabada tengo aquella noche en la que se nos acumularon las figuras geométricas que me mandó el gran don Javier. Era un desastre en el manejo del tiralíneas y tú me ayudaste a terminar poliedros con suma paciencia.

Querido Joaquín, el instituto fue otro cantar. Para mí, como para muchos adolescentes supuso un periodo de adaptación. Me enamoré ciegamente y me abandoné académicamente. En aquella época empezasteis a perder el tratamiento de don, aunque tú lo llevabas en el porte elegante y la voz de barítono. No cabía la menor duda de que eras el director.

Ya digo que fueron días difíciles para mí, de muchos altibajos emocionales. En ese momento solo supe ver la enorme paciencia que mis padres tuvieron conmigo. Con el paso del tiempo descubro también la paciencia que tuviste conmigo como director. También el resto de profesores. Hice funambulismo por una cuerda demasiado floja y entre todos sujetasteis la red para que no mes estrellara.

Querida Palma, en ti reflejo mi gratitud a la Universidad y a todo el claustro de profesores de la Facultad de Humanidades de Toledo. Llegué allí con una ilusión inmensa y pasé los mejores años de mi vida. Aprendí la belleza del Arte, los grandes valores de la humanidad, leí en profundidad El Quijote, y viví. Paladeé cada instante, primero en aquel convento de San Pedro Mártir lleno de Historia, luego en el palacio de Padilla. Cultivé amistades maravillosas (Rebeca, Patricia, Mónica, Cari, Jose, Guille, Rubén, Jaime…) y sembré palabras en mis soledades del claustro de San Pedro o en el ventanal del antiguo hotel Imperio, ahora convertido en un bar.

Palma, una vez me fumé un canuto (no estaba yo muy avezado en esas lides, que ni tabaco he fumado nunca), y llegué a tu clase tarde y un tanto distraído. En la pantalla estabas proyectando una serie de diapositivas de Velázquez y, cuando apareció la Venus del Espejo, me preguntaste si la reconocía. Solo atiné a balbucear: eres tú profesora.

Queridas maestras y estimados profesores, para vosotros es esta historia. Es mía pero la hago vuestra. Quiero haceros representantes de vuestros compañeros. Sí, ahora en plena pandemia. En un episodio que la Historia de la Humanidad nos tenía reservado, os expreso que gracias a vuestra vocación estáis consiguiendo que nuestros hijos sigan con su aprendizaje y el tiempo pase más rápido. Me reflejo en ellos porque descubro que en todo mi camino siempre habéis estado. Y ahora seguís a su lado. Seréis muy importantes en sus vidas como lo habéis sido en la mía. Descubro que os estáis adaptando a esta manera tan impersonal de enseñar gracias a vuestra pasión y a un inusitado esfuerzo por mejorar. Os han dejado solos, pero estáis consiguiendo llegar a la mayoría con imaginación. Y no será nada fácil porque la fórmula planteada no es igualitaria. Pero pensáis, creáis, imagináis, transmitís y compartís vuestros conocimientos con todos los alumnos. Qué bella palabra es compartir. ¿Acaso enseñar no es compartir?

Aquí solo he nombrado unos pocos de los tantos que sois. Ejemplos humildes en nuestro paso por estos caminos arduos. Caminos que allanáis con paciencia, vidas que acompañáis con sabiduría y enseñanzas que transmitís con pasión. Son simples palabras, pero incluso la más simple de las palabras es más poderosa que el más terrible de los silencios, por lo que aquí os dejo mi reconocimiento pleno, mi admiración profunda y la más sincera de mis gratitudes.

GRACIAS por existir maestras y maestros. Ahora más que nunca os necesitamos. Seguid fuertes en esta dura batalla, porque sois la piedra angular de la educación y el desarrollo de cada uno de nosotros y de nuestros hijos. Porque sois vosotros quienes exprimís las potencialidades, destrezas y valores a lo largo de nuestras vidas.

Como lo hicisteis conmigo.

 

 

Volver

Aprendo de vosotros cada día, sabiendo que el futuro es solo vuestro; sois los primeros que llenaréis las plazas cuando amanezca y llegue un tiempo nuevo. Nos recordaréis que estamos vivos y representaréis bien la comedia. Seréis los héroes de esta película cuando nos dejen respirar de nuevo.

Ahora es momento de quedarse en casa, de imaginar batallas de colores y tocar las estrellas del salón. Ahora es momento de volver a jugar; de compartir canciones y momentos. Ahora podéis saltar en el sofá y dibujar las paredes con los sueños; de soñar que pintáis paraguas en el mar y dinosaurios que se coman la tristeza.

Porque no hay terror en esos ojos llenos de la luz que inunda nuestra fe. El miedo que vemos tras los cristales se hace añicos con una sonrisa. Se transforma en la fuerza que necesitamos para comenzar y ser niños de nuevo.

 

  • A mis vidas: Rosa, Laura y Gonzalito.

HASTA SIEMPRE TÍA CARMEN

 

No he podido despedirme de ti, ni pedirte perdón por lo poco que fui a verte a la residencia, ni agradecer tu generosidad, porque como siempre decía mi madre: la tía no tiene nada suyo. Ni decirte el dolor que sentí la única vez que olvidaste mi nombre, hace muy poco; dolor por mi olvido, no por el tuyo. El olvido es un líquido negro que fluye por todas nuestro ser y nos despoja de la poca humanidad que tenemos.

No he podido escuchar tus últimas risas, las bromas inocentes que te mantenían viva. No he podido decirte lo que admiro tu fortaleza.

Lo único que me queda es recordar mi niñez contigo, el olor de tu casa a filetes de lomo adobado, cuando me cuidabas porque mis padres vivían trabajando en el bar a todas horas.

Recuerdo nítidamente la escena en la que estamos sentados: el tío Luis, tú y yo, mirando la sierra y la ermita de San Blas tras ese ventanal que tanto me maravillaba. Nosotros hablando y el tío enfadado porque no le dejábamos escuchar a aquel Paco Martínez Soria que tanto le hacía reír.

La risa. Es el principal recuerdo que tengo de ti, siempre unida a tu hermana Gabi que tanto te está sintiendo, que tanto te está anhelando. Y cuando ayudabas a la tía Nati en aquella pescadería luminosa y alegre, porque tú inundabas de alegría los espacios. Todos mis recuerdos contigo son luminosos, tanto como aquel patio de la calle Ancha del que guardo imágenes difusas pero tiernas. Y aquellas Noches Buenas compartidas con los primos, que fueron pocas, pero siempre lo mejor es breve.

La generosidad. Te sentías bien dando. Nunca fue importante lo material para ti. Has sabido compartir hasta el último momento.

La memoria. Esa que poseías a raudales y que te permitía contarnos historias apasionantes y divertidas. Historias antiguas de angustias y penalidades, transformadas en cómicos lances gracias a tu forma de contar.  Eras una gran narradora. Qué risa con las crónicas detalladas de todo lo que acontecía a tu alrededor con personajes incluidos: la tuerta, el bizco, el feo, la guapa, el cojo…

Y tu Luis nos dejó. Su pérdida germinó en el interior de tu alma como una planta carnívora. Era tu amor, siempre velando por ti. Todo lo hacía en función de complacerte, guiarte y cuidarte. Te llevaba en el Ford Fiesta como a una reina. El tío nos dejó huérfano de su idealismo, pasión, elegancia, carácter y bondad. Pero tú te refugiaste en tu familia, sobre todo en tu hermana que tanto te está anhelando. Bajabas todos los días acompañada de Loli, tu asistenta. Y os sentabais toda la tarde hasta la hora de misa para hablar de la vida, de los muertos del día, de cuando erais panceras, del Sálvame y de todo lo que se terciara alrededor de la mesa camilla.

Ahora nos has dejado tú; estoy seguro de que no has estado sola, pero sí privada de la compañía de quienes te queremos. Dentro de unos minutos vamos a darte nuestro último adiós y solo quiero decirte que te quiero tía, que echamos de menos todo tu ser, pero que, como en el final de alguna de las películas que el tío Luis estará viendo allá donde esté, nos encontraremos algún día en otro mundo, en otro tiempo y en otro espacio para poder darte no el último, sino el primer abrazo de la eternidad, por eso no te digo un adiós sino un hasta siempre.

Anexo: vuelvo de tu despedida, faltaba tu adorada hermana y tu querido cuñado, faltaban tus amadas nietas, pero no te has ido sola. He regresado en paz porque ya te habrás encontrado con el tío Luis y estarás volando en su Ford Fiesta blanco, tan blanco como las dos palomas que han sobrevolado por encima de nuestras almas. Y te has ido tan pura como la música del coro de pajarillos que sonaba entre los cipreses.

 

 

 

HE PERDIDO LAS PALABRAS

No sé dónde están las palabras escondidas. A veces creo que juguetean con los gatitos grises que viven en la calle abandonados. Tal vez se encuentren en el interior de los coches aparcados en el silencio; en las aceras vacías de transeúntes. O en los pocos transeúntes llenos de vacío. Quizá sobrevuelan entre los objetos tristes del salón. Se asoman levemente en los días grises; en las gotas de lluvia que repiquetean tras los cristales. Y en la música de los aplausos a las ocho de la tarde. En esos instantes afloran palabras como amor, bondad, valentía, dignidad, humanidad, gracias, belleza… pero se van como el propio sol en el ocaso; aparecen otras como miedo, vacío, miedo, vacío… Y la noche cae como un pesado manto, como el propio firmamento sobre mi espalda. Cae a plomo sobre mi confundido cerebro y no encuentro un relato; se esfuman las ideas igual que esos globos de helio que poco a poco nos abandonan.

Y vuelvo a asomarme a la ventana, pero la iglesia no me habla, la vieja cruz no me cuenta su historia de sangre y las casas parecen vacías y solo me observan. Y la sierra… La sierra seguro que susurra desde su lejanía, pero no puedo escucharla.

  • Escribo mientras escucho la Pasión según San Mateo de J.S. Bach.

 

 

A dios no le gustan las mayúsculas.

Manos que dominan el mundo, manos que frenan, que hacen ruido, manos que bendicen vanidades y monstruos, manos que esputan hostias, manos salvajes, obscenas y falsas, manos que roban.

Caras que ríen, caras inocentes, soñadoras y fugaces, caras que hablan del miedo y temen el habla, caras terribles, acosadoras, falaces, ojos que matan, que guían, ojos que roban.

Cruces que manipulan hierros candentes, látigos sangrientos, cuerpos desnudos. Cruces que hieren, muerden profanan retuercen estrangulan burlan enfurecen. Cruces de fuego, amigas enemigas, cómplices curativas enfermas, pollas en forma de cruz, cruces vaginales, cruces que roban.

Inocencia salvadora del mundo, Dios oculto, Dios silencioso, dios humano, manos de paz, manos que cuidan, manos que ven, manos luminosas, manos que encuentran. Rostros de frente, ojos oceánicos, mares de lágrimas, agua que cura. Silencio.

 

* Texto escrito para la obra “No llores que vas a ser feliz” del pintor hispano-peruano Miguel Collantes Depaz. Es una obra pictórica que trata sobre los niños robados del franquismo.

El abuelo

Regresa de la panadería a primera hora de la mañana, apoyado en su bastón. En la otra mano porta la bolsa con el pan recién hecho. Buenos días Vicente. Buenos días, responde instintivamente. Desde hace muchos años sufre una sordera provocada por unos terribles ruidos. A su espalda cree escuchar un comentario a la persona que lo ha saludado. No le gusta, pero enseguida elimina de su cabeza esa pequeña oscuridad. Continua despacio, un tanto encorvado. Maldita vértebra, piensa. Ochenta y dos años. Sesenta tras la barra de un bar y algunos menos trasladando colchones con una carrito. Le llegan imágenes borrosas de aquella época mientras camina. Podía con todo. Mira hacia el balcón de la casa de su hijo y esboza una media sonrisa ¿Estarán despiertos los nietos? Lo que me quieren… Ellos tienen salud, pero a mí no me falta la eternidad del amor. Ahora acude la imagen de su esposa. Vaya suerte tenerla. Que no le pase nada porque me voy con ella. Una sola alma. Un recuerdo balsámico atraviesa su mente: son jóvenes. Sus hijos no están en casa. Está bella. Se aman hasta el extremo. Más atrás: es domingo como hoy y va subido en su antigua bicicleta bajando por la calle Ancha. Siente el frescor de la mañana en su rostro y percibe el olor a bollo de la panadería cercana. Ella se ha puesto su mejor vestido a sabiendas que él pasaría como todas las mañanas. Se miran enamorados.

Está cerca de casa y ahora huele a tierra húmeda. Le gusta porque rememora las mañanas de su niñez en el campo. Soñando con ser Di Stéfano, después Santana. Hoy es día de regresar a la niñez: juega Rafa Nadal la final de Roland Garros. Se avergüenza levemente de su ilusión infantil. El muchacho austriaco juega bien, está fuerte, tal vez nos dé un susto hoy, se dice bajito. Entra en casa. Huele al pollo asado. En la cocina encuentra a su amor. Siempre la mira con veneración. Ha llamado tu hijo para que le compres el periódico. Está orgulloso de sus hijos. En un destello fugaz de vanidad: les hemos dado todo y lo han conseguido. Se les quiere cada uno como es. Y mucho.

Deja la bolsa del pan sobre una silla, alcanza una sartén de la encimera, enciende el fuego y se dispone a freír las patatas que gustan a los nietos. Antes las había pelado y cortado pacientemente como finas hojas de papel. Es el secreto. Si por él fuera, haría camiones de patatas para corresponder todo el amor que le dan. Van llegando, poco a poco. Primero las mellizas, que lo besan. Lucía le aprieta los mofletes y le da mil besos en la calva: ¡Abuelo! ¡Guapo! Claudia siempre más discreta. Él la mira y ve algo suyo en ella. Después entran los pequeños: Laura, Mario y Gonzalo: ¡qué bien huelen las patatas abuelo! Discuten por quien se comerá el plato más grande. Falta el mayor, Guillermo. El abuelo lo añora. Echa de menos su seriedad y le entiende porque también es tímido. Adora que estén todos. Nunca se lo digo. Una sombra lo envuelve…

Sombra que aparta porque es domingo y juega Rafa Nadal la final de Roland Garros.

 

*Padre: infinitas gracias por tu ejemplo.

 

SIN PECADO

Entra por la puerta del palacio, reconfortado por la confesión. Recuerda las últimas palabras del padre: el señor es misericordioso, y usted está totalmente arrepentido, es normal, a veces los sueños nos devuelven al pasado. Su rostro dibuja una mueca casi imperceptible. Pide a su viejo asistente que le prepare, al lado de la chimenea, el periódico, un Montecristo y una botella de Vega Sicilia. Mientras, se quita el traje de Armani lentamente, observando la flacidez de sus carnes. Piensa en su joven esposa. Seguro que estará echando un buen polvo con Mario, el guardaespaldas. Sonríe. Entra en el cuarto de baño y se mira al espejo, se siente bien después de la confesión, incluso aprecia que conserva un cierto atractivo. Vuelve a sonreír. El agua de la ducha lava sus pensamientos. Igual Ana está con su amiga la periodista, de la que nunca logra recordar su nombre. Se siente aun más relajado sintiendo el agua por todo su cuerpo. De repente, le golpea un recuerdo de la mañana. Entre el correo, antes de salir a su paseo diario, había visto una carta extraña. El remite no le sonaba de nada. La intriga le hace ponerse con cierto apremio su pijama de seda y la bata de cachemir. Se dirige a su despacho. Ve en su mesa la botella de rioja, el habano, y el periódico, junto a la correspondencia diaria. Entre las cartas de los bancos está la que buscaba. María Guzmán Antúnez. El nombre no le suena. Coge el abrecartas nervioso y la abre. La carta va acompañada de la fotografía de un joven militar, de cuerpo entero, junto a un avión Yákovlev-42. Comienza a leer:

Han pasado muchos años y hasta hoy no había tenido fuerzas para dirigirme a usted. Incluso ahora dudo si seré capaz. Son muchos años de rabia viéndole en los medios sin poder sentir nada humano hacia usted. Viéndole sin un ápice de remordimiento, con su vida de aristócrata, comiendo, bebiendo, follando… mientras yo moría, día a día, de pena por mi hijo. Ahora que estoy a punto de desaparecer de este maldito mundo, quiero dejarle estas palabras. Cuando usted muera, dejará las muertes que arrastra. Su aliviada conciencia de confesionario morirá con usted y su nombre quedará teñido del rojo de la sangre de nuestros hijos. Su historia estará manchada. Porque lo que sobrevive de un ser humano es su ejemplo. Seres que creen que no necesitan ponerse en el lugar del otro, seres que piensan que su legado de vanidades será eterno. Seres que se lavan las manos como Pilatos. Seres débiles que actúan solo para aliviar su propia conciencia y llegan a casa pensando: qué bueno soy, tras haber dado una mísera limosna al pobre de la esquina. Sí, siempre habrá seres como usted, que se esconden tras los despachos, después de enviar a nuestros hijos a jugarse la vida por el resto, por lo que creen. Sí señor, ellos, nuestros hijos, creyeron en muchas cosas, mientras que en lo que usted cree es puro anhelo de viento. Ellos si son ejemplo y luz. Usted no.

Aquella balanza cayó del lado del poder, como casi siempre. Usted puede vivir como vive gracias a la imperfección de una justicia que muchas veces se torna inmoral. Todavía recuerdo, ahora sin ápice de dolor, pero en su día como un puñal en el alma, cuando espetó a los medios de comunicación que a usted le absolvieron las urnas. Recuerdo a sus compañeros de partido, en aquella legislatura, que afortunadamente sería la última en la que gobernaran, defender a muerte su inocencia. Ahora la mayoría son viejas glorias como usted. Parecen almas errantes en un mundo que ya no es el suyo, pero que conserva parte de aquella herencia. Tal era la obscenidad y el cinismo de la política en esa época, que nos robaron el dinero, la vida, incluso las lágrimas.

A veces, lo veo en las publicaciones de las redes sociales, junto a su joven esposa y reconozco que me regocijo un poco contemplando su farsa de vida. Nada que pueda contrarrestar el daño que nos hizo. Estas palabras, al igual que todas las maldiciones que las familias hemos proferido contra usted, no nos devolverán a nuestros hijos. Lo sé, pero los que estamos abrasados por el dolor también tenemos derecho a mojarnos los labios de vez en cuando.

Creo que mi dolor se apagará con la muerte, porque los médicos me han dado pocos días de vida, pero quería dejarle estas palabras y esta foto, para que se lleve el recuerdo de mi hijo a la tumba, el recuerdo de alguien que sí murió sirviendo a su país.

Al menos mírele una sola vez a los ojos.

26 de mayo 2033

María Guzmán Antúnez.

Se recostó en su sillón absorto en la foto que sostenía en su mano derecha. A su mente regresaron las últimas palabras del cura con quien había confesado recientemente. Un acceso de pudor frenó su impulso de romper la carta y la foto, pero las depositó molesto en su mesa de escritorio. Encendió pausadamente el Montecristo y llenó su copa de vino. Bebió tan solo una vez y después dio varias caladas. Quedó profundamente dormido, como siempre.

 

*Este relato  está basado en un hecho real pero los personajes son claramente ficticios.

Late Marwan

La magia siempre nos sorprende despistados, inermes. No me refiero a la magia de abracadabra, sino a la de un sentimiento en un instante. A la verdadera eternidad.

11 de la noche. Círculo del Arte de Toledo. Lugar mágico. La mejor compañía: Rosa, David y Ana. El regalo: Concierto de Marwan.

El espacio comienza a llenarse y percibo algo distinto a las anteriores ocasiones. Ron. Dulce y fresco como el perfume de Rosa. Antes de entrar, me vuelvo a enamorar de ella. Me enamoro tantas veces de ella… Y comienza, gracioso, inteligente, con chispa. Me dejo llevar por la embriaguez del ron y su perfume. Me abandono en las canciones y  poemas, mientras mi mano acaricia la desnudez de su cintura. Y canto muy alto cuando nos miramos:

y te quiero decir
que a veces no sé bien si necesito
huir a otro planeta o escribir,
que siempre quiero huir pero es contigo…

Y cuando los sentimientos están a flor de piel tras el segundo ron, aparece. La magia entre dos hermanos se produce. Uno cantante y otro poeta, o los dos poetas… Recita al son de la música de un pianista tocado por Dios.

Samir.

Tranquilo, seguro y con una cadencia única, dice cosas como  yo te amo, tú eres la única mujer. Contigo vivo la verdad y el destino. Gracias por jugar conmigo a este maravilloso sueño que es la vida. Los corazones helados se derriten, las manos se unen, las lágrimas caen, las miradas de las almas se multiplican, los besos también se multiplican. Que bello cuando los besos se multiplican. Imaginaos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, pero en besos. La magia. El instante. La eternidad.

Eso ocurre cuando alguien comparte por muy poco el alma que pone en sus canciones. Cuando lo divide en trocitos y lo reparte entre gente que quiere despertar del sueño real de esta vida. Despertar/sentir/latir/ser eternos gracias a la belleza. Gracias magia, gracias Marwan.

 

Pido perdón a Samir Abu-Tahoun, hermano de Marwan, por robarle algunas palabras.

Teatro de verdad

Más allá del preocupante déficit de atención en el que vivimos, más allá de los mercaderes y de los mercados, más allá de las insensibles máquinas, más allá de los malditos eufemismos, sí, más allá de este mundo falso, está la luna. En ella encontramos la verdad, y un teatro es el único lugar donde podemos mirar el rostro de la luna con todas sus imperfecciones. Sí, digo bien, un teatro. Todavía existen. Se trata de los únicos sitios donde nos cuentan la verdad, en los que no nos sentimos estafados. Allí me siento humano, sin careta, desnudo. Ayer me desnudé en la sala pequeña del teatro Lara. Fue a medida que se desnudaron Palmira y Jenaro, personajes de la obra Espacio Disponible de la compañía Perigallo Teatro.

Una escenografía sencilla por la que Jenaro y Palmira, Palmira y Jenaro (me encanta la musicalidad de estos nombres), deambulan con su perfecta torpeza de ancianos, mecidos por el suave oleaje de un texto ingeniosamente construido y un timón dirigido sin fisuras. Dos jubilados que pasan una noche presidida por esa luna siempre presente que marca sus/nuestros estados de ánimo. Ánimo que se enturbia cuando valoran irse a vivir a Bruselas con Álvaro, su hijo coperante, y dejar atrás su angosto pero cálido piso sin ascensor, sus recuerdos, sus vidas de verdad, y, en definitiva, todos sus sueños. Porque las personas mayores también sueñan con ser.

Todo esto que les cuento es algo que, paradójicamente y gracias a la magia del teatro, lo interpretan en clave de un humor sin estridencias pero más que efectivo. No pude dejar de reír . Sin embargo, hubo un momento en que mis risas se tornaron en emoción.  La escena del sueño de Jenaro, ese en el que orina concertinas. Con qué poco logran una escena sublime. Lloré porque soy padre, lloré porque soy hijo, lloré porque soy pareja y lloré porque me emociona que una compañía “pequeña” creé obras como esta y crea en la verdad del teatro a pesar de las dificultades. Y agradecí para mis adentros a Celia Nadal que, con su invitación, me hiciera vivir una de esas eternidades de las que últimamente carecemos. Tanto, que cuando salí de la sala corrí al servicio y oriné concertinas.

 

* Espacio Disponible de la Cía Perigallo Teatro está actualmente en el Teatro Lara y girará mucho…

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MIEDO

Mientras el mundo se quema, miro las olas. No me curan como en otros tiempos. Mientras tomo los últimos rayos de sol _ese placer occidental que abrasa pieles_ siento miedo. Un miedo que me produce dolor de cabeza. Siempre en mis vacaciones paro, me encuentro, alivio mi mente y pongo en orden mis pensamientos, sin embargo este año me han traído un miedo dominante que hace que nada me reconforte.

Miro ese mar y solo veo la sangre de los niños que intentan alcanzar sus sueños en esas barcas de la muerte. Observo el sol y únicamente siento sed: la sed de la tierra seca. Me fijo en los árboles y los veo quemados.

Pocas cosas existen que me relajen tanto como leer; leo la prensa y solo encuentro agonía.

Juego con los niños, pero me sustituyen por el poder excitante de los móviles.

Siento verdadero miedo. Me asomo al abismo y caigo en el vértigo de la tristeza, el fracaso y la locura.

Siempre había encontrado en la escritura un escape a estos miedos y un puerta al optimismo, pero quién puede ser optimista en este mundo que estamos dejando a nuestros hijos, ¿quién puede vivir con la conciencia tranquila?

La llamada sociedad del bienestar se ha convertido en malestar. En miedo permanente a todo.

Y en este momento, que te miro, mar, no me ayudas. Me gustaría terminar este relato con alguna palabra esperanzadora, pero solo me sale miedo.

PATRIA

Para que se entienda: después de ver a Rafa Nadal jugar al tenis, uno se siente acomplejado al decir que alguna vez ha jugado a ese deporte. En el arte y en la literatura pasa lo mismo: tras haber terminado hace escasos minutos la novela Patria de Fernando Aramburu, me siento algo ridículo escribiendo estas palabras, aunque pueden más las ganas de alabar/ensalzar/recomendar una novela sublime. Una obra maestra de la literatura que ya ha recibido todos los parabienes de crítica y lectores porque lo merece. ¿Por qué la recomiendo? Es una semblanza sutil de la condición humana; sustituye con luces muchas sombras de una etapa terrible de nuestra Historia reciente; contiene unos personajes tan potentes como la propia historia; y me ha hecho reír, llorar y entender. ¿Qué he entendido? Que todos los espacios geográficos en el fondo son iguales. El escritor ha elegido un espacio físico, temporal y moral, pero la humanidad que desprende la novela podríamos encontrarla en otros lugares muy alejados del País Vasco, donde las miserias humanas discurren por la misma senda. El bien y el mal se confunden y se complementan en la novela, por ello los personajes son tan descarnadamente humanos. Normalmente, tras leer una novela, me quedo con tal o cual personaje, pero en Patria, no sabría… Igual me quedo con todos, porque cada uno, a su manera, con sus dudas y debilidades, mira hacia el frente. No puedo escribir más que no se haya dicho ya de esta novela, para mí una de las mejores novelas en lengua castellana del S.XXI. Y, por favor, permítanme seguir jugando al tenis y escribiendo, a pesar de Rafa Nadal y Fernando Aramburu.

Nada más, lean Patria y ya me dicen.

  • Aramburu, Fernando: Patria; Edit. Tusquets; Barcelona, 2016.

* Escribo mientras escucho a la Zaz.

 

LLUVIA (EURIA)

El escenario estaba desnudo como nuestras almas. Abierto a lo que pudiera pasar. Entonces salió él, desprotegido y torpe, intentando abrir un tendedero. Me sentí identificado, porque poseo una penosa habilidad para no entender ese tipo de artilugios aparentemente sencillos. Aquella escena era un trampantojo de lo que vendría después, un exceso de risas para pillar a mente y  corazón desprevenidos. Comenzó a llover tras la ventana dibujada en la cámara negra, y el rostro de él se entristecía mientras colgaba sus lágrimas de lluvia en el tendedero. Lágrimas volátiles y pasajeras, porque, como un suspiro, como una brisa acariciando nuestros rostros, apareció el amor, sutil, elegante, etéreo… Era ella y en ese momento, la magia del teatro me removió y me hizo parte de lo que alli ocurría. Quienes sienten esa fuerza fascinante del teatro, esa puerta que se abre a la realidad pura, esa luz poderosa que irradia y enciende y quema las entrañas, que lo cambia todo, me entienden.

Pero la lluvia no cesaba al son de una música embriagadora, y él aprovechaba hasta el último sorbo de ese maravilloso amor, que unas veces era agua fresca, otras viento huracanado o abrazo de aire. Y ella se fue apagando, despacio como las candilejas, y ella suavemente murió, con la misma dignidad elegante con que mueren las personas extraordinarias. Más que morir ella, le ayudó a él a morir, porque no muere el que se va sino el que queda.

Y pasó el tiempo. Ella no se fue. Estaba en el reloj, en la lluvia de la ventana, en el perchero blanco, en el paraguas rojo, estaba las cosas pequeñas y cotidianas. Qué bella la escena en la que  le ayuda a planchar sus lágrimas de papel. Con que delicadeza abre una puerta a la esperanza.

De repente, la sonrisa intentó entrar en su vida, pero él la rechazaba porque sus articulaciones estaban caladas de tristeza.

Salió el sol, y la sonrisa se fundió con la tristeza, no podía ser de otra manera. Cuando perdemos a un ser querido ambas se apoyan hasta crear un vínculo maravilloso y necesario, venciendo al muchas veces odioso tiempo.

Y acabó esta maravilla, todo un canto al amor, con la más fascinante contradicción de la vida.

Así sentí esta experiencia, así participé en Lluvia, una obra de teatro sublime de la compañía vasca Markeliñe. Un precioso poema visual que ha obtenido el Premio FETEN 2017 al mejor espectáculo. Vayan a verlo.

 

Lluvia (Euria)

A partir de 7 años

Duración:60 min,

 CALENDARIO:

19/02/2017

Herriko Antzokia

16:30.

ELGOIBAR

 

05/03/2017

Kurtzio Kultur Etxea

18:00.

SOPELA

 

11/03/2017

Biteri Kultur Etxea

12:00.

HERNANI

 

12/03/2017

Serantes Kultur Aretoa

12:30.

SANTURCE

 

19/03/2017

Larratxo K. E – ALTZA

17:00.

DONOSTIA

 

31/03/2017

MOSTRA D´ IGUALADA

Teatre Ateneu

11:00 y 15:30.

IGUALADA

 

02/04/2017

Lonbo Aretoa

12:30.

ARRIGORRIAGA

 

09/04/2017

San Agustín Kultur Gunea

18:00.

DURANGO

 

 

La tristeza

Hoy  la tristeza se abraza a la piel, heladora como un témpano. Se refleja en el lado vacío de la cama cuando partes. En el pasillo oscuro que cruzamos y en los restos de la mesa tras el desayuno. Está en los rayos de sol que llegan perezosos y en el rumor de la calle. La veo en el desvencijado coche, abandonado hace meses. En los meses del calendario que restan para la primavera. Y en los años de noticias vespertinas.

El viejo belén está gris y al árbol le falta la alegría de antaño.

La casa calla y pesa como un costal.

Salgo.

Miro una hoja caída, iluminada por los primeros rayos de sol, que inicia un leve vuelo gracias al aire fresco de la mañana.

GRACIAS TÍO LUIS

Buenas noches tío Luis, y perdona que no haya escrito antes esta carta, pero a veces el tiempo pide cuentas muy tarde. Solo quiero decirte que buena parte de lo que soy y la manera por la que transito por el camino de la vida es gracias a ti. ¿Recuerdas cuando me llevabas de la mano al cine del tío Federico? Era a finales de los años 70 y principios de los 80, si la memoria no me falla. Tan pequeño que no entendía las películas, pero sí percibía tu felicidad en aquel lugar, y me reía de tus carcajadas con olor a palomitas de maíz. Cómo te gustaba aquel Paco Martínez Soria y esos sinvergüenzas, brutos y entrañables Bud Spencer y Terence Hill. No olvidaré, tío Luis, aquella película creada por unos locos yebenosos ¿Cuál era su título? ¿Primer amor? Y después, te acompañaba al ya moderno y maravilloso cine Montecine, de ese otro loco genial al que querías tanto, Juan Garoz. Allí me  enseñaste con tu ejemplo, que cuando se traspasa la puerta de una de esas salas repletas de butacas, hemos de ser niños siempre. Y vaya si me lo enseñaste bien.

Nunca me sentí solo cuando mis padres trabajaban día y noche en la esclavitud del bar, porque siempre encontraba tus manos, o quizás ellas me encontraran a mí. Esas manos interminables conducían aquel Ford Fiesta blanco que sacaba lo peor de ti. Las mismas manos que me llevaban a la feria con el dinero que nos daba la tía Carmen, quien no tiene nada suyo, como bien dice su hermana. Las mismas manos que llenaran las Semanas Santas del pueblo de preciosos farolillos de cristal, fabricados más con genio que  paciencia, y es que no lo sabes, pero me marcaste con ese genio infantil e ingenuo. Aquellas rabietas de niño impaciente, que la tía sabía dominar y, a veces, activar con su ironía y sarcasmo. Qué sola se quedó cuando te fuiste. Qué solos nos dejaste. Recuerdo bien esa noche como la noche más solitaria del mundo. Pero eso viene después. Quiero seguir recordando.

Cuántos automóviles desvencijados pasarían por tu taller, con sus carrocerías maltrechas. Tú los dejabas mejor que nuevos, aunque quienes trabajaran a tu lado tuviesen que sufrir algún que otro rapapolvos; seguro estoy que les sirvió como experiencia y ahora lo recuerdan agradecidos. También sufría alguna que otra rabieta tuya cuando comprobabas mi torpeza con los trabajos manuales, y te pedía al final que me fabricaras aquellos objetos inútiles y artilugios variados que, a modo de condena (al menos para mí), nos encargaba aquel austero profesor.

Además eras un gran inventor. Son muchas las personas que aprietan el duro pulsador del caño de las fuentes públicas con un artilugio que permite conservar nuestras manos sanas. Igual no lo inventaste tú, pero jamás lo había visto antes. No molestaste a nadie con tu arte. Fue para ti y los tuyos, y lo hacías con esa elegancia de las personas humildes. Regalabas más que vendías y por eso nunca fuiste rico.

Me gustaba verte en las celebraciones, tan elegante y apuesto, como un galán de Hollywood, con ese punto de coquetería de los guapos.

De repente y sin avisar, llegó la enfermedad y con ella tus últimos días. Tío Luis, siento que mi adolescencia y juventud nos alejara por esos caprichosos desvíos que la distancia y el tiempo generan, pero mi amor y admiración por ti siguieron intactos.

En tus últimos días nos regalaste tu mejor creación, que fabricaste con las manos del alma: tu muerte. Me enseñaste como debe morir una persona. No te llevaste nada, todo nos lo regalaste, incluso tu propia muerte. Y, aunque esa noche fuera la más solitaria del mundo, tras ella no me sentí solo, porque vivo acompañado de lo mejor de ti.

Ahora estoy sentado a tu lado, en la cómoda butaca azul del cine Montecine, riéndome con tus carcajadas de felicidad eterna. No puedo más que mirar tus ojos oceánicos y volver a ser aquel niño para pronunciar entre lágrimas: gracias tío Luis.

1 de noviembre de 2016

El monstruo.

 

Comenzaron los trailers, y mi espíritu se engalanó con la envoltura del niño que fui. Suena cursi, pero me ocurre siempre que voy al cine. Su magia trasciende sobre mi conocimiento vago de las cosas.

A la derecha, mi hermano. A la izquierda, quedaban tres butacas libres, hasta que irrumpieron en la sala una mujer de unos 45 años, con sus dos hijos: niño y niña. Me tocó al lado el niño adolescente: gafas de pasta, sudadera roja con capucha, a juego con las zapatillas de la letra N, y aire de malote postizo.

Comenzó la película Un monstruo viene a verme. Excelsa. Pero el monstruo real era el que tenía a mi lado izquierdo. De repente, se dispuso a enviar un mensaje de voz a su padre, quien seguro que estaba relajado en casa sin aguantar a tamaño zote. Le decía –todo esto en voz alta- que pasara buena noche. No hizo falta que yo interviniera, ya que su madre avergonzada lo llamó la atención. Luego empezó a moverse en la butaca, comentando cada fotograma con expresiones como vaya rollo y que te coge el monstruo. Su madre seguía llamándole la atención cada vez más desesperanzada.

Cuando pensaba que el monstruo aplacaba su incontenible nervio, llegó el momento bolsa de chucherías y botella de agua, clac, clac, clac… Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo, mientras él sabía que nos estaba jodiendo la película, que, por otra parte, transcurría con toda su intriga, aunque mi mente permanecía expectante al siguiente numerito del monstruo. Estaba cerca el final, cuando las mayores emociones habían de invadirnos tras dos horas de sufrimiento. Clac, clac, clac… Miré al monstruo desafiante. Clac, clac… Mi codo se movió de manera mecánica, dándole un ostiazo en todos los morros. Tranquilos, solamente lo pensé. Me hubiese quedado a gusto, pero aquella tarde no habría entendido nada sobre niños y monstruos.

La niña y el mundo

Sonó el despertador y, al levantarse de la cama, un dolor fuerte y punzante le atravesó el costado.

Llevaba días, semanas, meses, tal vez años, sintiendo ese dolor. Era el dolor del mundo. No podía aguantarlo más, y se dispuso a pedir una cita médica por internet. Paralizado no encontraba respuesta a la casilla de “motivo de su cita”.

Siempre pasaba igual, pero aquel día el dolor se acentuó mientras desayunaba las palabras de la prensa del día anterior. Un sudor frío recorrió su alma de un extremo a otro. Salió al trabajo; un trabajo cualquiera en un día de siempre. Las tareas pendientes le hacían olvidar el dolor. Las conversaciones con sus compañeros le hacían olvidar el dolor, aunque sabía que permanecía ahí, agazapado. Así paso su jornada, sobreviviendo, como cualquier ser humano pasa las horas.

Nunca se iba directo a casa tras el trabajo, y ese día no fue distinto. Se dirigió al bar del parque, y, sentado en la terraza, pidió un vino blanco al amable camarero negro que siempre le atendía. El parque estaba un poco por encima del nivel del bello paseo de la ciudad, por lo que desde aquella terraza podía ver transcurrir las rutinas de las gentes y de sus días.

Ese día pensó en su dolor y supo con plena certeza que le dolía el mundo. Y descubrió que a cada transeúnte, a cada persona, le debía doler como a él. Y descubrió que, cuando pensaba en el dolor de los demás, a él le dolía un poco menos y eso es egoísta. También descubrió que las buenas acciones no calman el dolor. Siempre descubría muchas cosas desde allí, no era un día distinto.

De camino a casa comenzó a llover. Apoyada en el chaflán de un edificio abandonado, había una niña empapada, con un vestido ajado. Era morena, desgreñada y triste, muy triste. Parecía muy sola. Ella extendió su mano sin pronunciar palabra, tiritando de frío. Él la entregó todas las monedas que tenía. Se miraron. Él siguió su camino.

Damos la espalda…

El sol agoniza sobre el faro. Dos gaviotas juguetonas se persiguen mar adentro mientras muere la tarde. Los últimos bañistas sacuden sus toallas llenas de arena, que se expande por el aire con la ligera brisa de levante. Siento el roce de la arena en mi piel. A mi lado contemplo el rostro de la belleza. Tras de mí el de la alegría de los niños jugando a la pelota. Ajenos al mundo. Escucho a una señora decir: -qué bonito está el mar ahora que parece una piscina de tan tranquilo-. Al poco tiempo recoge parsimoniosa su silla y demás complementos playeros y se va. El sol cae más sobre el faro creando una imagen única. Uno de los últimos bañistas se da cuenta de la maravilla y toma una instantánea con el móvil, después da media vuelta y se marcha mirando a la máquina. Voces lejanas de adolescentes hablan del partido de las nueve, hasta que  se apagan, porque pasa el tiempo y falta poco para esa hora. Únicamente quedamos nosotros y el sonido de las olas. Miramos al oeste y somos partícipes de uno de los acontecimientos más bellos. El sol crepuscular es engullido por el faro lentamente. –Papá, son las nueve y veinte, va a empezar el partido-.

Como el resto, nos vamos y damos la espalda a la belleza.

El cancionero

Esperaba sentada en su vieja silla de ruedas a media tarde. Sus ojos acuosos mirando tras la ventana hacia la calle triste y solitaria. No pasaba ni un alma. Y Juana escuchaba el tic-tac del reloj de cocina. Aunque tapaba sus delgadas piernas con una manta, sentía un ligero escalofrío de impaciencia. Hasta que Pablo llegó. Enjuto y callado, con ese halo de bondad que desprendía, cogió la llave de debajo del felpudo y abrió lentamente la puerta. Juana escuchaba sus pasos, mientras que la mente proyectaba su imagen atravesando el estrecho pasillo hasta llegar a la sala de estar, donde ella seguía quieta y expectante. Lo imaginaba con tres o cuatro libros bajo el brazo como en las últimas ocasiones. Pablo abrió la puerta y la encontró, como siempre, de espaldas. Se acercó y con suavidad giró la silla de ruedas. Ahora estaban frente a frente. Pablo se acercó dando a la anciana un beso tierno en la mejilla. Juana se fijó en la mano izquierda de Pablo y vio que portaba un libro. Pastas de cartón amarillas. ¿Qué me traes hoy?, dijo Juana. Un cancionero manchego, respondió Pablo. Empieza.

Después del rico mojete

tejí un moño con la cepa

y al amparo de la sombra

gozamos de aquella siesta…

Verde de tus ojos verde,

que hasta los cantos derrite,

no es verde como otro verde,

Que es verde que me persigue…

¡Ojalá pudiera estar

siempre al lado de tu pecho,

y eternamente besarte,

y eternamente ser sueño…

Esas palabras que Pablo pronunciaba, llegaban a Juana como gotitas refrescando su memoria. Miraba atenta y emocionada a Pablo. Plagada de amor y de recuerdos, sollozaba con nostalgia de otro tiempo. ¿Quién lo ha escrito?, preguntó. Un tal Luis Oliver de Villafranca, dicen que es. Pues esa niña soy yo. Sigue leyendo Pablo, quédate hoy un ratito más, hasta que se haga de noche. Pablo bajó la cabeza y su boca se llenó de palabras eternas.

El Ángel de la Gran Vía

Vagaba solo por la Gran Vía a media tarde. Al hombro portaba una pequeña mochila azul donde guardaba la cartera, una botella de agua y poco más. Hacía calor y los transeúntes andaban lentos y agalbanados. Las últimas veces que he viajado a Madrid lo he notado más apático, sin prisas, algo anodino. Aquella tarde, a pesar del sol, no percibía la alegría de las gentes por la inminente llegada del verano. Contagiado del ambiente, paraba en los escaparates mirando sin ver. Llegué al escaparate de la Casa del Libro y me detuve en las últimas novedades. Necesitaba descansar un poco de aquel letargo urbano y entré a hojear libros, sin ningún orden. A punto estuve de sentarme a leer o a dormitar en un sillón donde leían y dormitaban otros dos caballeros, pero no me atreví a invadir su espacio. Bélica y fea expresión. ¿El hombre es un ser social por naturaleza? Lejos queda Aristóteles. Compré el libro de Don DeLillo, “Cero K”. La tienda estaba llena de gente, algo inusual en una librería. Es paradójico, pero cuando estaba en la fila para pagar experimenté una sensación de soledad. Una chica muy bella que estaba delante de mí se volvió para buscar otro título. Casi pasa a través de mi cuerpo y ni siquiera me vio. No tengo ningún recuerdo de la cara del dependiente que me atendió cuando pagué el libro. Ni siquiera nos miramos a los ojos. 19,50 €. Gracias (palabra tan vanamente sobada). Salí de nuevo al letargo mirando al suelo, con algo de ansiedad. Un chico con gafas me preguntó, supongo que para una encuesta, si me gustaba la cerveza. Mentí. Dije que no. Seguí mis pasos y volvió a llamarme. Señor, lleva la mochila abierta. Rápidamente lo comprobé y vi que estaba todo acorde. Le di las gracias. Me sonrío. Proseguí mi camino arrepentido de no haberle ayudado con su encuesta. Aún no he olvidado esa sonrisa que hizo que aquella tarde, en aquel Madrid anodino, valiera la pena.

 

 

 

Me llamo Suleimán

Me senté desanimado al final del patio de butacas, con el propósito de desconectar del aire, incluso de la representación. La función va a comenzar, desconecten sus teléfonos móviles, ding-dong. Se iluminó el escenario y apareció la figura esbelta de una mujer policía; casi no distinguía sus facciones debido a la lejanía. Había terminado su ronda y se cambiaba lentamente depositando su uniforme en la taquilla.

Se volvió. Comenzó a narrar de una manera embriagadora y descarnada. Rara expresión. La desnudez de sus palabras provocaron una descarga inminente en mi cuerpo primero, y en mi alma después. Todos mis sentidos se clavaron como finas agujas en aquel escenario. Me llamo Suleimán y nací en Mali. Así empezó su historia que era la de su amigo. La historia de cómo nuestros ojos acomodados miran hacia otro lado. Aún no entiendo cómo tal sencillez en la palabra, en la interpretación, en el tempo, se convirtió en excelsitud, en trascendencia. La cruel y extrema historia de un inmigrante contada con acento canario. Un acento que sabe de lo que habla. Un acento que saborea el amargor de la tragedia que, día tras día, se sufre en sus costas. La maldita valla de Melilla lo frenó, tras cruzar el aterrador desierto y perder a algunos seres queridos. Y después la patera que lo llevó a Gran Canaria. Allí la vida, ¿la realidad? ¿la justicia? Allí conoció a Isabel, su mejor amiga, su única amiga en la Tierra Prometida.

Pasaba el tiempo y no pasaba, sufría, mientras tanto, escuchaba la narración de Isabel, arropada por unas poéticas y maravillosas animaciones, detrás, en el ciclorama. Suleimán volvió a la realidad, a su precioso y miserable país. Maldita contradicción. Volvió junto a su madre quien nunca le abandonó. Él tampoco a ella. Y lloré, más por dentro que por fuera, porque os vemos y os amamos, pero seguimos mirando hacia otro lado con insolente y atroz indiferencia.

 

Obra: Me llamo Suelimán.

Cía: Unahoramenos.

Una obra de Antonio Lozano, con animaciones de Juan Carlos Cruz,arte de Elena Gonca, música de Salif Keita y dirigida por Mario Vega.

ACTRIZ: MARTA VIERA.

 

Ocurrió en el Teatro Municipal de Albacete el día 14 de abril de 2016 a las 7 de la tarde.

 

A mi madre

Del regazo de olas que me abrigaba, y el hombro cálido donde apoyé mi cabeza cuando era niño, nacieron los besos que tendemos a olvidar, nacieron las palabras que labraron mis sueños. De las caricias calladas de tu amor que es mar, de tus pasos sigilosos que abrazaban mi agonía, siento nostalgia y lloro por dentro. Y después vivo; vivo más lejos que el tiempo, siento más lejos que esos besos que ahora faltan en mi carne y que me das con los ojos. Y me vuelvo a arropar con el manto de tu noche. Aunque mi pensamiento viaje lejos y se pierda en mil vanidades, siempre encuentro tu mirada plena, etérea y pura, madre de mi alma.

El camino contigo

Algunas veces las palabras se tornan esquivas y volátiles, pero al final son ellas las que nos atrapan. A veces, piensan que no sirven para describir lo más trascendente; pero son poderosas y lo hacen. Como lo ha hecho él. Haciendo camino con huellas luminosas, navegando con ella. A veces mojado hasta los tuétanos, pero ligero. Magullado, pero fuerte. Pisando las sombras, ha transportado veinte lunas para ella. Ha cargado con el mar para cubrirla con su manto de espuma. Y ha jugado como un niño, como jugaba con ella, regalándole sus alas. Mirándose a los ojos. Y veinte soles han quemado mil noches.

Lo ha hecho. Tal vez la última etapa ha sido la más dura de volar; pero lo han hecho juntos. Han vencido al tiempo y al pasado. Desprovistos de alforjas y cayados. Coronados de reparadoras espinas.

Recibirán mil abrazos. Los más sinceros. Los de las almas de esos árboles benéficos que han estado siempre cerca. Los de la amistad más pura. Compartirás el camino y algunos descubriremos en ti su secreto. Y avanzarás firme, sigiloso, callado, siempre mirando al frente, siempre andando caminos con ella.

 

*Para Tito, con todo mi afecto, con toda mi admiración y con toda mi amistad.

El sabor del sol

Plaza del Pilar de Zaragoza. 26 de marzo: Sábado Santo. Precioso y soleado mediodía. 25 grados centígrados. Bullicio en las terrazas. En una de ellas, el observador se toma un vino blanco de Somontano. Le está rico. Frente a él, unos niños juegan con un globo y ríen a carcajadas. A babor, cuatro hombres de etnia gitana, entrados en años, portan un ramo de flores en su mano diestra y un libro en la siniestra. Están perfectamente alineados, subidos en una tarima. Leen con emoción pasajes del Evangelio, que son comentados con pasión por uno de ellos, quien también se dirige a los muchos paseantes ajenos a la escena. Un mendigo español, joven, pide limosna a los clientes de la terraza donde está sentado el observador. No se detiene en éste, como si estuviese encerrado en una burbuja. Ahora los niños se acercan al observador y juegan a su alrededor. Percibe su alegría. En el centro de la plaza, entre las dos puertas principales de la basílica, una anciana sonriente despliega una silla y se sienta mirando al cielo. Mientras que bebe los agradables rayos del sol, sonríe a un niño de unos dos años, quien pretende robarle una de sus muletas. Acaricia su cabeza con extremo cariño. Los niños del globo sienten su bondad y también se acercan a ella. También les regala una sonrisa embriagada de sol. Aparece a estribor un hombre robusto de poblada barba canosa, pañuelo en la frente, aires hippies, Se acerca al mendigo y le da unas monedas. Se hablan y después se abrazan. Cada uno prosigue su camino. El mendigo a estribor, a babor el hippie alzando sus brazos al cielo a modo de agradecimiento. Lo repite tres veces y se besa las palmas de las manos para luego llevarlas al corazón. Se acerca a los cuatro hombres del evangelio y los bendice. Luego se gira, bendice al resto y se va. El observador mira al frente: la anciana se aleja con la ayuda de un transeúnte que porta su silla. El observador bebe el último trago de su copa y le sabe a vida, pero siente que aún no ha descubierto el sabor del sol.

 

*Escribo mientras escucho a Marwan.

HACIA LA REFLEXIÓN

El entretenimiento es esencial para la vida plena del ser humano, el problema viene cuando se transforma en frivolidad, y esa es la tendencia. Pero un mundo que únicamente aspira al entretenimiento, es un mundo vacío, extendiéndose ese vacío como una gangrena a todos los estratos sociales y en todos los contextos.

Nosotros no tenemos remedio, pero sí nuestros hijos. Por ello hemos de apelar a un mundo donde la reflexión profunda acabe con la banalidad del mero entretenimiento.

Eduquemos hacia el desarrollo del espíritu crítico y trascendente, sin menospreciar sus capacidades. Provoquemos sus razonamientos, apartándoles de nuestras frivolidades. Y que caminen en libertad, no solo leyendo obras entretenidas y facilonas, sino libros que les despierten y liberen de la dictadura de las nuevas tecnologías. Que llenen los teatros no solo para reír, sino también para pensar. Que escuchen música y sientan como la danza rompe con los establecido, con el gregarismo actual.

Nosotros ya no tenemos remedio, pero ellos sí. Estamos a tiempo de hacerles ver que con el dinero que cuesta un móvil de última generación podemos reunir una biblioteca en casa, y descubrirán que el saber no tiene precio y además es perdurable.

 

*Escribo escuchando a Seal.

 

Lo sublime y lo banal

Observo lo banal, cansado, cabizbajo y pesado, como un árbol caído; triste como el color de una tierra yerma. Observo lo sublime, luminoso, enhiesto, y trascendente; ligero como la brisa.

Lo banal intenta, puja, y su alimento se compone de insípidas nadas. Lo sublime consigue, pervive y vuela como la pluma soplada por labios sensuales.

Observo la cara de lo banal, y me inspira cierto desasosiego, no pena. Sus párpados se caen y su boca vacila. Los ojos de lo sublime chispean, promulgan sus labios palabras que ascienden sin freno. Lo banal muere.

Lo sublime vence el paso inexorable del tiempo.

 

*Escribo mientras escucho la sublime ópera Tristán e Isloda de Wagner.

Eternos

Estábamos sentados en aquel banco, cogidos de la mano, y los niños jugando con el trompo. La gente caminaba, igual que pasaba el tiempo, muy despacio. Disfrutábamos de los pocos rayos de un sol que dormitaba en el horizonte. Mirábamos al frente, hacia algún punto mucho más lejano que el colosal palacio; mucho más lejos que el aire. Imaginé a los dos en el mismo lugar unos treinta años después, para qué más. Las manos arrugadas igual de unidas, nuestras vistas perezosas mirando igual de lejos. Pasaban otros transeúntes, otros niños jugando a la peonza… Sentí tu instante y tú sentiste el mío. Fueron dos suspiros de felicidad eterna.

La fotito

Ayer cruzamos este acueducto de la Constitución y la Inmaculada viajando a Cuenca. Por la mañana visitamos la Ciudad Encantada que, como muchos sabéis, es un conjunto de piedras de diferentes formas y tamaños, fruto de la erosión  producida hace unos doscientos millones de años.

Disfrutamos del hechizo de esta maravillosa ciudad, imaginando formas y soñando que paseábamos por las calles de una ciudad de cuento. Vimos hadas, duendes y animales mitológicos, y nos reímos mucho. Además nos hicimos un par de fotitos. Otros, por el contrario, ven pasar la vida tras la mirada del objetivo de una cámara o un móvil de alta gama.

Hicimos el recorrido según el plano que nos repartieron a la entrada, y en estas que llegamos a la dolomía denominada el Tormo alto, y ahí estaban varios tormentos y tormentas palo en ristre con el selfie de turno, no fuera a desaparecer la piedra tras doscientos millones de años de existencia. Después llegamos a otra que albergaba una especie de cueva. Al verla, los niños y yo salimos corriendo para introducirnos, cual espeleólogos aventureros, por ver si nos encontrábamos un tesoro escondido, alguna obra de arte rupestre o, quién sabe, ese oso en peligro de extinción en proceso de hibernación. No, lo que escuchamos fue una voz que nos instó a frenar nuestra carrera, ya que estábamos a un palmo de desbaratar una pose espectacular de una presumida jubilada cuyo enemorado se disponía a disparar su flash para inamortalizar la enésima imagen de su bella pareja. Así que paramos y se helaron nuestras ansías de aventura. Pero, obstinados como somos, continuamos nuestro recorrido por esas curiosas calles naturales, y nos hallamos ante la piedra Foca malabarista, hallando también a una joven trepadora que se afanaba en subir a lomos de la roca, para que su novio adolescente gozase de una nueva imagen más que borrar de la memoria fugaz de su smartphone, dentro de los límites de sus futuros inciertos.

No había recoveco ni oquedad sin posantes, palos y fotitos; ni paso en el que nuestra ansia de descubrimiento y aventura se viera truncada por ese afán vanidoso de la fotito compartida.

Al final de la visita, llegamos a la piedra llamada Los amantes de Teruel; allí posaban dos parejas, una de quinceañeros y otra de cuarentones, emulando la forma de esta composición megalítica, es decir, intentaban darse un beso seco e impostado mirando de reojillo el móvil, que uno de ellos portaba con uno de esos palos de la presunción. Ya no aguanté más. Ejercí mi derecho a correr en libertad por un espacio abierto, cruzándome impetuosamente entre el objetivo y los figurantes. ¡Joder!, exclamaron. Y joder su fotito fue el mejor momento de la mañana.

*Escribo mientras escucho a Marlango.

Luna de lino

Por todas vuestras felicitaciones os regalo un poemita que escribí a mi hija Laura, para que se lo recitéis esta noche a vuestros hijos, sobrinos, nietos, o simplemente para que sigáis siendo niños.

Luna de lino y lilas,

lías la lana,

luna iluminas lirios

labios y nanas.

Hola luna lunera,

lírica línea,

luna cascabelera

luciente lima.

Luna, lazo lunático,

celeste lona,

lanzas lágrimas blancas,

lames las olas.

Todos somos París

Una mañana más teñida de sangre, de la sangre de los inocentes. Alá ¿Dónde coño tenéis a vuestro Alá? ¿Acaso ha venido a redimiros? Todo es una auténtica mentira. Estáis completamente engañados, porque Alá es el dinero, Alá es el petróleo. Y os lavan el cerebro para que muráis por nada y para nada. Para que os llevéis almas que lo único que desean es vivir lo mejor que pueden con sus problemas diarios, con sus miserias y sus breves felicidades.

Ya derramamos suficiente sangre entre nosotros, para darnos cuenta de que lo único que importa es ser libres, y ahora venís vosotros para matarnos, para intentar robarnos la libertad e inocularnos el miedo.

Los que ayer estaban disfrutando del partido de fútbol solo iban armados de la ilusión infantil y extraordinariamente banal de ver al equipo de su país. Los que acribillasteis en aquella discoteca solo iban a pasar la breve noche con sus parejas y amigos volando con su grupo favorito. Y volaron, volaron viviendo, mientras que vosotros habéis muerto muriendo de rencor, de envidia y de falso orgullo, por ese dios soberbio y criminal al que os debéis.

Nos matáis porque pensáis que somos culpables de vuestras desdichas, porque vuestro Alá no es capaz de mirarse el ombligo. No somos soldados, no somos gobernantes que toman decisiones, sí, muchas veces injustas, crueles y criminales con vuestros pueblos. La mayoría de nosotros solo buscamos la felicidad efímera en este complicado mundo; otros ansiamos la transcendencia y buscamos permanentemente un Dios que se esconde, que se aleja, y sentimos que debemos creer en su invisibilidad, y además nos ponemos en vuestra piel, y aunque estemos lejos, intentamos entender vuestros sufrimientos, muriendo en nombre de vuestra nada.

Ellos no lucharon con bombas, con tanques, con kalashnikovs… Ellos estaban desnudos, pero cubiertos con el manto de la libertad, desprevenidos y despreocupados, como ha de ser, como hemos de vivir. Y han muerto libres, no como vosotros que habéis muerto esclavos.

Vuestra “espiritualidad” está enterrada y cubierta de sangre de inocentes. El hoyo de esclavitud cada vez es más profundo en esta guerra desproporcionada, aberrante y criminal.

Es una herida muy grande en nuestros corazones, como otras muchas que venimos sufriendo, cuando pensábamos que la razón había acabado con la superstición y los fundamentalismos. Cuando creíamos que el mundo había superado sus miedos y despertaba sano y salvo de los terrores antiguos.

Ahora la tiranía es más horrenda y se transmuta en esa mentira tan atroz, cruel y criminal llamada yihad.

Todos somos París.

MI NOVIEMBRE CULTURAL

Llega noviembre, el mes de mi cumpleaños, y me apetece haceros un regalo. Tengo el placer de compartir mi agenda cultural, porque me parece un mes intenso e interesante desde el punto de vista escénico. Pero quiero comenzar con un final de mes de cine, ya que ayer comenzamos en el Teatro-Auditorio Municipal Los Yébenes (TAMLY) el 4º Festival de Cortos. Cine en es su estado más puro. Hoy tendrá lugar su segunda parta y podremos disfrutar películas rebosantes de ingenio y creatividad. Los Yébenes se llena de Cultura y aboga por la promoción del Séptimo Arte. Un cóctel de temática variada que nos permite reflexionar sobre el valor de la vida, la crueldad de los bancos, la belleza, el erotismo o la muerte, entre otros muchos temas. Os dejo el programa:

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